Las noches son groseras como su pobre infancia huérfana de ternura
librando su batalla contra las ominosas pesadillas
donde el odio las vence
y ellas deben batirse en retirada
para buscar de nuevo refugio en las esquinas
y cubrirse de harapos la elocuente cintura
evitando que aprecie el apetito
su condición de hembras,
su cualidad de vulvas disponibles para el sexo injuriante
que deambula las calles con su paso de sombra solapada y desnuda.
Tienden lienzos viscosos para impedir que el hambre atraviese su angustia,
compendian estrategias que les permitan continuar intactas
en esa geografía
donde la sangre gime a borbotones
y los puños se imponen a pura prepotencia
y el pegamento enciende un mundo sin penurias
más allá de sus secos horizontes,
más allá de las pieles
que capturan sus cuerpos en la callada edad del desamparo,
más allá de los huecos que dejan en el alma las penas insepultas.
Pero no es suficiente un cazador de sueños para frenar la furia
ni el insomnio obstinado patrocinando un velo de inocencia,
algún rumor de alas…
cuando todos los ángeles custodios
mueren en la inclemencia de oscuros escondrijos,
transidos de tristezas que no admiten disculpas,
y la escoria anda libre por las calles
ofreciendo monedas
a cambio de sus bocas insolentes urgiendo los orgasmos,
a cambio de sus muslos, sus pubis inviolados, sus nacientes lujurias.
Libro “Desde otras voces”