MUJERES DE EXTREMA POBREZA

De los 550 millones de trabajadores que existen, el 60% son pobres; y, según denuncia Manos Unidas, el 70% de los 1.200 millones de personas que viven en el mundo en situación de extrema pobreza son mujeres. Es «difícil o imposible, encontrar un país en el que no se dé la discriminación legal o ilegal de la mujer.

La ONG, que presta una atención especial a las mujeres, indicando las llamadas ‘Estadísticas de la desigualdad’, elaboradas con datos del Banco Mundial, ha apuntado que «en 2006 la brecha de salario entre hombres y mujeres en algunos países llegó a estar entre el 30 y el 40% y que las mujeres representan más de la mitad de la mano de obra agrícola del mundo». Insiste en que «la lucha contra la desigualdad debe comenzar a edad temprana, en la familia y en la escuela y que privar a las niñas de la educación pone en peligro las posibilidades de desarrollo, porque el analfabetismo de las mujeres y la falta de educación perjudican directamente a los hijos y con ellos a la familia, a las comunidades y a la sociedad en general».

Es vital dar de comer al hambriento; pero, más lo es la atención educativa a la mujer. De la preparación y enseñanza de la mujer, depende el desarrollo y estabilidad de la sociedad. La mujer hace la familia, célula esencial del entramado social, la mujer constituye el hogar, la mujer trae los hijos y los conduce, los guía y los educa. El niño recibe su conformación física y psíquica con las primeras papillas, que le administra la madre, para robustecer su cuerpo y su alma, su naturaleza y su moralidad. La educación de los hijos es un quehacer ineludible de los padres, que son los primeros y máximos responsables de su desarrollo, cuido y acción indispensable que fundamenta todo el futuro del niño.

La educación de los hijos es una función insoslayable de la madre y del padre. Su dejación y descuido tiene efectos graves e irrecuperables para el desarrollo de la personalidad del niño. La labor educativa en el seno familiar comienza desde el principio y no puede sustituirla nadie. La escuela viene después a seguir la construcción imprescindiblemente sobre los cimientos que puso aquella. En la casa, aprende el niño los rudimentos esenciales y decisivos de su actuación; con la orientación y corrección de la madre y con la disciplina y autoridad del padre, y sobre todo con el ejemplo, va sabiendo el valor de la honradez, del trabajo, de la renuncia a los gustos con responsabilidad en el cumplimiento del deber; este ejercicio es fundamental para el desarrollo de la persona.

Estaríamos ante una verdad insuficiente, si, en el género humano, quienes tienen potestad y derecho de engendrar, no detentaran también el derecho y el deber de educar a los hijos por mandato de la naturaleza; y esta obra de la naturaleza, absolutamente especialísima, no puede soslayarse ni descuidarse, y, mucho menos, exponerla al desastre seguro, dejándola sin terminar o no proveyendo a la mujer de los elementos necesarios para llevarla a cabo.

Camilo Valverde Mudarra