Cuento presentado al I concurso de literatura gastronómica restaurante "Pou de la neu", de Xixona, Alicante (España)
Cuento
El cuento premiado en el I Concurso de Literatura Gatronómica aquí citado puede leerse en: http://www.poudelaneu.com (se trata de un cuento interesante que recomiendo leer).
– Aixó que demanes, ¿per a qué es?
– Eu non sei o que falas …
– ¡Orden, señores, por favor! Yo soy alemán y, aunque siendo médico me dedico a enseñar español en una escuela de Berlín, desconozco en gran medida tanto el gallego como el valenciano. ¿Seríais tan amables de hablarme en castellano?
Hans -que así se llamaba el bávaro- estaba muy atento a la controversia que ambos amigos (el alcoiá Toni ,"Figot" y el coruñés Marcelo) mantenían sobre las gastronomías levantina y galaica, aunque había muchas ocasiones en que la inercia lingüística los obligaba a conducirse de acuerdo con sus respectivas lenguas vernáculas.
El debate no era cualquier cosa, digamos una bagatela. Aunque amigos entrañables, cuando se trataba de argumentar en favor del habla materna -y no digamos de las diferencias culinarias entre territorios tan distantes uno del otro como en el caso de Galicia y Valencia-, ya la tenían liada. ¡Que sí, amables lectores! Os lo juro por mi José: ¡a muerte!
– ¡En ma vida he vist cosa igual! Jo no m'espante de les teues paraules …
– ¿Cantas veces tes que lle dicir unha cousa para que a entenda? -cortó en seco Marcelo al tío "Figot", dirigiéndose al alemán con la clara intención de que éste le hiciese comprender al anciano anfitrión (porque los tres hombres estaban desayunando en casa del senyor Toni y de su consorte, la senyora Frasquita, ausente la dama para fortuna de los contertulios) que no habría manera de entenderse si cada uno de los presentes mantenía una postura chovinista.
– Bueno, Marcelo -matizó Hans-, vosotros no debéis hablar de chovinismo porque, como españoles que sois, esa palabra no la considero la más adecuada para defender vuestros respectivos pueblos. Y no me jodáis, porque si yo la emprendo con mis germanismos ni Dios se va a enterar de nuestra conversación. Conque, ¡hale!, a por la pierna de cordero.
Aquella mañana (hace ya de esto un par de años), Hans no pudo ni con el gallego ni con el alcoià. Sin embargo, se divirtió. Mientras los dos antagonistas discutían sin casi entenderse, el galeno y profesor dio buena cuenta de la sabrosa carne que había preparado el tío "Figot".
Únicamente dejó en las viandas una mínima parte de la inevitable ensalada, aliñada con las más finas hierbas del Comtat y el rico aceite de oliva de Cocentaina, y los restos de un suculento moje capaz de transformar en pecaminosa gula el místico apetito de un anacoreta. Lo que sucedió después, es cosa de risa.
Imaginemos la cara que puso el tío "Figot" (enjuto de carnes, negra cabellera, ojos saltones y nariz aguileña) cuando, después de haber estado largando por su fina boca ( en valenciano, ¡faltaría más!) los agudos reniegos, juramentos y tacos peculiares de un arriero medieval, se encontró con la humeante barbacoa … vacía de chicha.
Se ensució en sus propias mulas, maldijo a los alemanes, arremetió contra el Santoral y, porque no sabía cómo pronunciar en su lengua natal, sin tartajear, la frase eufemística por antonomasia, no mentó a la madre del gallego, que contenía la carcajada tapándose la boca con una de sus manazas.
– S'a menjat tot el pa y tota la carn. ¿Serà cabró …? ¡Així, bonament! – y se dirigió a la despensa, de donde sacó un boniato que le entregó con sorna a Marcelo puesto que no se atrevía a descargar su ira en el médico -. Pren aquest moniato i porta-lo a sa mare – se refería a la madre de Hans, a quien el tío "Figot" le regalaba el tubérculo, grueso y alargado para que, supuestamente, se lo metiese donde le cupiera.
El facultativo, que sin saber valenciano no dejaba en el olvido ciertas similitudes lingüísticas de los idiomas latinos, se guardó la respuesta para cuando el gallego, que parecía estar decidido a intervenir de inmediato, concluyese con sus comentarios. Y así fue que Marcelo, sintiendo que su querida madre quedaba aludida, y perdonando el ofensivo simbolismo del anfitrión, medió en el conflicto con el mejor tono gallego, dulce y cadencioso, que podía dar a sus palabras.
– Dámo a min lo moniato, non llelo deas a ela – y después de hacer una breve pausa, creyendo que el tío "Figot" estaba afectado por haber ofendido a su madre y no a la de Hans, concluyó, triste-: É necesario pensalo todo dúas veces.
"Dame a mí el moniato, no se lo des a ella". "Es necesario pensarlo todo dos veces". Bellas palabras éstas que en boca de un ilustrado hombre maduro hicieron reflexionar al médico, y al tío "Figot" agachar la cabeza.
Hans tardó unos segundos en contestar a sus dos amigos con una filípica que nunca podrían olvidar. Se le notaba molesto y afligido. ¿Por qué tanta tozudez en expresarse a contracorriente de la lógica y de la mínima, buena educación? ¿Para que ambos amigos sólo pudieran entenderse a sí mismos, ensartando toda clase de malevolencias -en ocasiones insultos- con el fin de regodearse a costa de los demás y sin ni siquiera respetar a quien les había rogado que hablaran de manera que él pudiera entenderles? Pues no.
Hans no estaba dispuesto a seguir soportando semejante desconsideración y falta de respeto hacia su persona. Nada podía atarlo a esa casa, donde dos hombres descerebrados hacían caso omiso de las buenas maneras.
– Podía daros un largo discurso en alemán para que sintierais el peso de la afrenta que me habéis estado haciendo durante este almuerzo; pero no lo voy a hacer, porque ello supondría ponerme a vuestra altura.
"He comido yo solo por no haceros el feo de marcharme sin deciros adiós. La respuesta de Marcelo me ha gustado. Su contribución al sostenimiento de la relativa paz entre nosotros al perdonar la ofensa del señor Antonio hacia su madre, que en realidad iba dirigida a la mía, lo ensalza ante mis ojos. Pero no ha tenido en cuenta que, como extranjero y amigo suyo, merezco un trato más considerado.
