MAMÁ YGRIEGA A Isaac Asimov, in memoriam… Sólo los sueños son eternos… El Señor Equis ahuyentó el frío de julio acondicionando su cuerpo con cuatro puntos más de calefacción central. Estaba solo en el cuarto. Su madre andaría aún por allí, en la cocina y sus quehaceres, despu
Cuento
MAMÁ YGRIEGA
A Isaac Asimov, in memoriam…
Sólo los sueños son eternos…
El Señor Equis ahuyentó el frío de julio acondicionando su cuerpo con cuatro puntos más de calefacción central. Estaba solo en el cuarto. Su madre andaría aún por allí, en la cocina y sus quehaceres, después de la cena. Claro que, aunque mamá Ygriega era muy cuidadosa, de vez en cuando podía observarse algún recipiente de aceite lubricante mezclado con latas de arvejas…
Pero ya se había acostumbrado -o creyó hacerlo-a esa extraña convivencia. El trabajo esperaba por la mañana, mientras que, por la tarde o, al otro día, bien temprano, compraría flores y visitaría a sus recuerdos del pasado. Los guantes, el abrigo y la gruesa bufanda que ella le tejiera, habrían de protegerlo. Aunque esa noche hubiera deseado no estar solo. La vida de soltero llega a cansarlo a uno, sobre todo si no se tienen amigos en quién confiar.
Sentía un poco de angustia. Hacía mucho que las viejas remembranzas no llegaban hasta él como lazos invisibles y crueles para anudar su garganta. Por eso, si bien lo deseó, no pudo dejar de rendirse al cansancio y a la idea de que, ni siquiera podría optar por el próximo sueño o la siguiente pesadilla…
I – Había una vez una gran ciudad…
Una ciudad con enormes alfileres dirigidos al cielo como cohetes grises y brillantes prontos a desgarrarlo. Con autos voladores, rutas atmosféricas y telarañas metálicas de comunicación.
Una ciudad en la que los hombres habían desaparecido tras los muros plastificados de las oficinas electrónicas y debían esperar largo tiempo en filas de paciencia para visitar sus reducidos y escasos parques, respirar el aroma de sus flores antiguas, aclimatar sus oídos al bullicio de los pájaros y admirar -con un brillo dulce en los ojos- el corralito de sueños que, los niños, fabricaban al jugar en ellos.
Una ciudad en la que sólo un barrio había logrado escapar de sus terribles arquitectos y conservarse como tal. Con sus casitas bajas y blancas, con sus balcones discretos y altillos misteriosos, sus tejas rojas, techos a dos y a cuatro aguas, puertas de cedro labrado y picaportes de bronce dorado. Casitas con buzones cuadrados y gordos, timbres musicales, jardines delanteros y un pino para la Navidad…
Y, en ese barrio extraño -para los demás hombres-, donde los niños jugaban todavía fabricando cometas, tiznando paredes y brincando rayuelas; contando películas, asustando vecinos y persiguiendo gatos por las azoteas, había uno llamado Equis que, en una Noche llamada de Reyes, estaba feliz, esperando…
El pequeño Equis bajó de prisa la estrecha escalinata del altillo donde trabajara con especial ahínco. Y, recordando a uno de sus cuentos favoritos -el del niño que odiaba a la noche-, pensó que ésta tampoco debía existir para él; por lo que, al igual que “su igual”, encendió una a una las lámparas del pórtico, de la escalinata, del guardarropa, de las habitaciones, de la escalera, y, más tarde, hasta las lámparas del garaje.
Pero el pequeño Equis no odiaba a la noche; la amaba. Había muchas cosas que hacer en ella. Ocurría, pues, que siendo ésta una Noche Grande, difícilmente apareciera para hablar con él y convencerlo de algo que ya sentía, la legendaria Niñita que Alumbraba la Noche… Entonces, emulando a algunos de sus héroes precoces, montó de un salto el pasamanos de la perpleja montaña de madera, y se precipitó zumbando y lleno de gozo hasta la planta baja donde esperaba abuela Tita…
Con una mano en la boca, la otra en gesto paralizado y el corazón sobrecogido por el susto, la espantada anciana sólo atinó a proferir un ahogado grito de disgusto. El jovencito, sonriente, restando importancia a su acto de arrojo, dio un brinco, alcanzó los cercos de la ceñuda frente y estampó con ternura, el más ruidoso beso que recibiera abuela alguna…
Estaba feliz.
La alegría gorgoreaba en sus talones, trepaba por los pliegues de su gastado vaquero, se perdía en los laberintos cuadriculados de su camisa escocesa y se volvía ¡hurras! y risas en la diminuta boca de una redonda y castaña cabecita con flecos de luz…
El sol de las siete de la tarde despedía aún la claridad de su acostumbrada agonía, y esa noche volverían papá Zeta y mamá… Ygriega.
Mamá Ygriega… Sana. Hermosa. Como antes… Así lo había asegurado abuela Tita. Y el pequeño crío, que la amaba tanto como a sus padres, confiaba en ella.
Pero la venerable vieja no cesaría tan pronto en sus reproches. Casi de inmediato, la queja sobre por qué había bajado de ese modo las escaleras y encendido todas, sin excepción, las luces de la casa, se hizo escuchar. Mas el niño, incentivado por la anhelada espera, respondería a viva voz que todo había significado la alegría enorme con que su alma festejaba el retorno a casa de mamá y papá.
Así que, abuela Tita, como buena abuela, enternecida por la franca respuesta de su nieto de nueve años, le acarició la frente, agitó el perfume de sus cabellos finos y tiró, suavemente, de su sonrojada nariz… ¡Y hasta le pareció verlo más hermoso, inteligente y obediente que nunca!
