EL CÁLIDO DOCTOR SIN NOMBRE [1] A Mary Sélley , la inmortal… PARAÍSOS Al primer día, lo creó. Doce años tenía yo cuando el Doctor entró en el barrio -soportando apenas su magra figura-, y se instaló en aquella casa umbría. Los Vento, arrebatados por la muerte, se habían mudado de
Cuento
EL CÁLIDO DOCTOR SIN NOMBRE [1]
A Mary Sélley , la inmortal…
PARAÍSOS
Al primer día, lo creó.
Doce años tenía yo cuando el Doctor entró en el barrio -soportando apenas su magra figura-, y se instaló en aquella casa umbría.
Los Vento, arrebatados por la muerte, se habían mudado de ella y, regalo de herencia, puesta en alquiler por Tía Aída, había recibido al viejo encantada de ver a alguien imbuido de su anciana congoja.
Corrían, pues, los años sesenta, y, en el barrio, el tiempo se filtraba con lentitud por las narices y oídos de la gente, oxidándola por dentro de la manera más natural.
Y el tiempo traía en sus brisas, silencios y ruidos a carro de algún venerable verdulero, o de auto de algún receloso vecino progresista, olores y pensamientos que, al colarse tras la bruma verde de los paraísos plantados por la Municipalidad algunos lustros atrás, se trocaban finamente en esa indómita Naturaleza de cuatro velos: el blanco, el azul, el rojo y el violeta -o marrónverdiamarillo -.
Tanta belleza controlada desde los albores del mundo, fue envidiada por este hombre de extraños gustos -secretos que yo compartiría- y que de ser por él, la hubiera transformado en opípara cena.
Después, el progreso de los hombres desecharía su paso -en pos de discutibles objetivos-, marginando y envasando su aliento en cercos de fin de semana.
Pero nada de esto pensaba yo como posible. Tampoco el Doctor. Ni la vieja Aída. Ni la bandada de chicos que miraba por la ventana cálida de nuestras casas sencillas, ocurrir las cuatro estaciones planetarias: al invierno, a la primavera, al verano, al otoño…
Así, había una maravilla especial en la tierra endurecida, encalada por el rocío o el granizo que dividía los frentes de las casas. En la pulcra actitud que insinuaban las dos estelas de zanjas estiradas a lo largo de los cuatro puntos cardinales, doblegadas por las palas y las botas de goma como partiendo una manzana. Los árboles, liberados de sus ocres vestiduras, concluían fundiendo su desatino con la tierra, alimentándola.
Sumidos en un sueño níveo, como cruces aliquebradas por el viento, parecían desconectadas de la vida para ansiarla otra vez.
Luego vendría el filoso fulgor de las espadas color de olivo y los ceibales ardientes, montados sobre espirales ígneas de mariposas húmedas, de color en color, de sabor en sabor, encolumnadas por el centro de la calle y dispuestas a lograr una meta que no sería, sino, la corta o larga distancia de nuestros brazos alzados contra ellas, armados de ramas que estaban esperándolas -con el corazón prieto y el suspiro contenido- para momificarlas. Y los naranjos. Y los jazmines.
Atrás, atrás, muy atrás, en la dimensión de los recuerdos, confundida la sinuosa corbeta de la imaginación por los sueños y anhelos de un ayer siempre en presente…
ENSUEÑOS
Al segundo día, lo visitó.
… Pero el Doctor Sin Nombre no llegó en otoño, cuando las calles se abren a las palomas blancas con moños de rosa y dientes de marfil. (Los ómnibus estremecidos por las primeras picardías de sus voces hilarantes) .
Tampoco, en invierno, cuando la lluvia se cristaliza y los barrios se inundan y el barro endurece los pies de todos y los deja quietos y muy solos. (Los zapatos como estacas barnizadas) .
Tampoco, en primavera, cuando la noche suelta a las estrellas y las deja caer y volar a la manera de luciérnagas remotas, y el canto de la noche es el rumor de los grillos junto al aroma fresco y meloso de los azahares que la gente guarda bajo las almohadas, como guarda la naftalina en el ropero o el perfume a dioses del palosanto dentro del cuarto. (Cuando el sereno de la noche demora el sueño de las cobijas gruesas) .
