Le agradezco las empresas imposibles de Larsen, las máscaras del gris doctor llamado Díaz Grey, a la Queca y a Inés Petrus y a María Bonita. A Eladio Linacero, capaz de olerse los sobacos y pensar en el amor perdido. Ese dios oscuro y melancólico llamado Brausen que sueña a Santa María, el universo total, lugar de los mitos que surgen del fango. Le agradezco sus personajes: mentirosos, cínicos, solitarios, amargados o todavía con esperanza, sus bares llenos de humo e inercia, su nostálgico asombro. Le agradezo su lenguaje, pleno de asociaciones nuevas y adjetivos afortunados y luminosos. Le agradezco su hosquedad, su desprecio por el éxito y su vocación por la penumbra.
Se pasó ciertos días escribiendo para que nos alumbrara su azogue hecho de espinas. Y también se echó un día en su cama a beber whisky y a leer novelas policiacas. Sus palabras nos cuentan, nos seguirán contando más allá de nosotros mismos. Porque Onetti es el fabulador de los más olvidados, de los más comunes. Brillante narrador de los días pardos. Maestro del lenguaje. Maestro de la vida que se esconde en las esquinas. Creyente de las habitaciones sórdidas. Y, como decía hoy Vania Vargas, y yo le agrego la mayúscula, Inmortal.
