Podrás verme en la mirada que poseo esta noche.
¿Podrás no intentar mi muerte
para seguir siendo mío?
Serán mis labios
los que impidan tu suicidio entre mi ausencia.
El amor vence a la hazaña y a cualquier deseo virgen
que no aclare sus mañanas
siendo frescas, coloridas
siendo sabias.
El amor vence penumbras
que padecen añoranzas del vacío.
Sigo ingenua. Ya me asusto
de malicias, de congojas, de nostalgias.
Ya me asusto de mi muerte y tu piedad.
Ya me asusto en tu veneno. Pero vuelvo.
Aquí estoy, aunque no entiendo.
Aquí estoy. Aquí, mi llanto
que te dice ya que sí, que hubiese
aprendido a perdonarte.
Soy decoro, soy tinieblas.
¿Podrá ser tu consecuencia
tu perdón y tu dulzura?
Soy tu muerte, la que me salva la vida.
La elegida: esa soy yo.
Deja, entonces, de importarme
lo que el mundo piense
o que el mundo me piense.
Y me voy tras de tus huellas
porque antes de haber nacido
ya sabía perdonarte.