Mi mirada se detuvo en el fusil número mil y perdí la vista. Mis tímpanos vibraron con el bramido de la orden despótica y perdí el oído. Mis fosas nasales se anegaron de olor a azufre y perdí el olfato. Mi paladar cató el sabor del huevo de la serpiente y perdí el gusto. Mis dedos rozaron el cadáver de una rosa y perdí el tacto. ¿Qué fuerza oculta convirtió mi cuerpo en la cárcel de mi intelecto? ¡Ay!, su fuerza no podrá apagar la venganza de mi palabra, mi luminosa y revolucionaria palabra.