LA RELIGIÓN DEL AMOR MÁS GRANDE

“Nadie tiene un amor más grande que el que ofrece su vida
por el amigo”(Jn 15,13).
“Esto os mando: Amaos unos a otros” (Jn 15,17).

Nuestra Religión Cristiana es la más sencilla y concreta, sólo exige el Amor -que ya es decir-. El precepto fundamental, el único punto, la única regla que hay que retener y practicar es el AMOR. “Ama y haz lo que quieras”, decía S. Agustín. Jesucristo vino por amor, enseñó el amor y murió, en la cruz, por amor. Todo lo que pide a sus discípulos es que practiquen el amor y la misericordia; el deber se reduce sólo a un mandamiento:

Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros. Como yo os amé, así también vosotros amaos mutuamente. En esto reconocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros” (Jn 13,34-35).

Uno sólo, único, en él se encierra toda la ley. Comprende todos los preceptos, toda la esencia de cualquier “Constitución” del mundo y todos los tratados éticos. Preocupado por asentar en su alma el concepto de amor, para que capten, en profundidad, su esencia, el Maestro insiste en la idea centrándose precisamente en el amor fraterno: «Éste es mi mandamiento: amaos unos a otros, como yo os he amado… Esto os mando: amaos unos a otros» (Jn 15,12.17). Jesús habló con sus discípulos de diversos temas, pero el mandamiento específicamente «suyo» es uno solo: el amor mutuo entre los hombres hermanos.

El Evangelio es el libro del amor. El elemento nuclear de la vida, la obra y la palabra de Jesucristo es el amor. La religión que predicó con tanta contundencia y frescura vital es el amor: “El amor más grande es dar la vida por los demás”. Toda la Biblia rezuma, en sus páginas, el amor; es la carta del amor de Dios, el mensaje que expresa el amor de Dios por el hombre, la narración amorosa de la intervención salvadora de Dios; contiene la teología del amor: «Hago misericordia a los que me aman y observan mis mandamientos» (Ex 20,6; Dt 5,10; 7,9); «Dios es nuestro refugio y fortaleza, el socorro en la angustia» «Tu amor, oh Dios, meditamos» (Sal 46,2; 48,10). «Tú los has amado, como me amaste mí; el amor con que Tú me amaste esté en ellos, y yo en ellos» (Jn. 17,23.26); «el amor de Dios ha sido derramarlo en nuestros corazones; Dios mostró su amor para con nosotros» (Rm 5,5.8). «Dios, siendo rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, nos resucitó y nos sentó en los cielos» (Ef, 2,4).

Cristo se encarnó por amor: «Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a sus propio Hijo» (Jn 3,16), vivió por amor y murió en la cruz por amor. Habló y predicó el amor, el amor más grande que consiste en dar la vida por el otro, con un amor insospechado, hasta el “summum”. El Evangelio contiene la profunda doctrina de la palabra de Jesús; pero, en definitiva, su principio básico es el amor, el amor más grande, el darse en inmolación libremente, hasta dar la propia sangre por amor a Dios y a los hombres, «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin» (Jn 13,1).

A imitación de Dios, que manifestó su amor inmenso a la humanidad, enviando a la tierra a su Hijo unigénito, los miembros de la Iglesia tienen que amarse los unos a los otros: «Nosotros amamos porque él nos amó primero» (1Jn 4,19). En realidad, los cristianos tienen que inspirarse en su comportamiento en el amor del Jesucristo, que llegó a ofrecer su vida por su Iglesia (Ef 5,2). El último día serán juzgados sobre la base del amor concreto a los hermanos: el que haya ayudado a los necesitados tomará posesión del reino; pero el que se haya cerrado en su egoísmo será enviado al fuego eterno (Mt 25,31-46).

El amor más grande

La doctrina de Jesucristo se centra toda en el amor: “Amaos, como yo os he amado”. Exige el amor más grande, “como yo” significa captar y asimilar el amor de Jesucristo, amar en el grado sumo, el de entregar la propia vida en sacrificio oferente. Exhorta a los discípulos a una vida de amor grande y concreto, en una meta muy alta; han de amar, pero de un modo semejante al suyo. Todas sus palabras en el discurso de la última cena van dirigidas a inculcarles, con su vibrante exhortación, el amor.

Desde el principio, en el fondo de sus sermones, Jesús insta a sus discípulos a poner en práctica esta enseñanza en su comunidad, durante su ausencia; por eso les dice:

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así también os améis unos a otros. En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros» (Jn 13,34).

