Plaza del colegio. Plaza de barrio.
Memorias amarillentas bajo los árboles,
ocasos imberbes, los primeros
labios criados por el amor. Lejanas lluvias,
cielos de la tristeza, las nubes suspiraron
nuestras veredas;
que beban en ojos grises los pájaros.
Se fugarán tales tesoros hacia el pasado.
Iglesia, campanas de la soledad,
corazones rotos y vueltos a hacer;
bocas blancas rieron,
esparcidas en calientes copos de plata.
Encuentro unos antiguos huesos de charlas,
desentierro los gritos y las risas, excavo
las profundas lágrimas, olvidadas
en cristales de plomo. Iglesia,
sangra Dios en tus venas de piedra,
la cruz abre tus brazos y reza, bancos verdes
como primaveras. Estatua,
bronce de fría seriedad,
rica de inviernos, mirándonos.
Nuestra luz que comparte los exilios del sol,
la noche desciende igual que su silencio.
En los bancos, en las primaveras de madera,
los años ya se han sentado para siempre.
Ahora unas nubes de ocre
cultivan las púrpuras brisas de la aurora.
Amanece. Vienen los chicos a la plaza.
Y bajo los árboles ya brotan
otros tiempos, otros futuros, otras memorias.