LAS ESPIGAS DE CORESES
Aquel campo de austera belleza, tiznado únicamente por el color jalde de las espigas de trigo rubión, donde en los inviernos sobrepuja el frío vesperal y en los caliginosos estíos, el sol templado del alba, ilumina de claror, las parvas sendas que se abren entre la inmensidad dorada. Los ecos de la alborozada alegría de aquellos joviales muchachos, buscaban refugio en las angostas trochas, que conducían a un inextricable laberinto lampiño. Las risas y carcajadas de los mozalbetes, atravesaban estas rectilíneas sendas del azafranado cultivo con verticidad, acallando súbitamente a cada paso, el audible silencio.Así, al desvanecerse los estrechos serones, un amplio y severo mar de espigas, altas y arqueadas, apareció ante sus incrédulas retinas. Al contemplarlo impertérritos, sentían sobre sus rostros las cariciosas ráfagas de viento, que ondulaban aquel piélago vegetal de cañas cerradas, gruesas y de espiga ancha.Un repentino e inesperado estruendo, quebró la calma del momento, en unos instantes un enérgico aguacero descargó una copiosa nubada, que precipitaba unas grandes gotas, que más parecían diamantes de cristal, que lágrimas del cielo.El horizonte arrebolado se tornó negruzco y ceniciento, como si de pronto hubiese aparecido la fuliginosa anochecida.
Tras el paso de la nubarrada, un hermoso arco iris combaba su estela multicolor, sobre un paisaje de tierras apaisadas, enamoradas de la soledad.Tablares de horizontes infinitos, que se perdían y alejaban, entre tupidas robledas y pinares resinosos.
Un campesino que con su carro transitaba un enfangado y legamoso camino lindante al trigal, escuchó unas voces. Inmediatamente, detuvo su yunta, mientras en el murallón que escoltaba al sendero, continuaban reverberando los frágiles ecos de aquellas ululantes invocaciones (…)