Este precepto del amor es el llamado «Mandamiento Nuevo», ya que nunca se había exigido nada semejante antes de la venida de Cristo. Realmente, Jesús exige a sus discípulos el amor más grande, que se amen hasta el signo supremo de hacer donación de su propia vida, como lo hizo él (Jn 13,1 ss); sin duda alguna, nadie tiene un amor más grande que el que ofrece su vida por el amigo (Jn 15,13).

San Juan, en su primera carta, se hace eco de esta enseñanza de Cristo: «Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos los unos a los otros» (1Jn 3,11; cf 2 Jn 5s), hasta dar el don de la vida, siguiendo el ejemplo del Hijo de Dios (1 Jn 3,16). Los cristianos deben amarse los unos a los otros, concretamente, según el mandamiento del Padre (1 Jn 3,23).

Es el ejemplo que perfectamente aprendieron los apóstoles del Maestro. Evocado por la ambición de los hermanos de ocupar los primeros puestos en el Reino, provocó que, con la parábola en acción del lavatorio de los pies, los aleccionase en la caridad; dentro del último y más íntimo discurso de Jesús a sus discípulos el hecho ejemplar del lavatorio de los pies forma un dístico con la unción de Betania; historia que, según los evangelistas, sería contada “en memoria de la mujer”, así como en Lc 22,19, la Eucaristía se “repetirá “en memoria de Él”; les exhorta que, a imitación suya, realicen este acto humilde de servicio mutuo; como expresión de amor perfecto, de disposición a servir y perdonar al próximo, el lavatorio se integra en la celebración eucarística; aunque, sacramentalmente, viene a ser símbolo del bautismo por el que se lava, se purifica el pecado y se renace a la nueva vida en el Espíritu (Jn 3,3-8). Todos los Apóstoles asimilaron bien su enseñanza, como vemos en sus cartas. Así San Pedro insta con pasión: «Amaos unos a otros entrañablemente, amad a los hermanos. Temed a Dios (1 Pe 1,22; 2,17).

Un nuevo mandamiento

Es “nuevo” en la formulación de Jesucristo, que lo carga de unas nuevas y contundentes connotaciones, que no tenía en el A.T.: «Sabéis que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo'» (Mt 5,43); no es el amor al simple y exclusivo prójimo judío, como era en Israel (Lev 19,18), sino un amor universal fundado en Dios: amor a los hombres “como Yo amé”, al ser tan arraigado el egoísmo del hombre, la caridad al prójimo indica que procede del cielo, es un don de Cristo; por la reducción de obligaciones reglamentadas en el judaísmo que se quedan en uno sólo, nuevo y único: amor a Dios y al prójimo; y porque ahora el amor tiene un referente asequible y práctico que es el propio Jesucristo: «amaos como yo os he amado»; y tal amor ha de ser el distintivo característico de sus discípulos: «Os reconocerán en que os amáis». El Maestro de Nazaret sólo exige cumplir el mandamiento del amor, aferrándose a la fe: «a todos los que creen en su nombre, les da el ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Sólo son importantes dos cosas: la fe y el amor. La fe se activa por el amor (Gal 5,11).
La novedad estriba en su triple causa:

a) Los discípulos fueron amados primero (1 Jn 4,19);
b) Dios manifestó su amor al mundo (Jn 3,16),
c) Cristo es la causa eficiente, amó a los suyos hasta la muerte (Jn 13,1); el amor es signo del alma de Cristo. Sólo quien es amado y se siente amado, es capaz de amar. Es un amor de comunicación y de sacrificio. El amor mutuo debe ser manifestativo del amor que Dios tiene al hombre.

Según el texto de San Juan, las Palabras del Maestro en su discurso de despedida, no son un consejo que les da, sino un “mandamiento” y “nuevo”: el amor al prójimo.

El Mandamiento nuevo es la mayor herencia y la última recomendación de Jesús a los discípulos a punto ya de pasar consciente y voluntariamente de este mundo al Padre. El amor a los demás, un amor corporativo, total y vivo que impele hasta dar la vida por los hombres hermanos será el distintivo, el emblema de los cristianos. Pero, desgraciadamente, a muchos se nos ha caído en el vaivén de estos últimos diecisiete siglos o nos lo ha arrebatado el bienestar institucional y el hombre del siglo veintiuno nos mira de reojo y con desdén porque no se nos ve, no nos distingue nuestro mejor signo y señal:

“El que conoce mis mandatos y los guarda, ese me ama y al que me ama lo amará mi Padre y yo lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21).

