Coral para Cesar vallejo

CORAL PARA CÉSAR VALLEJO Milcíades Arévalo Santiago de Chuco, pueblo más que aldea, a 3.ll5 metros sobre el nivel del mar, a 9 horas de Trujillo, capital del Departamento La Libertad, situado sobre un terreno quebrado, amanece envuelto en las fragancias eucalípticas y los olores

Entrevista

CORAL PARA CÉSAR VALLEJO Milcíades Arévalo

Santiago de Chuco, pueblo más que aldea, a 3.ll5 metros sobre el nivel del mar, a 9 horas de Trujillo, capital del Departamento La Libertad, situado sobre un terreno quebrado, amanece envuelto en las fragancias eucalípticas y los olores de la urea, la coca y el alcohol. Nombráronla Santiago en homenaje a la ciudad hispana de Santiago de Compostela y del apóstol Santiago el Mayor.

Como habitante de las grandes soledades de las punas, las rientes quebradas de los valles, la adustez de sus rocas, las sombras de sus profundos abismos y el fresco candor de los campos en flor, señorea el mestizo, el cholo con sangre de indio y español. Mestizo cargado de melancolía, melancolía india, incaica, de siglos y altanería, amante de su tierra, amasada con el agrio sudor del diario vivir, explotado en minas y haciendas, entre el feudalismo y la esclavitud.

Allí, en ese pueblo perdido en la cordillera donde sólo podría habitar el cóndor, en el barrio Cajamba, casa No. 96 de la antigua calle Colón, nació el último de los hijos de don Francisco de Paula Vallejo y doña María de los Santos Mendoza, el l9 de marzo de l892 (según declaración de sus hermanas), César Abraham Vallejo.

–“Éramos doce-, le contaría años después César Vallejo a Georgette Philipart, la mujer que lo acompañaría los últimos años de su vida.

Su hogar paterno era modesto y abultado de estrecheces, pero desde pequeño se afanaba en trazar líneas y figuras en el papel como en las paredes. A los cinco años de edad su primer garabato decía: “Le escribo a mamita que tengo hambre”. Y como para crear menos dudas acerca de este pichón que más tarde sería el cóndor de la poesía latinoamericana, cuando años más tarde le preguntaron a su primo Escobar Vallejo cómo era César Vallejo de muchacho, respondió:

–“Desde muchachito le gustaba peinarse de poeta, el pelo por atrás. Era muy distraído y soñador…”

Y doña María de los Santos Mendoza de Vallejo, desde su retrato, con el cabello parcialmente cano, los finos labios apretados y la mirada toda dulzura, parece orgullosa de la Eternidad de su último hijo, de aquél que en el desayuno le “hurtaba a escondidas el azúcar”.

Estudió primaria en Huamachuco y secundaria en Trujillo, donde se inscribe en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Libertad. La intención de hacerse médico lo conduce a Lima, pero pronto renuncia a la carrera y lo encontramos de preceptor de los hijos de un hacendado de Huanuco. Entra de cajero ayudante en la hacienda azucarera “Roma”, de la que saldrá profundamente marcado. Renuncia a su empleo y retorna de nuevo a Trujillo donde se inscribe por segunda vez en la Facultad de Filosofía y Letras.

Consigue, además, un empleo de preceptor en el Centro Escolar de Varones.

Corre el año de l9l5, cuando inicia su tercer año de Letras, y simultáneamente el primero de Derecho. Entra a trabajar en el Colegio Nacional de San Juan, pero en el mes de agosto muere su hermano Miguel, compañero de juegos del poeta:

Miguel, tú te escondiste una noche de agosto, al alborear; pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste. Y tu gemelo corazón de esas tardes extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya cae sombra en el alma

(A MI HERMANO MIGUEL, Los Heraldos Negros) El primer éxito literario lo obtiene con su tesis: “El romanticismo en la poesía castellana”, rápidamente adoptado por los intelectuales y artistas, muy activos y numerosos los cuales forman un grupo inquieto, turbulento y audaz. Antenor Orrego, director de “La Reforma” y Eulogio Garrido encabezan el grupo, del que forma parte también Víctor Raúl Haya de la Torre, futuro fundador y jefe político del APRA.

Sin embargo, cuando en l9l7, Vallejo se aventura a enviar su poema EL POETA A SU AMADA, a la revista limeña “Variedades”, le responden (burlonamente) “que en verdad (su poema), le acredita a usted para el acordeón o la ocarina mas no para la poesía”.

Ciro Alegría, quien fuera alumno suyo en el Colegio Nacional de San Juan, cuenta en El César Vallejo que yo conocí, esta conversación que se llevó a cabo entre la abuela de César y un circunspecto señor, cargado en años y sapiencia: –“¿Y a qué año va a ingresar? -le preguntó refiriéndose a Ciro. –“Al primer año de primaria… ” El anciano por poco dio un salto y luego dijo, muy excitado: –“¡Mi señora! Esa ya no es cuestión de colegios sino de buen sentido… ¿Sabe quién es el profesor del primer año de San Juan?

Pues ese que se dice poeta, ese César Vallejo, un hombre a quien le falta un tornillo…” –“Al fin y al cabo… para el primer año… -dijo mi abuela, tratando de calmarlo”.

Ciro Alegría, lo retrata de éste modo: “Magro, cetrino, casi hierático, un árbol deshojado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclinó a preguntarme, con una interna atención, mi nombre”.

Geogette Philippart, va mucho más allá: “Su mirada era algo angustiosa. Cuando miraba a alguien, no se detenía en sus ojos o en su rostro: parecía que lo atravesaba y continuaba a miles de kilómetros más allá de uno”.

Y su hermana Aguedita, lo evoca así:

–“Mi hermano César era muy inteligente desde niño”.

Y don Luís Urquizo, a quien Vallejo menciona en su cuento Los Caynas: “Por lo demás, era primo mío en no sé qué remota línea de consanguinidad materna. Dicen que César me menciona en uno de sus cuentos. Y que afirma que soy medio loco. Que me gusta montar buenos caballos, que caminan braceando paca paca paca. Y que también yo me creía mono… ¡Qué ocurrencia! Yo le perdono todas esas mentiras al loco de César, pues él era el loco, yo no”.