Cuando un día quizá se deje escrito
el buscado algoritmo que prediga
el vuelo de la abeja, su exacta trayectoria,
o sepamos quizá qué esconde a la mirada
la alacre floración del aire, qué secreto
amanecer de luz nos hiere el ojo,
cuando queden los signos desvelados
porque orillen los labios la penumbra
y el silencio se exprese en números o aristas,
qué peldaño confuso de lebreles
asolará el murmullo sucesivo
que preceda al recuento de los pétalos,
qué calculado esqueje de vientos o de sombras
saldrá ladrando en el camino
al fulgor de la zarza consumida,
a la desnuda cítara del bardo
por los abiertos pastizales, a la extrema,
sonora levedad grácil del ala…
de dónde vendrá el hombre que comparta
la sangre de su herida, quién entonces
habitará el olvido tenue, ese
enajenado lapso eterno
en el que a veces -sólo a veces- nos es dado
vadear el umbral de que no somos
para volver después a ser mortales.