La norma, pues, es el amor. La única Ley es amar a los demás, amar al prójimo intensamente en toda ocasión, sin límites, porque Dios nos ama. Eso es lo que Jesús hace, escucha al Padre, aprende y actúa de la misma forma. El mandamiento del amor es el carnet de identidad de los verdaderos discípulos, el contrato de amor de la nueva alianza firmado en el nuevo Sinaí; su medida está marcada por el amor de Jesucristo, no por aquel con que amamos nosotros, que hemos de llevarlo sobre nuestros cuerpos, escrito en nuestros corazones, en nuestras vidas, hogares y ciudades (Dt 6,4-9). Que los hombres, siglo a siglo, hayamos complicado la orientación con fórmulas, alharacas y liturgias, cargado de afecciones y organizaciones humanas y plegado a directrices civiles, no impide que volvamos nuestro espíritu y lo sumerjamos única y exclusivamente en el Evangelio, en la doctrina y enseñanza escuetas de la palabra concreta de Jesucristo. Ser discípulo de Cristo es estar revestido del amor, expandir amor en toda acción, situación y palabra. “Mirad cómo se aman entre sí y cómo están dispuestos a morir unos por otros”, decían los paganos de los primeros cristianos jerosolimitanos, refiere Tertuliano, que “tenían un solo corazón y una sola alma” (He 4,32). Y Minucio Félix reflejando el estupor de los gentiles, añade: “Se aman aun antes de conocerse”. El cristiano ha de ser el mismo amor; ha de ser imagen auténtica de Jesucristo, que perdona siempre, que cura siempre, que acoge y ama siempre: Quiero, sé limpio, ve y no peques más.

Hay páginas en la Biblia, que expresan un simple aspecto filantrópico, como la sentencia sapiencial de Si13,15ss, en que el amor al prójimo se considera como un fenómeno natural; sin embargo, el amor al prójimo tiene prevalentemente motivación religiosa; se inserta en la vivencia salvífica del éxodo y se basa en el amor del Hijo de Dios hacia el hombre. El germen del amor al prójimo es ciertamente de carácter sobrenatural, pues viene dado como precepto del Señor (Lev 19,18; Mt 5,43; 22,39), e incluso, en otros pasajes, el amor al hermano se funda en el amor a Dios, por lo que este segundo mandamiento es considerado semejante al primero (Mt 22,39). Por ese motivo, San Juan llega a afirmar que el amor a Dios y al hermano corren parejos, tienen la misma raíz. El amor auténtico al prójimo está ligado al amor a Dios.

La relación religiosa con Dios está íntimamente vinculada al comportamiento con el prójimo desde los textos más antiguos de la Sagrada Escritura. El decálogo une los deberes para con el Señor y para con los hermanos (Éx 20,1-17; Dt 5,6-21). Además, muchas veces el amor al prójimo en la Biblia se fundamenta en la conducta de Dios: hay que portarse con amor, porque el Señor ha amado a esas personas (Dt 10,18s; Mt 5,44s.48; Lc 6,35s; 1Jn 4,10s). Por consiguiente, no es cuestión de mera solidaridad humana o de filantropía, pues la causalidad del amor al prójimo es de carácter histórico, salvífico o sobrenatural.

Quién es el prójimo

Al referirse al amor al «prójimo», es preciso dilicidar el significado de este término. No es esta una cuestión ociosa, pues ya, en el Evangelio, nada menos que un doctor de la ley, le plantea a Jesús sus dudas acerca del valor semántico:

“Amarás al Señor tu Dios… y a tu prójimo como a ti mismo. Pero él dijo a Jesús: ¿Quién es mi prójimo” (Lc 10,25-29).

El prójimo, en el A.T., es el israelita, nunca el pagano y el forastero. A este tenor, en la Tôrah se lee el famoso precepto divino de amar al prójimo como a sí mismo, en paralelismo con la prohibición de vengarse contra los hijos del pueblo israelita (Lev 19,18). El prójimo, es realmente, sólo el hebreo: “Vio a dos hebreos riñendo y dijo al agresor: Por qué golpeas a tu prójimo” (Ex 2,13; Lev 19,15.17).

