CAUSA Y EFECTO DE LA MEDITACIÓN

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No soy experto en el estudio ni en el desarrollo meditativo; por lo tanto, carezco de voluntad para siquiera influir en las decisiones ajenas respecto a tan compleja cuestión. Sí, en cambio, haciendo uso de mi deseo comunicativo y de la supuesta comprensión del posible lector, me atrevo a explicar algunos de los efectos contemplativos por mí experimentados.

Aleccionado por varias personas de la Sociedad Teosófica, de la que formé parte durante años y obtuve enseñanzas muy de agradecer, comencé a interesarme por los beneficios derivados del recogimiento o estado cuasi místico del pensamiento secuestrado. ”Secuestrado”, insisto, porque la quietud mental la consideraba imprescindible. No fue sencillo. Pese a las advertencias sobre la dificultad originada por el tránsito hacia estados cognitivos de relieve, al serio problema de hacerles frente a las ideas perturbadoras que insistían en desviarme de mi propósito, y al molesto runrún de una ansiedad dispuesta a convertir en fracaso todo intento psíquico de importancia, la terquedad, unida a mi experiencia política y sindical como factores determinantes de rebeldía y desacato a toda imposición, resultaron concluyentes.

Fueron momentos complicados por varios motivos circunstanciales. Mis ansias de espiritualidad colisionaban contra la determinación inamovible de compartir mi tiempo entre la familia, la lucha sindical y el progreso anímico, lo que me condujo hacia un estado significativo de inquietud y desazón. No obstante, acostumbrado como estaba a las consecuencias derivadas del riesgo, acepté el envite, yo diría romántico, y me enfrenté al posible fracaso y consiguiente frustración.

Mis primeros pasos no resultaron estériles, pero el hecho de tener que enfrentarme a la inamovible tenacidad de las ideas que pretendían separarme del silencio cerebral, me causó zozobra. Pese a las serias advertencias, repetitivas y molestas de mis dos instructoras en torno a los pensamientos díscolos, yo no podía abstraerme; era imposible encontrarme con el mutismo mental. Hasta que lo conseguí, aunque no en su totalidad. En vez de enfrentamientos opté por la indiferencia. Pude por fin fijar mi atención en un punto marino sin sentir perturbaciones. Me encontraba dichoso, mas no del todo satisfecho.

En una posterior etapa traté de fijar mi atención en un guijarro luminoso que titilaba bajo las aguas tranquilas de la rada donde faenaba. Como patrón de pesca de litoral, me valí de la experiencia marinera para encontrar el punto favorecedor donde fijar la mente e inmovilizar todo pensamiento perturbador. Era precisa la concentración total, basada en la referencia física de una visualización inamovible. ¡Aleluya!

No fue que yo encontrase estados de conciencia relevantes. Sosiego sí, y en ocasiones alguna que otra alarma. En especial la de cierto día en que al final de la relajación note cómo los músculos torácicos y abdominales se me comprimían, pudiendo percibir una clarísima pérdida de densidad corporal. Me asusté, debo confesarlo, y aquel día dejé de meditar. Necesitaba una explicación.

Nada de particular. Ninguna sorpresa meditativa. Sosiego espiritual, sí, como igualmente un cambio de conducta que ha perdurado hasta el presente. Sin embargo… Me lo cuento para sentir un atisbo de felicidad. En toda mi vida, lo puedo asegurar, no me he encontrado tan radiante como en aquella fecha.

Estábamos mi mujer y yo sentados en un pedregal de cantos rodados; el Mediterráneo a nuestros pies y en el rompiente el murmullo de la mar chica. Sin intención de meditar. Quedé abstraído ante el rumor del rompeolas. La circulación rodada la sentía como lejana. Era verano y el tráfico automovilístico no cesaba. Sin embargo, nada perturbaba mi sosiego. De manera paulatina iba experimentando cambios emocionales, desconocidas sensaciones en un estado de vigilia sin precedentes a lo largo de mi historia emotiva. Ahora puedo medio entender semejante, misterioso accidente psíquico; pero no entonces, cuando una corriente trascendental invadía mi ser sin permitirme la mínima posibilidad de llorar de puro gozo; ni de agradecer a la suerte el permiso de sentirme vivo. Sin embargo, aquello supuso el estado inicial de una concienciación involuntaria de algo todavía más sutil, ¡oh, Dios!, sin nombre ni referencia en que asentar tan misterioso evento.

Recuerdo que nos sorprendió el alba; un orto de vivo recuerdo, donde el místico estado de mi conciencia coloreaba el alma de rendida efervescencia. Instantes después ocurrió el único milagro experimentado en mi vida por mor de la… ¿accidentalidad?

Rompió una ola. Apenas un rumor, un susurro, un sonido remiso, mientras mi entidad, psique, alma, espíritu o lo que yo fuese en esos instantes se confundió con una sola gota de agua. ¡Sí!, créanme los recelosos y las suspicaces damas que me instruyeron; porque aquello fue un golpe de felicidad. Insuperable… ¿alucinación? Lo que sucedió está dicho, aunque no mi sensación de haberme creído, por única vez, brujo de mis emociones.

En medio de la mar, solo y fondeado en la ensenada, intenté forzar la repetición de la mística experiencia. Una y otra vez, y cien veces más. Hasta que llegué a la conclusión de que mi comportamiento era egoísta. ¿No había sido suficiente con una sola prueba para entender que los átomos de cada existencia humana llevan su carga vivencial hasta los dominios de la Inteligencia Cósmica?

Intuyo que el tránsito de la vida hacia la extinción de mis constantes vitales ha de guardarme la sorpresa repetitiva de sentirme coronado de felicidad.