LA CULTURA DE LA BARBARIE

Tribuna cultural

Por los cacerolazos y algunos muertos en 2001 De la Rúa huyó por los techos de la Casa de Gobierno. Se equivocaron quienes percibieron un honroso precedente. También en 2001 hubo muertos en Rosario, y en 2003 el agua del Salado inundó Santa Fe, pese a las palabras tranquilizadoras del intendente Álvarez asegurando que los barrios del oeste no se inundarían.

Pero ni Obeid (posible responsable de no haber terminado la tercera etapa de la defensa, por donde justamente entró el agua a la ciudad) ni Reutemann, responsable de no haber dinamitado a tiempo la circunvalación (demora que, según expertos, significó entre ochenta y cien centímetros más de altura de las aguas dentro de la ciudad) y de no tener un plan de contingencia como el que hay, por ejemplo, en Resistencia, optaron por la dignidad de la renuncia.

Al contrario, ambos se abroquelaron en sus puestos, sonrieron a las cámaras, y luego, una vez “normalizada” la ciudad, se lanzaron a la campaña electoral.

En cualquier país civilizado la inundación les habría significado la censura social y la justicia los habría procesado y condenado. En la Argentina generosa del Siglo XXI son premiados con una nueva gobernación y un puesto de senador nacional (que, de paso, otorga fueros).

Lejos está la decencia de estos funcionarios cuyo silencio en momentos clave del devenir político de la provincia dieron la muestra cabal de lo que son, más allá de los balbuceos del folclore justicialista que no vaciló en cerrar filas a favor de Reutemann cuando desde la Nación Kirchner señaló suculentas diferencias de dinero entre lo que se envió por la catástrofe y lo que acá se usó: «agredir a Reutemann es agredir a Santa Fe» sostuvo Obeid (El Litoral, 16/02/04), estableciendo una curiosa escala de valores entre un ex corredor de autos y una provincia pauperizada primero por los gobiernos de facto, y luego por veinte años de justicialismo (Vernet, Reviglio, Obeid, Reutemann, Obeid…).

A un año de la inundación los contribuyentes aún no saben con certeza qué dinero envió la Nación ni qué se gastó efectivamente en la ciudad. Hay galpones donde aún se almacenan envíos de otras provincias, que nunca fueron entregados a quienes correspondía. Pero los gestos definen; como las fotos, dicen más que mil palabras.

Ríos y laguna

Las ciudades de Santa Fe y Santo Tomé se encuentran enclavadas en el valle del río Paraná, que llega, en la zona, casi hasta el Salado. Están ocupando el lugar de expansión natural del Paraná, y cuando éste crece busca esparcirse en esa cuenca. Tanto la laguna Setúbal como los ríos Colastiné, Santa Fe y Coronda forman parte de esa amplia zona de expansión. No puede sorprender, entonces, que estas ciudades subsistan jaqueadas por las aguas.

No sorprende porque es un hecho natural, y en tanto tal responde a conductas determinables, mensurables, clasificables. También el Salado crece y se desborda desde mucho antes de que a Juan de Garay se le ocurriera asentarse en el lugar. Como la conducta de los ríos cambia por acción del hombre (deforestación, cultivos intensivos que restan permeabilidad a la tierra, etc.), en los países civilizados son estudiados, de manera de minimizar los riesgos.

Esto no garantiza su eliminación absoluta, pero permite contar con una información relevante a la hora de evaluar lo que puede ocurrir. Aunque difícil, es más viable que los hombres se adapten al río a que el río se adapte a ellos.

Lo que sorprende en esta coyuntura es la falta de previsión de los sucesivos gobiernos de la provincia, sean de facto o democráticos. Y lo que indigna a los contribuyentes es que cuando se preparan informes técnicos anunciando las catástrofes tampoco se toman los recaudos para evitarlas. En todos los casos se trata de incorrecciones humanas, no de accidentes naturales. En todos los casos los muertos pudieron haberse evitado, así como la destrucción de las casas y el terror de las aguas entrando a la ciudad.

En todos los casos hay responsables que aún están libres.

La ruta 168 es otro ejemplo. Durante años el atracadero de la balsa que une dicha ruta con la ciudad de Paraná tuvo que ser cambiado de lugar por la erosión del río. Hubo repetidos informes que precisaban no sólo el riesgo, sino también el lugar en donde el río incide en la costa santafesina. A tal punto se determinó el sitio que en él se edificó una capilla con la imagen de la virgen para frenar el avance del río.