En el Eangelio, cuando se habla del amor al prójimo, se cita con frecuencia el precepto de la ley mosaica (Mt 19,19; 22,39; Mc 12,31.33) y se presupone, por lo menos en el sentido del Jesús Histórico, que el prójimo es el israelita. Sin embargo, en la parábola del buen samaritano resulta claramente superada esta reducción, puesto que, en ella, Jesús deja perfectamente asentado que el prójimo pertenece a un pueblo enemigo, no al que está “próximo”; un samaritano se acercó y se llenó de compasión, pero los israelitas pasaron de largo:

“¿Quién de los tres te parece que fue el prójimo del que cayó? Y él contestó: El que se apiadó de él. Anda y haz tú lo mismo” (Lc 10,29-36).

Prójimo, pues, significa el hombre universal; el hombre de cualquier origen, tirado en el suelo, sangrante y anhelante de una mano que le preste ayuda.

Para Jesucristo, por tanto, es todo aquel que encontramos en nuestro camino de la vida caído y necesitado de nuestra ayuda, de un poco de calor y de afecto. Es pasar por la senda esparciendo amor y no agresividad, es propagar la paz vital, necesaria frente a tantos agoísmos y pasiones. Prójimo es todo aquel que necesita nuestra concordia, pero de ninguna manera la violencia continua, feroz e institucionalizada; es el que presisa nuestra solidaridad efectiva, la fraternidad afectiva y no la inquina exacervada y el odio insidioso; el que derrama amor y compañerismo, en lugar de instilar el rencor y llevar la injusticia.

Jesús revolucionó el mandamiento de la ley de Moisés que preceptuaba el amor al prójimo y permitía el odio al enemigo (Mt 5,43). Las cartas de los Apóstoles, frecuentemente, recurren a la Sagrada Escritura para inculcar el amor al prójimo (Sant 2,8); ven, en este precepto del amor fraterno, el cumplimiento pleno de la ley (Gál 5,14; Rom 13.8ss).

La doctrina de la caridad, por la universalidad de lo humano y la importancia del precepto, extiende su trascendencia a todo el ámbito del concepto del amor, abarca por entero todo su campo significativo.

El amor al prójimo

El amor a Dios se realiza en el amor al prójimo. No se trata de dos amores, sino de dos aspectos del mismo amor. Con el mismo amor se ama a Dios en el prójimo y al prójimo en Dios. Pero cuando el amor es operativo y se traduce en obras, el objeto del amor no es Dios, es el prójimo. Y este amor al prójimo tiene que ser activo y concreto, pues, si no es así, no es amor, es pura fantasía.

El doble mandamiento, que resume la ley y los profetas, amar a Dios y al prójimo (Mt 22,34-40). La clave está en amar a Dios y al prójimo, sin separar ambos amores que se implican y reclaman en sí. Todo lo demás se deduce de esto. Jesucristo sitúa el precepto del amor al prójimo al mismo nivel del de Dios; el segundo es «semejante» al primero. La semejanza está en la caridad, que va al prójimo por amor de Dios. Aquí se urge la gran obligación: «semejante al primero» es la práctica del amor al prójimo. En estos dos mandamientos, se encierra toda la Ley y los Profetas; la síntesis de los dos destaca la gran importancia de ambos. Es la lección trascendental de Jesucristo a la humanidad: la caridad se vuelca en la fraternidad de todos los hombres.

San Pablo lo reduce a uno solo, al segundo: «La ley se resume en un solo precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gál 5,14; Rom 13,9). San Pablo pone la ley y el amor frente a frente. Las exigencias de la ley quedan plenamente satisfechas por Jesucristo que muere por amor. Por ello, quién ama, lo ha cumplido todo.

No es que el hombre sea y esté antes que Dios, sino que no hay modo de amar a Dios, si no se ama al hombre. Amar al ser humano es ya amar a Dios, algo que San Pablo comprendió muy bien, camino de Damasco: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (He 9,5). El mandamiento nuevo (Jn 13,34) San Pablo lo formula así: Vivid en el amor, siguiendo el ejemplo de Jesucristo que nos amó y se entregó por nosotros a Dios» (Ef 5,2) qne cada uno ame a los demás, más que a sí mismo» (Rm 2,10). Hay que amar como Jesucristo, hasta la muerte.

