La Virgen de los Sicarios de Fernando Vallejo

Análisis crítico a la novela del escritor Fernando Vallejo, La Virgen de los Sicarios, publicada por Alfaguara en 1994. El análisis es hecho por un hijo de las comunas de Medellín, uno de los temas centrales de la obra.

Entrevista

Introducción

" Las comunas son, como he dicho,

tremendas. (…) casas y casas y

casas, feas, feas, feas, encaramadas

obscenamente las unas sobre las otras… "

(LVS 56). Foto de la cuadra en donde

crecí en el barrio Doce de Octubre,

la "Comuna" Noroccidental.

Terminé de leer la novela, tal vez la más célebre, del maestro Fernando Vallejo, mi conciudadano, no sólo por colombiano – o anticolombiano -, sino también por medellinense, aunque en este punto habría que discutir si ambos pertenecemos o no a la misma ciudad, pues en su novela hace una división de la misma que yo ya había revelado anónimamente a mis compañeros de clase en la Universidad Pontificia Bolivariana, aunque la propuesta de renominar las dos ciudades es suya y apoyo la iniciativa.

Dice el maestro Vallejo que “ Medellín son dos ciudades, la de abajo, intemporal, en el valle; y la de arriba en las montañas, rodeándola ” (LVS, 82) y agrega además: “ Yo propongo que se siga llamando Medellín a la ciudad de abajo, y que se deje su alias para la de arriba: Medallo ” (LVS, 84). Esa propuesta es en verdad un hecho y por eso puedo decir que Vallejo es de Medellín y que yo soy de Medallo, pues es de allí de dónde vengo y por lo cual me ligo íntimamente a esta obra.

También debo decir que he leído varias críticas a la obra y que ninguna me convence completamente, porque da la impresión de miradas muy superficiales, al mismo tono con que se mira la realidad de Colombia, desde una perspectiva generalizada, casi temerosa, que cae en conceptos etiquetados. Frases que se sacan de contexto, intelectuales que quieren manejar el tema del sicariato, de la violencia, de Medellín y Medallo, de Colombia, como si supieran mucho.

Un crítico costarricense incluso concluye que Medellín es la ciudad maldita, al sacar las frases lapidarias de Vallejo que dice “ eran los demonios de Medellín, la ciudad maldita (…)” y “ mi Medellín, capital del odio ” (LVS 82) y otro asegura que Vallejo es racista porque despotrica del mestizaje: “ De mala sangre, de mala raza, de mala índole, no hay mezcla más mala que la del español con indio y el negro (…)” (LVS 90).

Respecto a todas esas críticas, con sus debidos valores, pienso que es como aquel director inglés que intentó hacer una formidable película sobre Pablo Escobar con actores mexicanos y escenas en Texas. Hay entonces una ventaja de aquel que no sólo conoce las dos ciudades a las que se refiere Vallejo, Medellín y Medallo, sino que es hijo de una de las dos, Medallo, siendo el autor hijo de la otra. De alguna manera se trata de un complemento entre ambas, como lo es la simbiosis entre Fernando y Alexis-Wilmar.

En el caso, la novela es de Vallejo-Medellín y la crítica es de Albeiro-Medallo. Algo así como si Alexis-Wilmar hubiera sobrevivido, estudiado algo y leído la novela para después dar su apreciación. Si tuviera que rescribir esta obra, sin duda no podría hacerlo desde el Fernando de Medellín, sino desde el punto de vista del Alexis-Wilmar de Medallo.

Como para el maestro Vallejo la primera persona narrante es la más conveniente en literatura porque “ ¡No sabe uno lo que uno está pensando va a saber lo que piensan los demás! ” (LVS 16), de la misma forma puedo concluir que una crítica literaria en primera persona es más conveniente y detallista que una crítica escrita desde Costa Rica sin conocer para nada a Medellín y lleno de prejuicios.

Barrio Santo Domingo Savio desde

el Metrocable. Al fondo se ve la

Biblioteca España. Foto mía.

A manera introductoria puedo decir que es una novela estupenda. Su narrativa es dinámica, poética, especialmente descriptiva y rica en juegos gramaticales, sin nada postizo, sin nada que le sobre, sin nada que le falte. Cierto que es una de las más grandes creaciones de la literatura colombiana y es lamentable que muchos han tratado de ignorarla, puesto que toca la llaga de muchos problemas actuales y el aurea de diferentes instituciones nacionales que le crean enemigos.

La diferencia es que Vallejo ha alcanzado un gran prestigio internacional, el mismo que no pudieron a su tiempo escritores como Vargas Vila o Porfirio Barba Jacob, personajes que recibieron un gran desprecio de parte de la sociedad agudamente conservadora de su tiempo. Incluso lumbreras como el maestro Tomás Carrasquilla o El Brujo de Otraparte, Fernando González Ochoa, tuvieron sus oponentes de peso que los acallaron y que apenas en la actualidad repuntan con creciente valor.

Por su parte, Fernando Vallejo puede sentirse satisfecho de que tiene muchos simpatizantes dentro y fuera de Colombia y eso le da fuerza a sus obras y una gran influencia en el pensamiento colombiano de hoy.

A pesar de que la situación social, política y económica del país se encuentran en un estado lamentable, a pesar de que las instituciones nacionales están corroídas por la corrupción, la megalomanía, la retórica vacía y la inoperancia, la Colombia de hoy no es la que vivió Vargas Vila o Barba Jacob o Fernando González Ochoa, en donde las conciencias eran cerradas por las llaves de la Iglesia de entonces, por la absoluta ignorancia del pueblo y la arrogancia de los oligarcas.

En la Colombia de hoy es más posible escuchar voces como las de Fernando Vallejo, de esas que llaman al pan, pan y al vino, vino.

Leí la Virgen de los Sicarios el 2 de enero de 2009 en la ciudad marítima de Kept, en Camboya. Vine solo a este balneario lleno de franceses a descansar y me encerré en un motel con Vallejo. Ya había visto la película y leído numerosas críticas, algo opuesto a lo normal y los colombianos no somos amigos de seguir las leyes regulares de este mundo. La razón de que leyera la obra a lo último, es que en Camboya no hay obras latinoamericanas ni en español ni en inglés ni en chino.

Camboya se encuentra en este momento de su historia mirándose el ombligo y hambrienta de dólares. Con decir que miran a los extranjeros como a cerdos, por kilos de dólares. Tengo la segunda edición de Alfaguara publicada en Santafé de Bogotá en julio de 2000. Digo Santafé porque así se llamaba Bogotá ese año y según el libro. Tal como sucede en Colombia, cada tanto se cambia el nombre de las ciudades.

En particular me gustaba ese nombre, pero después unos puristas sin oficio –seguro hinchas del Millonarios – le cortaron el Santafé a Bogotá y la dejaron de nuevo mutilada. Menos mal esta obra de Vallejo guardará el nombre auténtico per secula seculorum . Respecto a la película, aunque impresionante, creo que tiene escenas muy postizas. Recuerdo a mi profesor de cine en la UPB que decía que una novela hecha cine siempre sería un desastre.

" Hasta allá subí a buscar a la

mamá de Alexis y de paso a su

asesino. Vi al subir los "graneros",