La construcción desapareció devorada por las aguas, pero los funcionarios hicieron caso omiso, ya no sólo de los informes, sino también de la evidencia empírica. Se construyó otro tramo de ruta para regresar a Santa Fe, pero fue necesario que la ruta de ida colapsara para que se tomaran recaudos: la policía cortó el tránsito. Sin embargo esa misma policía no imaginó que a orillas del río hay pescadores, y tuvo que morir una familia para que la ruta sea cortada de manera efectiva.

Es una obviedad decir que la muerte de esas personas pudo evitarse, y que hay culpables con nombre y apellido que cumplieron mal su trabajo (es decir, que no lo cumplieron). Sin embargo el padre de familia y conductor de la camioneta que cayó al río sufrió la injusticia con que un juez santafesino lo abrumó al responsabilizarlo por «homicidio culposo». Tiempo después la justicia determinó que el vehículo cayó porque no había señalización indicando que la ruta ya no existía, y no porque haya habido intencionalidad.

Pero el daño ya estaba hecho.

Estos ejemplos dan la pauta del desgobierno, que no sólo atenta contra la razón sino contra la vida de las personas, los ciudadanos que pagan sus impuestos para que los funcionarios cobren para cumplir con su trabajo. Cuando no lo hacen la sociedad se desorganiza. Y cuando además se enorgullecen de su accionar la sociedad entra en caos.

Santa Fe y Santo Tomé no parecen más que puntas de un iceberg de corrupción, ninguneo y delincuencia en donde los contribuyentes quedan en medio de las luchas de poder de las facciones partidarias. Nadie niega la Teoría del Caos, pero en ocasiones son más caóticos los comportamientos humanos que los naturales.

Los bárbaros

Sólo a un general ebrio como Leopoldo Fortunato Galtieri se le pudo ocurrir iniciar una guerra contra Gran Bretaña por las Malvinas desoyendo las advertencias y teniendo a los Estados Unidos, Chile y el resto de la comunidad internacional en contra. Eso es tercer mundo, no primero. Es estupidez y no inteligencia. Es obnubilarse con los entorchados, los desfiles y la ruindad patriotera. Pero Galtieri es argentino. Y estudió en el ejército argentino.

Perón también era argentino y militar, y de esa concepción mesiánica de la vida devino un partido verticalista, unidireccional, en donde la conducción y las órdenes vienen de arriba y no se discuten, so pena de quedar marginados (De La Sota lo aprendió tarde, después de Parque Norte). Es una falacia hablar de las masas como directoras del movimiento, porque siempre han sido utilizadas en beneficio de una elite, sea del partido o del sindicato.

Nunca fueron las masas las que determinaron los pasos a seguir, sino un pequeño grupo al que las masas siguieron como borregos. La muletilla «para un peronista no hay nada mejor que otro peronista», o la advertencia de Obeid a Kirchner, «guarda que cuando los peronistas nos juntamos somos invencibles», responden a esa idiosincrasia vernácula en donde vale más el pertenecer y obedecer que el pensar o argumentar.

El congreso del PJ de Parque Norte del 26/03/04 y su posterior desmantelamiento por parte del gobierno rotulan este circo de muchos actores pero pocos jefes. Mención al margen es el hecho de que el PJ es el único partido del mundo que tolera en sus filas la extrema derecha y la extrema izquierda: la escuela que dio origen a la Triple A y Montoneros se mantiene indemne. ¿Qué otra cosa es el patorerismo de Barrinuevo en las elecciones del 2003 en Catamarca? ¿Qué la gobernación de San Luis?

¿Qué el caudillismo de Santiago del Estero? ¿Los carapintadas golpistas Seineldín y Rico no son justicialistas confesos? ¿Y no han tenido cargos públicos luego de los indultos?

En Las invasiones bárbaras el director Denys Arcand hace notar que el 11/09/01, con el derrumbe de las Torres Gemelas en Nueva York, se afianzó aquella decadencia del imperio americano que denunciara en su película anterior: para Arcand los invasores son extranjeros, y en determinados ámbitos es lógico que sea así. Los griegos llamaban «bárbaros» a todo extranjero que no pertenecía a la Polis.

Por extensión, bárbaros eran aquellos que no participaban de la vida social, de la cultura, de la política, de la “democracia” entendida a la usanza griega. Es decir, eran bárbaros todos los que no eran griegos o esclavos. Siglos después el concepto ha cambiado. En la Argentina, por ejemplo, las invasiones (como las deudas) son internas.

