Teníamos una cucharada de café, unas astillas de pino –que arden de lo más bien-—, el colador y los jarros; pero nos faltaba el azúcar.
Ese día mi hermano y yo no habíamos salido a trabajar, y comenzamos a revisar las jabas de los amigos, para juntar los granos que supuestamente habían quedado en el fondo de los bolsos.
Parecía un plan magnífico, pero solo encontramos cinco o seis cristalitos de azúcar parda.
Sin embargo, en la jaba de Eddy Bejerano había todo un tesoro: un trocito de queso, de tal vez media onza, y la mitad de una galleta con moho.
Dijimos: seguro que se le olvidó, y barrimos con todo.
Cuando entraron los trabajadores, Eddy fue directo a sus paquetes, y comenzó a desatar nudos –los habíamos dejado tal como estaban; es decir, un bolso dentro de otro, y éste dentro de un tercero, etc. -—. No nos habíamos dado cuenta de que hacía eso todos los días.
Y quedó consternado al descubrir el desfalco.
Le explicamos:
-— Fuimos nosotros.
Y tratamos de justificarnos:
-— Pensamos que se te había olvidado.
Y nos quedamos locos cuando empezó a llorar, mientras balbuceaba:
-— ¿Y si hay una huelga, mijo? ¿Y si hay una huelga?