No dejes que el amor se muera (Inédita) 1 (Él) Ella me gustó mucho desde el mismo instante que la conocí. Esa es una frase gastada por el uso, pero realmente no hay otra que exprese con exactitud la impresión que me produce. Sin embargo, no tenía nada extraordinario, a juzgar por
Fragmento de novela
No dejes que el amor se muera
(Inédita)
(Él)
Ella me gustó mucho desde el mismo instante que la conocí. Esa es una frase gastada por el uso, pero realmente no hay otra que exprese con exactitud la impresión que me produce. Sin embargo, no tenía nada extraordinario, a juzgar por lo que las heroínas de las novelas y los filmes de amor nos suelen presentar ׃ una belleza etérea, un busto fascinante, una sonrisa encantadora, o un cuerpo escultural y unos ojos de bruja.
Ni siquiera vestía con elegancia. No tenía ese vaivén provocativo en las caderas, ni desplegó jamás ese andamiaje sutil de gestos y poses que las vampiresas tejen ante los ojos del hombre que las mira.
Era, y lo sigue siendo, una mujer común. Pero, por algún extraño sortilegio, sentí como si me lloviera encima un baño de pétalos tibios al conocerla. Imagino que entonces me pongo como un pavo real, con las plumas de colores desplegadas, y me le acerco con mi mejor sonrisa – por lo menos con lo que creía era mi mejor sonrisa, la de conquistador.
Pero nada de esto hizo mella en su carácter hermético. A mis preguntas de aproximación galante respondió con monosílabos secos, cortantes.
Eso fue frente ala única pizzería del pueblo. Más tarde volví a verla en la terraza de la casa de mi padre. Estaba agachada, acariciando con ternura a un cachorro. Había visto cientos de mujeres acariciando perros, pero esa imagen se me quedó grabada para siempre.
Estuve varios minutos contemplándola. De pronto se volvió, y vi como le cruzaba por la mirada una especie de rafalazo de aversión ― y creí que definitivamente no tendría la menor oportunidad con ella.
(Ella)
Lo vi como alguien a la que una no puede aspirar. Tenía la mirada dura, y me confundían sus palabras amables. No sabía que decirle. Su presencia me atemorizaba, me crispaba los nervios.
Cuando me habló en la pizzería, me entraron unos deseos locos de orinar. Pese a su presencia de hombre rotundo, tenía como una aureola de niño desamparado. El perrito me hizo pensar en él, y me incliné para acariciarlo; entonces, de pronto, sentí su presencia ― y me volví aterrorizada, temiendo que él descubriera lo que realmente estaba sintiendo.
Era como si sus ojos me desnudaran por dentro. Me sentía indefensa ante esa mirada como de fiera, como de tigre antes del ataque final. Estaba atenazada por dos fuerzas contrarias ׃ el deseo de entregarme, de correr hacia él y abrazarlo, y la compulsión instintiva de huir, de alejarme.
(La menor de las tías)
Andábamos juntas cuando se conocieron. Ella era mucho más idiota que ahora. Se puso nerviosa cantidad cuando él se le encimó ronroneando como un gato. En cuanto nos alejamos le dije:
― A ese cabrón lo conocí en la fábrica; se pone así con todas las mujeres. No te embarques.
(Él)
Volví a verla en la ciudad. Estaba casada y parecía una ovejita atendiendo al esposo. Perdí toda esperanza. Yo también estaba casado. Tenía, además, una amante en el taller de cerámica. Luego de verla a ella , mientras mi amante practicaba su deporte favorito ― una felación lánguida, demorada ― a veces me daba por fantasear que estaba con ella y al hacerlo me sobrevenían unos escalofríos enervantes, produciendo, invariablemente en tales ocasiones, una eyaculación violenta, para disgusto de mi pareja.
