Esto de hoy no va de Biblia ni de ¡hosanna!, pese a ser Domingo de Ramos. Se trata de otro cantar.
Todos los humanos llevamos impreso en nuestro psiquismo dos entes imprescindibles para que la vida se pueda manifestar: el ángel rubio como representación del bien y el demonio en calidad de contraste. Comoquiera que mi diablillo loco es mío, entiéndaseme bien: “mío”, tengo la obligación, si no quiero que me patee, de reconciliarme con él, no de aliarme. Una vez avenidos se acabó el problema. Como factor positivo, el mal me sirve de referencia para no caer en la tentación de dañar a los demás, para conducirme por el buen camino. (No se trata de una reflexión propia, sino leída no recuerdo en qué texto.) Establecido este principio, lo demás es responsabilidad personal. Quien de verdad desee ser un poco dichoso, no digo “feliz”, que elija su propia senda, no la dictada por credos ni doctrinas.
Estamos atravesando por una etapa dura, angustiosa, en la que el mal se nos ha presentado con la peor faz conocida. No son necesarias las adjetivaciones. Sufrimiento, muerte, múltiples carencias. La intemerata. ¿Y qué? Pues nada, a resistir, a dar el pecho, y el que sepa vivir que busque el intersticio por donde escapar en pos de lo mejor de esta terrible situación. Porque no existe nada, absolutamente nada, que sea totalmente bueno ni radicalmente malo. Llegados a este punto, me planto. ¿Qué puedo hacer? ¿Escuchar la música que me plazca? ¿Leer un buen libro? ¿Ver una buena película? ¿Jugar con el gato? ¿Machacar a mi prójimo con mentiras a través del móvil? Es posible. En mi caso he echado mano de un sutil recurso que he venido practicando desde hace bastantes años, en unas épocas más que en otras, pero que ha funcionado. La meditación. Os lo cuento.
En posición de loto o cómodamente instalado, sin dormitar, me relajo, dejo la mente en blanco después de haber burlado a los mil pensamientos que se oponían a mi deseo de paz, y el cosmos me obsequia con realidades desconocidas. En esos momentos no soy emisor de interrogantes, pero sí receptor de respuestas que me hacía cuando, en estado de vigilia, me preguntaba qué era la vida y, lo que para mí ha sido importante: ¿qué papel ha jugado la incertidumbre para que de unos trescientos millones de espermatozoides haya sido yo el elegido para nacer? ¿Por qué yo? De dicho pensamiento, sin haber obtenido demostración alguna, me ha surgido la idea de asumir que, sea por lo que sea que yo esté escribiendo en estos precisos instantes, mi obligación es de ser lo más dichoso posible y de colaborar para que los demás gocen de los dones de la vida.
No siempre que medito consigo logros sensacionales, pero puedo asegurar que mi ser se ha sublimado en algunos instantes contemplativos, cuando el derrame de mil respuestas cósmicas, reflejadas solo en una, me ha hecho feliz. ¡Feliz por un instante! Soplo infinitesimal del tiempo anímico que vibraba en mi derrotado yo, postrado de hinojos ante el firmamento.
Cada persona es libre de escoger entre aquello que le pueda servir de anestesia ante el dolor, y el escape hacia la desesperanza. Se trata de una opción personal. O que fije la atención en su demonio y en el ángel rubio. De ahí a la salvación, un solo paso.
Ahora que la parca se está ensañando con la vida, y que el hedor infernal asfixia la naturaleza humana, levanto mi copa al cielo para brindar por el tránsito de los muertos, camino de la eternidad donde todos en algún momento nos encontraremos.
César Rubio Aracil
