LOS DUENDES DE MI CIUDAD

Hoy es uno de esos días que tiene el mes laboral, en que la jornada se extiende mucho más allá de las 8 horas habituales, y por supuesto nos alcanza la noche en el trabajo, mientras el monto de tareas de última hora va disminuyendo. Como siempre, al jefe se le olvida coordinar alguna merienda o al menos un café caliente para renovar las energías gastadas durante el día, por lo que ya a esta hora se trabaja utilizando las reservas del organismo.

Termino las cosas más apremiantes, es tarde en la noche y tengo que marcharme, me recuerdo en estos momentos que mi auto sigue roto, por lo que tendré que tomar el transporte público.

Salgo a la calle después de despedirme del custodio de la empresa, y me encuentro con una ciudad apacible y tranquila, pasan solo de vez en vez algunos autos a gran velocidad como si estuvieran tarde para alguna cita o que regresan a casa al igual que yo, después de una larga y fatigosa jornada.

Bajo por la calle en busca de la parada del ómnibus, me detengo en el semáforo antes de cruzar la avenida principal, ahí está el policía que controla el tránsito, parado en la esquina, vigilante y en espera de que algún chofer nocturno cometa alguna infracción. Cruzo la avenida y bajo dos cuadras más. La calle se torna oscura, doblo a la izquierda y me acerco a la próxima intersección. Ya estoy próximo a la dichosa parada del ómnibus, pero algo llama mi atención.

En la próxima intersección, siento un sonar de cadenas, unido a ruidos de latas o papel que se estruja y que provienen del depósito de basura cercano. Un depósito plástico grande, fruto de la donación del Ayuntamiento de Galicia para mantener limpia la ciudad.

De repente siento como si un animal estuviera buscando algo dentro del depósito, un ratón gigante, tal vez un perro. Me detengo con cierta precaución a unos cinco metros del depósito y miro cuidadosamente. Veo que de él están saliendo dos tentáculos grandes en busca del suelo, como si quisieran abandonar el depósito, donde tal vez acaba de alimentarse. Los tentáculos acaban de salir y están pegados a una masa voluminosa y gris. Mi piel se eriza, ¿qué podrá ser este animal?

El sueño que había invadido mis sentidos se disipa de pronto, como al borracho que maneja y lo detiene el patrullero del tránsito, entonces observo bien y veo una figura humana que se pone de pie, toma un bolso que había dejado al lado del tanque y se lo hecha al hombro. No se da cuenta de mi presencia, sale caminando y se dirige a la próxima esquina, donde existe otro depósito con basura y desechos, entonces repite la misma operación de búsqueda. Mientras tanto llego a la parada del ómnibus, la cual está prácticamente desolada, sólo una persona esperando y le comento lo sucedido, me dice.

– Eso ya es normal, se ve cada noche a esta hora en la ciudad. Son personas que se dedican a eso, algunos recogen desechos sólidos de aluminio para venderlos en la empresa de Materias Primas; recogen latas de cervezas y refrescos vacías. Hay otros que recogen desechos de alimentos, al parecer para alimentar algún animal que están criando.

Le comento entonces.

– No se darán cuenta del riesgo a que se someten, desconocerán de la cantidad de bacterias que se reproducen y generan dentro de un depósito de basura que ha estado expuesto durante todo el día a los rayos del sol.

– Estos duendes nocturnos, apacibles en su quehacer pueden ser almas portadoras de terribles enfermedades infecto – contagiosas, llegando a poner en crisis la salud pública de la comunidad.

Tomo el ómnibus, y en la siguiente parada suben dos de estos duendes, con capucha en la cabeza, el primero, el otro con gorra, en ambos casos llevan una sobre-camisa de mangas larga. Suben al ómnibus con sus bolsas llenas de desperdicios y unas cubetas plásticas. El resto de los pasajeros se dan cuenta de que no son trabajadores de algún restauran que transportan los desechos de la comida nocturna, pues el olor que exhalan es desagradable. Todos le abren paso y van a sentarse al final atomizando el ambiente, seguidos por las miradas intrigantes de todos los presentes.

Yo, que había acabado de ver la sesión de trabajo de uno de estos duendes, me acomodo en mi asiento y pienso, “… es como si todos viajáramos juntos dentro del depósito de basura”. Abro la ventanilla para ventilar el ómnibus, recuesto la cabeza al cristal y pienso en el por qué de estas cosas.

Pienso durante el recorrido. ¿Por qué tienen que existir estos duendes nocturno?, en un país donde todas las personas tienen garantizado un empleo, donde toda la población tiene acceso a la educación de forma gratuita, para que después se incorporen a la sociedad como hombres útiles.

Las autoridades no deben permitir este tipo de duende que tanto afea y perjudica a la ciudad.