La sobreviviente.

Ha extraviado el enclave de los altos caminos que conducen al alba
y ha olvidado los nombres con que el mundo atestigua los senderos
que engendran armisticios
después que los misiles rigurosos
horadaron, cobardes, el vientre del planeta,
acatando las órdenes que reclamaban llagas,
que demandaban cálices de sangre
para saciar la furia,
en tiempos en que el puño quebrantaba los dientes del despojo
y la guerra era un párpado nutriendo las vigilias con ubres de venganza.

Pero sospecha, a veces, que sus sueños se han puesto a remendarle el alma,
sospecha que aún es hora de dar vuelta la trama desvalida
de todos los naufragios,
de encontrar el pasaje clandestino
hacia esa desmesura total de las luciérnagas
donde asume el delirio la edad de las fogatas.
Entiende que aún es tiempo de negarse
a aceptar connivencias
y aunque la sombra rueda adversamente los dados del presagio
su misión es fundarse envuelta en un rebozo de implacable esperanza.

Prepara talismanes que iluminan su cielo con aristas de lava,
arroja sus sollozos a los hondos calderos de la noche,
enciende los conjuros
para que nada puedan los demonios
contra sus amuletos de muertes amarillas
y sus voces secretas entonando plegarias.
Y explora la textura de los días
buscando cicatrices,
la huella de los pórticos discretos que ocultan el destino
a pesar de la lluvia pariendo sus ausencias de pena amordazada.

Libro “Desde otras voces”