EL JARDIN DE LA EXPIACION A Ray D. Bradbury, con indeclinable admiración… {…Ahora tocaba el turno al Contador de Cuentos. Porque el cumpleaños había venido desarrollándose normalmente, tal como era estilo en aquellos tiempos. Esto es: los payasos habían recibido y d
Cuento
EL JARDIN DE LA EXPIACION
A Ray D. Bradbury, con indeclinable admiración…
{…Ahora tocaba el turno al Contador de Cuentos.
Porque el cumpleaños había venido desarrollándose normalmente, tal como era estilo en aquellos tiempos. Esto es: los payasos habían recibido y distraído a los chicos que llegaban, ayudando al agasajado a disfrutar de sus juegos. Luego, habían comido alimentos salados y dulces, y bebido refrescos abundantes – pues era verano -; y, después, el Señor Mago, los había hechizado envolviéndolos con un tejido multicolor de situaciones inexplicables.
Hasta que, por fin, y de modo de entregarlos serenos a sus padres al cabo de tantas esperadas y excitantes experiencias vividas, entraban a la sala mayor de la casa, ordenadamente y dueños de casa de por medio, tomaban asiento y esperaban, aún ansiosos y cuchicheantes, el turno del Contador de Cuentos.
El Contador de Cuentos entraba por una puerta lateral de dicha sala, subía a un estrado pequeño enfrentando a las hileras de niños escucha-cuentos, depositaba el libro que debía traer siempre a mano sobre la tarima oratoria, y, sin abandonar el gesto profesoral que llevara al más absoluto silencio al auditorio, saludaba gravemente y comenzaba su tarea…
La tarifa era por tres relatos. Un cuento ambientado en el Pasado, otro en el Presente, y, el restante, en el Futuro. Los dueños de casa grababan los cuentos y, a instancia de la personalidad de cada chico, cuando los padres venían a buscarlos alrededor de la cuarta hora de fiesta, se llevaban de obsequio a uno de esos relatos.
Ya en casa, Luigi repasó en su equipo el cuento seleccionado. Papá tuvo la paciencia esperada en estos casos, y dejando en penumbras el dormitorio, pactó con mamá los últimos quehaceres del hogar, acostó al niño, y escuchó con él aquel extraño relato de Navidad que el Contador de Cuentos inventara y contara, y que intrigara tan especialmente a la absorta audiencia}….
Sí, aquella mañana fueron tres los niños que escondieron su desayuno de cápsulas con gusto a leche y mermelada de duraznos. Lo hicieron bajo las escafandras del color dorado de las aguas de los sueños con que llenaran los Canales Marcianos. LUIGI, MEMO y SCOLL.
Sin embargo, sólo dos podrían escaparse hasta el Valle de las Colinas Verdes a cumplir La Misión. Abrumados por imaginarias alforjas y urgidos por el imperio de la aventura, La Misión les estremecía la piel, y no precisamente por causa de aquel viento frío que soplaba del sureste cuando huyeron de la Colonia con rumbo desconocido…
UNO (El Plan):
Estaban seguros. En algún lugar encontrarían un pino o algo parecido para adornar.
Porque, así como los chicos de la Tierra ruedan por las noches renegando de sus padres, atrapados por el silbo milenario de la Luna, atraídos por el clamor codificado de la Legión de los Pies Descalzos (miradas electrizantes y manos forjadas para lo incierto), repitiendo edad por edad la historia de un tiempo donde la muerte no existe, y el dolor es la risa del amor propio compartida; así ellos también, en Marte, eran los dueños del Mundo. Capaces de superar la incertidumbre de lo extraño hasta dominarlo y poseerlo.
Capaces de embarcarse en la oscuridad aciaga del Planeta Rojo, y deslizarse y echar migas con aquellas Bolas etéreas e inofensivas que aparecieran por las noches, acechando los cohetes y los radares, cuando todos, menos ellos, dormían…
Que por algo dos lunas había. Y no tan lejos. Muy cerca de sus cabezas acorazadas, destruyendo la sensación de lo imposible que tan sólo lo exclusivo y lejano promueven en el alma de los niños.
Ahora claro; aquel mundo era Otro Mundo. Y había que considerarlo como tal. Olvidar los viejos cuadros, los viejos libros, las viejas calles y los viejos juegos, y pintar, escribir, recorrer e inventar otros. Todo debía renovarse. Todo debía ser nuevo. Todo era nuevo…
Por eso aquella inusitada manera de caminar dando saltos, flotando en el espacio como nimbus de tormenta. Las manos, sujetas. Las voces, desfiguradas: ahogadas por el cuenco de la escafandra; enrarecidas por los intercomunicadores de corta distancia.
No era fácil. Sobre todo porque ellos, los Primeros, no habían nacido allí.
Entonces, costaba cambiar el sigilo gatuno de las bicicletas alquiladas y lanzadas como misiles por la espesura de los parques. Trocar el centellear de sus ruedas (zaranda vibrátil donde el Tiempo anida y se estaciona), la vivacidad de sus cintas coloridas (estelas de un sol de primavera), la estridencia súbita de sus bocinas (chillar de aves disparadas en el cielo), por aquel complicado y, no por nada, versátil vehículo que los llevaba ahora, sobrevolando a escasa altura, la superficie amarronada del planeta nuevo.
Aunque pocos lo entendieran, respondiendo al ancestral llamado de la naturaleza, MEMO y SCOLL habían escapado, acompañando al expansivo latido del Universo, mientras el tambor cósmico truena y sacude las galaxias…
DOS (La Huida):
