EL TALANTE, humor o disposición de ánimo que tiene una persona -así lo define el diccionario- es indudable que cada uno tenemos el nuestro y no es bueno forzar la máquina para aparentar lo que no somos o mostrarnos diferentes. Quiero decir que si uno tiene mal talante pues… ¡qué le vamos a hacer! pero prefiero a las personas que lo tiene bueno, esas que aunque tengan que decir algo difícil de asumir lo saben hacer con una sonrisa, con ese gesto que es la grasita que permite que las piezas de nuestra convivencia no chirríen.
Pero, de un tiempo a esta parte, parece que a algunos políticos (aquí que cada lector ponga los nombres que considere merecedores de la alusión) les atrae más el gesto adusto que el amable. Critican al contrario que sonríe, que no pierde los estribos, que se mantiene en la cabalgadura por mucho que le cueste; ellos, los de mal talante, parecen querer emular el triste aspecto de un Felipe II. Quizá añoran tiempos imperiales o ignoran que no es positivo crispar al personal cada vez que hablan; los ciudadanos de a pie no tenemos gana de que cada mañana nos amarguen el día con sus broncas, sus gestos de amargura, sus alusiones despectivas a quienes se ponen tras una pancarta exigiendo, por ejemplo, que no se haga una guerra.
No nos gusta escuchar a diario la letanía de “todo lo malo del contrario” en lugar de explicar cuales serán sus soluciones para los problemas que tenemos en nuestro cotidiano vivir.
Pero ¡claro! lo mismo que los hay con buen talante, con sonrisa, los tenemos con voz de mando de “prietas las filas”. Asumimos que ahí están, con su derecho a ser como quieran o pueda, camino de la úlcera de estómago, pero ¡por favor! que no nos contagien.
LA FAMILIA, pues la familia bien, gracias; tan normalitos como siempre desde hace un montón de años. Una normalidad que en ocasiones puede parecer aburrida pero es que -uno lo sabe quizá por los años que tiene- no se puede vivir en permanente felicidad, por eso a veces surgen los enfados: para tener un punto de referencia. ¡Digo yo! o es la forma que tengo de conformarme, no sé.
Quiero decir (porque me parece que me estoy liando) que en los últimos días no he percibido nada que pueda atentar, socavar, hundir, destruir o aniquilar esa institución a la que pertenezco y en la que voluntariamente ingresé. Claro que mi familia no es de esas que proponen o exigen los “bienpensantes”, tipo película de Alberto Cosas con ocho o diez retoños, abuelo, tío y padrino, sino lo más sencillo que se puede encontrar: dos personas, sin hijos.
¡Vamos! que a mí el que fulanito se case con otro fulanito o menganita lo haga con otra menganita, es algo que no me afecta. El que dos personas del mismo sexo se casen no altera en lo más mínimo la relación que mantengo con mi mujer. Lo que sí ocurre es que me siento feliz cuando veo que se pueden unir libremente quienes hasta hace unos años eran perseguidos y encarcelados “por vagos y maleantes” (vergüenza da escribirlo). Me alegra que las libertades y las leyes nos amparen a todos por igual ¡como debe ser! y que las personas, sean del sexo que sean, vivan su felicidad.
Por ello pienso que quienes hace semanas salieron por las calles de Madrid en procesión, quiero decir en manifestación, en defensa de la familia (decían ellos) se podían haber ahorrado el trabajo, los viajes, los sudores y las coplillas llenas de ripios escolásticos.
Por favor: no nos defiendan con imposiciones, déjennos en libertad.
LOS DIVORCIOS VERANIEGOS, he leído en algún sito, en una de esas notas sueltas en la prensa que no alcanzan los honores de la primera plana, que tras las vacaciones veraniegas aumentan considerablemente (no recuerdo el porcentaje) las peticiones de separación o divorcio. Parece como si estas fechas, de calor y cuerpos casi desnudos, malamente nos incitan al placer sino que nos ponen ante el espejo de nuestro otro yo (nuestra pareja) para comprobar en toda su amplitud lo que nos aleja y separa o, lo que es peor, la indiferencia que hay entre ambos, en unas ocasiones, y en otras de uno hacia otro.
Debe ser que cuando lo temas de recurrentes de conversación quedan alejados: el trabajo, los hijos, los nietos… y nos encontramos, por ejemplo, en el apartamento de la playa con todo el día por delante, una hamaca y una sombrilla en la arena, enmudecemos, no sabemos qué hacer. Nos encontramos frente a la “otra persona”, con la que convivimos, sin saber expresarnos, percibiendo que los años han creado un foso entre ambos y que no estamos dispuestos a saltar.
Quizá para vivir en pareja haga falta imaginación, una gran dosis de comprensión, libertad interior para que no nos sintamos atados y poco más, pero esto… ¡parece tan difícil de conseguir! A veces, con demasiada frecuencia, recurrimos el televisor, esa maquinita que concentra las miradas y evita que observemos de frente “al otro” porque en el fondo de los ojos, en las miradas, hay mucha verdad, esas verdades que queremos ocultar.
Lo curioso es que cuando la separación se produce y se trata de rehacer la vida con otra persona, es frecuente (también lo he leído por ahí) procurar que sea similar a la que dejamos.
¡Somos complicados! ¿eh?
Salvador Enríquez
e-mail: senriquez@portalatino.net