Y no cambiarán. La vida de estos seres discurre por los cauces espurios de la existencia, donde medran al amparo de la ignorancia de las masas. Las mismas multitudes que sustentan la mala fe de los de siempre, su egoísmo, la insolidaridad y el desamor. Lo hacen porque han estado adoctrinadas desde hace siglos en base a unas creencias que siguen favoreciendo la malevolencia satánica. Los mismos de siempre son capaces de profanar la Cruz para guarecerse de la ira popular. Antaño escogieron el emblema del infierno; hoy, el del comunismo. Lo hacen para asustar, porque sin el miedo ajeno no son capaces de respirar. Nos hablan del comunismo bolivariano; pero son conscientes de que la incultura popular nada sabe del porqué de la revolución rusa ni de las originarias intenciones marxistas, ni tienen idea de quién fue Lenin. Conocen, de oídas, los asesinatos en masa cometidos por el terrible dictador Stalin y el verdugo Mao. Tampoco saben que en la actualidad no existe el comunismo. Ni siquiera China con su dictadura lo practica. Sin embargo, los mismos de siempre (que si Venezuela, que si Maduro, que si “El Coleta”), no tienen… hormonas para difundir que en Honduras –solo por poner un ejemplo– muchísimos contagiados por el dengue mueren sin el soporte sanitario que nosotros tenemos. Ni que en dicho país hispano se machaca a quien se atreve a vocear la terrible injusticia caciquil promovida por Estados cuyos intereses superan el valor de las vidas humanas. Tampoco los mass media se atreven a plantarles cara a los mismos de siempre.
No obstante, permítaseme que exponga mis ideas sobre algunos valores de las democracias parlamentarias. Tanto las izquierdas como las derechas (eso todo el mundo debería saberlo) son imprescindibles para que la gobernabilidad mantenga un equilibrio estable. Imaginémonos lo que sucedería si solo existiesen las izquierdas. Sería terrible soportar a los progresistas. Lo mismo que si mandaran las derechas sin oposición alguna. Esta dicotomía, si-no, derechas-izquierdas supone una falacia, otro engaño más montado por los de siempre. Yo, que desde el primer día en que tuve derecho a decir sí o no en los comicios he votado a las izquierdas, ahora, en confesión pública, me atrevo a declarar que mantengo más de una y más de diez posturas conservadoras. No acepto que los maestros y profesores tuteen a sus alumnos, ni que dichos educadores, en clase, vistan de cualquier manera, con pantalones rotos por las rodillas. Rechazo que el Parlamento se convierta en guardería infantil y que más de un político de los que nos representan no conozcan, punto por punto, el texto de nuestra Constitución, a pesar de llevarse un pastón por decir si o no, de acuerdo con las directrices de los sabios del cucurucho. Todavía hoy, a mi edad, cedo mi asiento en el autobús a las señoras, y el mismo trato mantengo cuando transito por cualquier acera. Mucho más podría decir al respecto, pero no quiero que se me malinterprete. En el bando de las derechas, estoy convencido de que sucederá algo parecido; que muchos trabajadores y trabajadoras en paro que votan a los mandones derechistas acogerían con entusiasmo bastantes propuestas de las izquierdas. Porque no todo es blanco ni negro, y que en la diversidad se encuentra el sabor de la vida. Todo esto, llevándolo al marco donde el Covi-19 hace de las suyas, supone apreciar el comportamiento de quienes, como yo mismo, ven las enigmáticas quisicosas políticas con mirada agresiva y actitud cándida, trasladando al sentimentalismo nacional lo mejor de cada yo, de cada inculto, de cada inocentón, de cada singularidad viviente. Aplaudimos a médicos, enfermeras, auxiliares, bomberos, policías, militares, guardias civiles y fuerzas del orden público. Y yo digo: muy bien hecho. Porque lo siento y porque lo estimo justo. Sin embargo, veremos lo que suceda cuando, vencido el coronavirus, tengamos que afrontar la tragedia económica. ¿Organizaremos caceroladas en favor de los parados, de los que duermen a la intemperie, de quienes para comer han de recurrir a la piedad de Cáritas o al auxilio de los contenedores de basura? O, por el contrario, quien tenga una buena pensión, un salario sustancioso o un medio de vida fetén, ¿votará en conciencia y no mirando su propio ombligo? ¿Seremos tan solidarios como ahora? No lo creo, porque en esos momentos de gozo y llantos aparecerán los de siempre para desunirnos. ¿Lo vemos claro?
Nosotros, los del asfalto; los ignorantes e incultos hijos de la España de toda la vida, también somos responsables de lo que está sucediendo. Porque el voto que otorgamos a los de siempre no lo valoramos con el corazón, sino con la mano en el bolsillo, no sea cosa que también, los de siempre, nos metan mano y nos roben la calderilla.
César Rubio Aracil
