IN MEMORIAM

IN MEMORIAM Se llamaba Rony Hernández. Tenía 30 años, y un futuro esperanzador, hasta que un coche -un carro, como dicen allá en su país, Honduras- segó su vida. Era estudiante de derecho y, como la mayoría de los jóvenes en hispanoamérica, tenía que trabajar para poder vivir y p

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IN MEMORIAM

Se llamaba Rony Hernández.

Tenía 30 años, y un futuro esperanzador, hasta que un coche -un carro, como dicen allá en su país, Honduras- segó su vida.

Era estudiante de derecho y, como la mayoría de los jóvenes en hispanoamérica, tenía que trabajar para poder vivir y pagar sus estudios. Algún que otro año, las necesidades eran tales que no le quedaba más remedio que aplazar sus estudios hasta el próximo curso… si había suerte.

A pesar de ser soltero, tenía que suplir en gran medida las necesidades de toda una familia: una madre viuda, un hermano menor y una hermana, tambien viuda, con cinco niños en edad escolar.

Pero su corazón era tan enorme que aún le quedaba capacidad para ayudar a la gente necesitada que tenía a su alrededor. Era -como se suele decir- el paño de lágrimas de muchos.

Durante varios años, secundó al Padre Luis Gonzaga Galvis en su labor al frente de la parroquia San Ramón Nonato de Villanueva, Honduras. Participó, de forma altruista, en las "veladas teatrales jocoserias" organizadas por las Madres de la Caridad de San Pedro Sula, a beneficio de sus obras. Y, desde hace 3 años, colaboraba -también de forma totalmente altruista- con nuestra pequeña O.N.G. "PEQUEÑOS PRINCIPES" de ayuda directa a niños de Honduras.

Era nuestro amigo y nuestro representante* en Honduras.

El grán número de personas que le acompañaron el lunes 29 de noviembre hasta su última morada dice mucho sobre el afecto y el cariño que le tenían muchas personas, tanto de Villanueva como de San Pedro Sula, ciudades en las que vivió y desarrolló sus actividades durante estos últimos años.

Aparte de bondadoso, Rony era la persona más sencilla y humilde que yo haya conocido. Su despegue de las cosas materiales era total, y puedo decir que, si tenía algún defecto, era el de no saber guardar nada para él. Vivía con lo imprescindible, en una casita humilde en el barrio más pobre de su ciudad.

A pesar de su juventud, no le importaban la moda, ni las marcas, ni todos estos artilugios que los jóvenes europeos y norteamericanos consideran hoy indispensables: teléfonos móviles (léase celulares), lectores de MP3, cámaras y videos digitales, etc.

A duras penas, conseguimos que se interesara por los ordenadores e Internet, ya que eran medios imprescindibles para poder comunicarnos con él desde Europa.

A Rony le gustaba -siempre que podía- bailar (con buen ritmo), cantar (a sabiendas de que lo hacía desafinadamente), leer (su autor preferido era Paulo Coelho), ver cine (era un admirador de Pedro Almodóvar)… y escuchar música en todo momento (le encantaban Ricky Martin, Mocedades, Joaquin Sabina, Mónica Naranjo, etc.)

Le encantaba hablar con la gente: sorprendía con qué facilidad se dirijía a un desconocido, en la calle, para preguntarle sobre su procedencia, su trabajo, su familia o para ayudarle. Ningún ser humano le dejaba indiferente.

Era, ante todo, un ser muy sociable y lo que más le hacía feliz era reunir a unos cuantos amigos y cocinar para ellos (cocina tradicional hondureña, por supuesto… aunque le gustaba también "flirtear", de vez en cuando, con la cocina europea).

No era muy deportista, pero había aprendido a montar a caballo en su niñez campesina y lo hacía bien; le gustaban la bicicleta, la natación, el senderismo, la naturaleza… Recuerdo que me tuvo, hace pocos meses, durante mi último viaje a Honduras, andando todo un día, a buen ritmo, en la verde campiña de Cedeño , cerca de Choluteca.

Le fascinaban las puestas de sol sobre el mar. Unas semanas antes de venir a Europa me escribió: "¿Cómo son las puestas de sol en España? Aquí nunca se puede ver poner el sol sobre el mar: el horizonte siempre está nublado, hay demasiada humedad…"

Cuando vino a España, el espléndido clima mediterraneo le regaló estas puestas de sol con las que él soñaba desde niño. Entonces, sentado sobre una roca, se quedaba con la mirada fija, frente al mar, totalmente absorto por el espectáculo, hasta que se apagara el último rayo de sol en el horizonte.