El carro de la familia de mi hermana venía lleno, pues con ellos iban unos sobrinos de mi cuñado… Y quedé atrapado en Nueva Orleáns.
Tengo que decirles que creíamos que esa evacuación sería como la de otros años: que saldríamos el sábado y el lunes estaríamos de regreso. En N.O., todo el mundo pensaba que eran unas vacaciones a tal punto que, ese sábado, un grupo de primos y amigos, en vez de evacuar se fueron a pescar… No se qué habrá sido de ellos; espero que estén bien y me imagino que al igual que yo, encontraron la forma de llegar a algún lugar seguro.
Mi hermano Carlos Ramón venia manejando un carro de la Iglesia a la que asiste y acordamos que lo mas cómodo sería que me fuera con mi amigo pero, en el momento en que quería salir, las telecomunicaciones se empezaron a colapsar: salían mensaje de congestionamiento de líneas y uno, confiado, esperó para intentarlo más tarde… Pero mas tarde fue demasiado tiempo.
Me quedé allí, en la casa de mi hermana; sería sólo un fin de semana, viendo TV, comiendo y leyendo por ratos, disfrutando de unos momentos de soledad. Pensaba que si la cosa se ponía mal, caminaría hasta donde los bomberos (a dos o tres cuadras de la casa) y ellos me evacuarían. Pero dijeron en Univision que el Superdome (un estadio techado) no era un refugio adecuado ni seguro, y si las cosas pasaban como se temía, sería una catástrofe mayor a la del 11 de Septiembre. Así que opté por no moverme de la casa. Dormí un rato hasta que, como a las 9 de la noche, el viento me despertó y empezó lo feo; se escuchaba muy fuerte y, a medida que pasaba el tiempo, la cosa se ponía aún peor. Por la ventana se miraban hojas y ramas pequeñas, las paredes empezaron a temblar… Yo me puse a recoger un poco de agua potable en los recipientes que había (ollas grandes) y en la bañera. Como a las 11 o las 12 p.m., no lo se con seguridad, se fue la luz… y tuve miedo a que el viento me levantara con toda la casa.
A la mañana siguiente, lentamente empezó a amainar el viento y a eso de la 1 p.m. ya había parado de llover. Pero el agua había inundado la casa. Subí al techo para ver si había mas personas en mi misma situación… constaté que parte del techo de la casa se había volado. Grité y me contestaron en ingles y en español. Los gringos volvieron a entrar en sus casas y, en medio del agua, me dirigí al otro latino, que también era de Honduras. Pasamos estos días durmiendo los dos en medio del agua y comiendo juntos. Afortunadamente, el gas no fue cortado y cociné las carnes que había en el refrigerador, para que no se dañaran; por la radio empezaron a dar reportes cada vez más preocupantes sobre la gravedad de la situación. Sólo funcionaba una emisora. Los informes de la devastación fueron sembrando una especie de temor, después vino la desesperación… Teníamos que resignarnos: ahora sabíamos que estábamos solos y que nadie haría nada por nosotros. Pasaban las lanchas de la policía, pero no decían ni hacían nada. Las personas pedían agua, comida… pero como si nada. Creo que los policías de USA no están entrenados para ayudar a la población, en casos de emergencia. Ellos solo saben poner “tickets”. Al igual que los nuestros (de Latinoamérica), solo saben morder.
A medida que pasaba el tiempo y mientras caminábamos, mi amigo de Honduras Saúl y yo, por las calles inundadas de la ciudad -algunas veces el agua nos llegaba hasta el pecho-, nos dimos cuenta de que había mas personas de las que creíamos en nuestra misma situación. Todos buscando algún sitio que no estuviera anegado por las aguas, para refugiarnos, pero no fue así. En una de esas caminatas, fuimos testigos cuando algunos negros entraron a una tienda para robar, para saquearla… pero también fuimos testigos de que algunos anglos les encargaban cigarros y licor. ¿No hay diferencia, verdad?
