GENOVA, CAPITAL DEL MAR Aquellas callejuelas estrechas, laberínticas y pintorescas, cercanas a la vieja zona portuaria de la ciudad, se mantenían incólumes al paso de los siglos, como si únicamente, hubiera transcurrido un breve lapso de tiempo desde entonces. Así, exceptuando la
Cronica
GENOVA, CAPITAL DEL MAR
Aquellas callejuelas estrechas, laberínticas y pintorescas, cercanas a la vieja zona portuaria de la ciudad, se mantenían incólumes al paso de los siglos, como si únicamente, hubiera transcurrido un breve lapso de tiempo desde entonces.
Así, exceptuando la concurrida y bulliciosa autopista elevada, que alabeaba junto a la fachada marítima del municipio, el decorado poco parecía diferir de la gloriosa época de la República Marítima de Génova, en la que la ciudad fue una de las más pujantes del Mediterráneo. Así, al adentrarse en aquel mosaico sin fin de callejuelas, se respiraba un inconfundible aroma salobre, que envolvía plazas, correderas, rondas y callejones.
Resultaba fascinante recorrer aquellas humildes y enlosadas callejas, donde en tiempos, no muy lejos de allí, se descargaban embarcaciones llegadas de todos los confines llenas de especias, piedras preciosas, sedas, ámbar, etc.
En esos mismos lugares residíó la marinería de míticos veleros, de alto bordo con acastillaje de amuras inclinadas; con arboladura de palos mayores y baupréses en proa; con escasa artillería de bombardas o culebrinas…
En aquellas construcciones, junto a los sáxeos lienzos, se sucedían los cornijales, bellamente esculpidos con iconos de virgenes y santos, semejando tallados mascarones de proa, que ahocicaban 1 el imaginario oleaje. En las alturas superiores de las gráciles edificaciones, unos tendederos con ropajes multicolores, parecían empavesar 2 el vecindario, semejando ondeantes banderolas, a son de mar.
En algunos de estos tendaleros flameaban grandes sábanas candes y albayaldes, que semejaban el velamen asocairado por la fresca brisa marina, que penetraba por las angostas calles, con premiosidad, esquivando el ambarino y rubescente acastillaje alteroso 3 de las humildes viviendas.
En los pórticos o portalones 4 , junto a las rejerías, unos testeros exornados de numerosa variedad vegetal, semejando abrojos 5 a flor de agua, amacigaban el claror del enardecido corinto y gualdo de los fronstipicios.
Sobre el empedrado pavimento de las calles, se hallaban algunas hileras de bolardos, que parecían semejar norays solitarios, pues a su alrededor tan solo había navíos carenados 6 .
Los cornisamientos y aleros abarloados 7 de las inclinadas techumbres, se encontraban tan próximos unos a otros, que creaban un ambiente de lóbrega penumbra, nigérrima y fuligonosa.
Sin embargo, los voladizos algo más distantes, recreaban un escenario formado por un claroscuro de luces y sombras, verdaderamente misterioso y cautivador.
Así, los careados de umbría eran transitados por la vecinal bonhomía, por los viejos lobos de mar, por los carpinteros de ribera, por los estajanovistas menestrales 8 , por los pescadores de almadraba, por los comerciantes descendientes de antañones mercaderes, por los pícaros de muelle, y quizá por gente de la jábena, mientras los paramentos de solana permanecían abrasados, solitarios y enmudecidos, en aquellas horas del mediodía canicular.
En lo alto del despejado cielo, varias gaviotas de dorso ceniciento, con sus alas extendidas, sobrevolaban desde las encabrilladas olas de la abra litoral, los esbeltos y desiguales campanarios de la Catedral de San Lorenzo, una verdadera joya de la arquitectura medieval, de impresionante fachada en mármol bicolor, níveo y azabache, con rosetón central e interior fastuoso.
Trasvolaban también las gavinas, los palacios manieristas de la vía Garibaldi; la plaza de Ferrari flanqueada por el Teatro Carlo Felice y el Palacio Ducal, centro neurálgico de la ciudad; la Porta Soprana, con sus enhiestadas torres medievales, herencia de la època de máximo esplendor de la ciudad; la casa natal de Cristobal Colón.
Desde el mar, la perspectiva de la amplia bahía provocaba un ilapso contemplativo… a babor se vislumbraba el faro símbolo de la ciudad y a estribor, el inolvidable puerto viejo de la Capital del Mar.
Ahocicar . Meter el buque la proa en el agua.
Empavesar .Adornar la embarcación.
Alteroso . Dicese de un buque que tiene la parte fuera del agua demasiado alta.
