Tampoco hacia en centro, donde se pretende unificar la diversidad sin control. Yo, por ejemplo, jamás he votado al sector conservador; no obstante, repudio de la denominada izquierda la apelmazada tendencia de aglutinar ideas de corte supuestamente progresista sin consideración a la universalidad del pensamiento. De la Derecha me agrada la estética más o menos generalizada que ciertos sectores del bando contrario obvian; el respeto recíproco profesor-alumno, la educada compostura en el trato de género y, por no hacer extensiva la lista de apetencias, la defensa de la espiritualidad (equilibrador contrapeso entre la materia y lo demás), aunque este aspecto no sea exclusivo de los subalternos del poder, pero sí de mayor preponderancia.
En el caso de la Izquierda aprecio la más justa distribución de la riqueza, el deseo de socializar sectores importantes para el bien común. En principio la sanidad, energía, comunicaciones y educación. De los bancos, ¡ni nombrarlos!, no sea del demonio que alguien me suministre árnica sin que me entere. Asimismo, el potencial desarrollo de la investigación y ciencia, que la derechona trata de ceder al sector privado. Igualmente, ¿cómo no?, los apegos republicanos.
Visto el problema de un modo somero, urge la pregunta: ¿Cómo? ¿Qué análisis hacer con fines productivos del derecho al voto? ¿De qué manera configurar un sistema capaz de revolucionar los comicios? Esa es la cuestión. Yo acaricio una idea que, por primaria y falta de profundidad, no me atrevo a darle publicidad; pero soluciones ¡claro que las hay! Otra cosa es que convengan a todos los políticos y padres de la Patria, que abundan más, mucho más, que las soluciones por explorar.
Me agradaría que las personas ansiosas de paz y de felices desenlaces aportaran las conclusiones que a mí me faltan o que, por cobardía, me las trago; porque lo prefiero a tener que engullirme algún sapo venenoso.
Lo cierto es que no podemos permitir que se nos tome el pelo una vez sí y otra también, con invitaciones al cumplimiento del deber cada cuatro años en los casos de normalidad política. O cada seis meses si las riñas de gallos convocan nuevas elecciones para que los ilusos de la patata hervida y el botijo volvamos a tragarnos el marrón, que de todo hay en el Parlamente del Señor.
Vuelvo a insistir: las soluciones existen, como haylas en Galicia en manos das bruxas. Lo que falta es que los intelectuales, con la ayuda de políticos fetén, sociólogos y filósofos den la respuesta al humilde papanatas que, por serlo, escribe estas tonterías para entretener su confinación.
Nada más por hoy, amigos míos. La tarde está envuelta en brumas y mi cerebro no da para más, aunque sí la rebeldía que conmueve de pies a cabeza mi senectud.
Marrajos, no os fieis; porque si hoy sois los servidores sumisos de la quisicosa financiera, mañana podréis fácilmente servir de abono a las esplendorosas margaritas de cualquier destartalado sepulcro.
César Rubio Aracil