Oímos por la radio que el área donde estábamos era una de las menos afectadas, pero también decían que se estaban rompiendo los diques y los muros de contención. Nueva Orleáns es una zona pantanosa que está por debajo del nivel del mar. Las aguas arrastraban animales muertos, pequeñas culebritas, unas especies de caracoles o babosas, y como cucarachas grandes… Todo eso se estaba descomponiendo y se empezó a sentir el mal olor de lo podrido. Algunos gringos se miraban todos picados por los zancudos (yo todavía conservo esa resistencia que traje de Honduras a esos bichos) y algunos que estabán enfermos empezaban a verse muy mal.
El ambiente era desolador: tantas casas y parques bonitos totalmente destruidos, carros varados, árboles caídos sobre los edificios o en el medio de las calles, postes de luz y cables rotos… y, sobre todo, la tristeza y desesperación de las personas se palpaba por doquier.
Decidimos empezar a quitar árboles. Le preguntamos a la Policía si se podía hacer o si tenían que informar de ello, por razones del Seguro, pero tampoco eso podían hacer. Insisto: no están preparados para labores de asistencia.
Dijeron que mientras no robáramos, podíamos hacer lo que queríamos. Y su única recomendación fue: ¡¡¡GO AWAY!!!
Uno de los policías me contó que había perdido su casa, que se había hospedado en un hotel de Baton Rouge y que si alcanzaba la carretera interestatal, podría llegar a esa ciudad dónde, con toda seguridad, yo también conseguiría albergue. ¡Pobrecito, que equivocado estaba! Cuando llegué a Houston, tampoco acá quedaba ya albergue. Y no es que lo necesitara para mi, no. Si lo menciono es para que vean el grado de “incomunicación” que reinaba entre ellos.
Yo preguntaba por qué no llegaba el ejercito y nos tiraba comida y agua como lo había hecho en Vietnam o en Irak.
Bueno, esa pregunta no me toca hacerla a mi ya se la están haciendo a Bush acá. Los negros de N.O. dicen que es racismo…
Así que estábamos cortando un árbol cuando una mini-van se acercó, preguntándome sus ocupantes si conocía el camino para Houston. Les dije que sí y les pregunté si me daban jalón. Ellos aceptaron y, a toda prisa, agarré lo que pude y me vine con ello. Eran dos hermanos guatemaltecos, Elías y Jeremías, que tenían solo dos meses en N.O. y andaban perdidos. De esta forma llegamos acá, comiendo tortillas con queso y bebiendo coca cola.
Ese mismo jueves que salíamos de N.O., por el camino, empezamos a ver como llegaba el ejército. No se si estaba allí ya con anterioridad, lo que si puedo asegurar es que antes no lo había visto, solo la policía.
Recuerdo como, por las noches, parado en el agua frente a la ventana, miraba los helicópteros patrullar: se miraban de película esas naves sobrevolando el agua con sus potentes luces. Fue igualmente de película ver aquella tropa militar entrando en la ciudad.
Al cruzar el puente que separa a Luisiana de Texas, había gente esperando a los damnificados con comida y bebida gratis, baños portátiles, etc… Y lo que más me impacto fue una manta hecha a mano que decía: ¡Welcome, my home is your home!
Entonces recordé nuevamente lo bien que me habían tratado en este país muchos desconocidos, desde que vine de Honduras: estoy muy agradecido por eso y, definitivamente, creo que ha cambiado mi forma de ver el mundo.
Al llegar a Houston, pude comprobar por la TV que lo que yo había vivido no era nada, comparado con las historias de muertes, de robos y violaciones que se dieron en el centro de Nueva Orleáns.
Pasarán muchos meses antes de que vuelva la normalidad a Nueva Orleáns. Nosotros, los emigrantes, con ese espíritu de superación que nos empujó a dejar nuestra tierra, es muy probable que tengamos que iniciar otra vida acá, en Houston… o tal vez en otro lugar, más al norte.
¿Regresaremos algún día a Luisiana?

