MEDITACIÓN (II)

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Ayer nos referíamos a la meditación como subproducto de un acentuado ejercicio mental. Hoy tal vez conviniese ampliar el concepto con el fin de diferenciar la profunda atención del pensamiento a la consideración de algo, de la insondable abstracción referida a un hecho. El esfuerzo interno para autorregular la mente conlleva la necesidad de una concentración normalizada no sin esfuerzo. El resultado consiste no en una visión más o menos acentuada proveniente de la honda reflexión, sino de una singularidad derivada del derroche de energía cercada en la intimidad del ser para ampliar el enfoque y contenido de un suceso.


Apreciado el evento desde este ángulo de visión, la realidad cobra una perspectiva mejorada. Detalles inapreciables desde la óptica reflexiva, tras el esfuerzo espiritual se amplía el escenario donde la representación ambienta la verdad con nuevos y enriquecidos matices.


Ayer, en general, nos referíamos a la quebradiza unidad de los españoles en torno a situaciones límite de convivencia; pero se hacía grosso modo con el fin de presentar una panorámica concreta. Hoy, tras una contemplación mucho más sensible, el problema de la envidia y el odio como características relevantes del psiquismo español, nos descubre situaciones derivadas de un carácter personal que salpica la dignidad de nuestro país. Nos referimos a seres inteligentes que desprecian la sabiduría milenaria simplemente por gozar de causas infelices conducentes al sufrimiento. También, como es presumible, propagan la insalubridad mental, anímica y espiritual a futuras generaciones, con lo que el desprestigio de España se perpetúa para gozo expansivo de los artífices de una maldad ancestral.


Lo lamentable es que personas de profesionalidad relevante tengan que emigrar de su hábitat natural no solo por razones económicas, sino también por la vergüenza, más o menos oculta en el subconsciente, de sentirse españoles. Es decir, España exporta inteligencias al oneroso precio de su propia indignidad. Porque, pudiendo ser una nación de ejemplar prestigio mundial, se ha convertido en nido de avispas.


Es triste, ¿verdad?, además de lamentable; pero, hoy por hoy, imposible de remediar. Porque la espiritualidad de España no está en el alma pura de sus hijastros, semilla mixta de nativos y súcubos. El místico resplandor espiritual del Medievo se ha convertido en soplo huracanado donde, repetimos, el odio y la envidia han sentado sus reales. Si no es como decimos, dediquemos una hora diaria a la meditación. En poco tiempo habremos alcanzado un grado de conocimiento suficiente para poder expresar el profundo lamento: ¡Pobre España mía!


César Rubio Aracil