Incluso atentados como los de la AMIA o la embajada de Israel, patrocinados por un gobierno extranjero, fueron posibles gracias a una conexión local, y siguen sin resolverse gracias a la (in) justicia argentina, que no es independiente como establece la Constitución, sino que está constreñida por los caprichos del Estado. Las medidas que está tomando Kirchner apuntan a revertir esta situación, pero sólo el tiempo determinará el alcance de lo propuesto.

Aquí no se trata, estrictamente, de invasiones, sino de manipulaciones para mantener el poder. Sólo así puede comprenderse la relación que en general profesan los justicialistas entre sí cuando se ubican en corrientes diametralmente opuestas, pero gracias a la Ley de Lemas suman votos para el mismo candidato. O cuando se cobijan tras determinadas figuras fetiches (ayer Perón, Evita, María Estela, Menem; hoy Reutemann o Kirchner).

En cierta medida es lo ocurrido en las elecciones de setiembre de 2003 en Santa Fe, en donde resultaron electos funcionarios que tuvieron responsabilidad en el desastre de la inundación. Lo prioritario no es la verdad o la justicia, sino mantenerse en el poder. De hecho el PJ funciona como una máquina aceitada para perpetuar ciertos nombres, porque los que hoy caen en desgracia, mañana, como el Ave Fénix, resurgen y vuelven a ocupar cargos de importancia.

Hay que ser demasiado imbécil para que la desgracia sea eterna en un partido que hace de la hipocresía un valor de trueque, y que favorece y premia la obsecuencia (la «lealtad») por sobre la razón.

El común denominador de estas situaciones es la improvisación, la insensatez y (la justicia deberá determinarlo) una posible criminalidad: no es sensato dejar sin terminar la defensa al norte de la ciudad (la parte terminada fue construida en los años noventa). No es sensato que el gobierno de la provincia solicite informes técnicos a la UNL para cajonearlos y luego declarar, como Reutemann, con ingenuidad insultante, «a mí nadie me avisó».

No es sensato tranquilizar a la población avisando por radio qué barrios no se inundarían, como hizo Álvarez, cuando horas después en esos barrios había muertos y desaparecidos y las aguas arrasaban las casas. No es sensato ignorar los informes técnicos y permitir que la ruta 168 colapse, así como tampoco es sensato que la policía provincial permita por omisión la muerte de una familia horas después de ese colapso.

No es sensato que luego de la catástrofe los funcionarios se volvieran a presentar a elecciones como si nada hubiera pasado y ellos estuvieran libres de culpa y cargo. No es sensato que en Santa Fe no exista un plan para desalojar los barrios más expuestos. No es sensato que los maestros tengan que ocupar el lugar de las asistentes sociales. No es sensato que algunas carpas que implementó el gobierno para cobijar a los inundados se inunden con la primera lluvia.

No es sensato que los funcionarios callen o den explicaciones absurdas. No es sensato que nadie se haga cargo y que endilgue a los dioses lo ocurrido al referirse insistentemente a la «tragedia». No es sensato que Obeid escriba «las aguas bajaron pero la pobreza queda» (El Litoral, 01/02/04) y que nadie, ni de su partido ni de los otros, le exija respeto por los muertos.

No es sensato que parte de los fondos nacionales para la inundación se haya derivado a 234 comunas que no fueron afectadas por el agua, ni que Reutemann sostenga en televisión que Plaza España estuvo inundada (programa «Punto.Doc», 31/03/04, en vivo).

No es sensato, por último, que si estos señores se vuelven a postular, sean nuevamente elegidos. Y este punto va más allá de la Ley de Lemas. Como he señalado en artículos anteriores, las responsabilidades son compartidas tanto por la clase dirigente como por la contribuyente.

En Santo Tomé

También hay inundados en Santo Tomé, aunque menos. Y como los de Santa Fe y otras localidades, para que se respeten sus derechos tienen que protestar.

Después de haber presentado notas a Juan Carlos Forconi, de la Unidad Ejecutora de Recuperación de la Emergencia Hídrica y Pluvial (ingresadas el 19/02/2004 y el 16/03/04), y al intendente Piaggio (notas del 01/03/04 y del 15/03/04) y de no haber tenido respuesta satisfactoria, iniciaron la protesta en la costanera, acampando desde el 09/03/04 en la intersección de calles Sarmiento e Iriondo.