I
Cuando el amor batió en mi puerta,
Yo no estaba preparado.
Mi casa no estaba pronta.
Los objetos de cuarto y sala
Demostraban una alma de entrevero.
A los pocos sin embargo entraste;
Así mismo te recibí.
Expuse en mi rostro la marca de cariño
Que, en la verdad, no era amor
Pero sin melancolía.
Poco a poco fui me dando,
Me cediendo más y más.
¿Hasta cuándo me mostraría tu rostro?
¿Hasta cuándo tu rostro a amar?
La melancolía entonces era llegada al fin.
Solamente en el ademán afable de tu rostro,
Bello rostro triangular,
Como una flor en mi jardín,
Yo, abeja, buscaría la miel;
La miel que endulzaría mi vida.
Ahora mi corazón sincero,
Mi vergüenza demostrada sin melancolía,
Mi claro miedo de te amar,
Te recibe humildemente;
Humildemente, con una única palabra te dice Sin;
Te dice sin en una irracional voluntad;
En una irracional voluntad de te aceitar
Y finalmente te decir:
“Yo soy tuyo; la casa es tuya.
Puedes entrar, querida!