El cristiano está destinado a buscar y a lograr la santidad, porque esa es la voluntad de Dios (1Tes 4,3; Rom 6,22) y la santidad se consigue cumpliendo el precepto supremo del amor, espacio y centro de gravitación de toda la ética paulina (Rom 13,8-10; 1Cor 13; Gál 5,14-15; Fip 2; 1 Tes 4,9). Debe, al mismo tiempo, abonar y cultivar su ser religioso e individual y su ser social y comunitario. Es preciso emprender la renovación interior (Rom 12,1-2) conseguir la paz del alma, el equilibrio personal (Rom 8,1-11; Gál 5,16-18), requisito prioritario para dar cumplimiento al precepto del amor fraterno. En cuanto al carácter social, debe relacionarse en hermandad con todos los fieles pertenecientes a la comunidad, pues todos son interdependientes, se necesitan unos a otros y todos son hermanos iguales en Cristo (Gál 6,1-2), aunque los más débiles deben ser los preferidos (1Cor 8:12,22-25).

En relación lógica, nuestra única obligación es el amor. Si Dios es amor y el cristiano ha nacido de Dios, el cristiano tiene que ser también amor; ha de adoptar una actitud de amor a Dios y de amor a los hijos de Dios. El que mantiene la fe verdadera ha nacido de Dios. No se puede decir que se ama a Dios si no se cumplen sus mandamientos:

El que ama al que engendró, ama también al que ha nacido de Dios. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, en que amamos a Dios y guardamos sus mandamientos (1 Jn 5,1-2).

Jesucristo en su Pasión señala el nivel de amor que los cristianos han de manifestar por la voluntad de Dios: sufrir y padecer haciendo el bien, devolviendo bien por mal.

La Pasión de Cristo fue un sufrir haciendo el bien, dando y repartiendo amor; es el sufrimiento del justo que propicia el bien supremo de la salvación, que le hace decir al Apóstol: «Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia» (Fil 1,21); Cristo es toda su vida, todo su ser está en el gozo del Señor; la frase expresa la posesión total de Cristo. Es el mismo sentido de los versos de San Juan de la Cruz: «Vivo sin vivir en mí». Porque la sublime entidad de Cristo da vida y cohesión: «Cristo es todo en todos» (Col 3,11), «que nos ama y nos ha lavado con su propia sangre de nuestros pecados» (Ap 1,5).

El propósito y la base del amor está en crear una comunidad fraterna (Rom 15; Fip 2), asunto en el que San Pablo insiste con frecuencia: «Amaos los unos a los otros con la caridad de hermanos (Rom 12,10), «soportaos unos a otros con amor» (Ef 4,2). Se les reconoce a los cristianos, en que «sobresalen en obras de caridad» (2Cor 8,7). Su distintivo no es la fe, sino el amor. La cuestión esencial no está en creer o no creer, sino en amar o no amar.

El cristiano tiene siempre una deuda impagada con los demás: «A nadie debáis nada, sino el amor mutuo» (Rom 13,8). Es una deuda que nunca se acaba de saldar, pues hay que estar siempre en el continuo amor llenando y rellenando más y más sin cortar la fluida corriente. El amor no puede resolverse en puro sentimentalismo y pietismo religioso, pues eso resulta inocuo y entraña dar una respuesta falsa, y, de ninguna manera, puede ser egocéntrico, centrarse en sí mismo, lo que constituye una perversidad. Ha de ser activo, abierto a los demás y, compartiéndolo todo, estar en la entrega: «Teniendo todos un mismo pensar, un mismo amor, una sola alma y unos mismos sentimientos» (Fip 2,1-2). El cristiano es un expropiado para el bien común. Por ello, ha asimilado y puesto en práctica la norma paulina: «Servíos con amor los unos a los otros» (Gál 5,13; Rom 15,25). El ágape es servicio y sacrificio. La función más hermosa del ser humano reside en amar y servir con prontitud y alegría.

El amor de Dios y el amor del prójimo se exigen y complementan mutuamente; uno y otro se prueban en el cumplimiento del nuevo y único mandamiento que Jesucristo nos ha dado y el primero a que el amor de Dios nos obliga. El amar es un don propio de los hijos de Dios, porque el amor es de Dios y Él nos hace participar en su amor. Somos hijos de Dios, partícipes de su naturaleza y semejantes a Él por la gracia: «Ved qué grande es el amor del Padre que nos ha hecho hijos de Dios» (1Jn 3,1) Porque hemos nacido de Dios, somos hijos de Dios; y sus hijos, pues, aman y obran la justicia, cumpliéndola en amar a los hermanos. Al ser hijos de Dios, tenemos su misma índole y propiedad y, por tanto, sólo podemos amar e incendiar de amor toda nuestra realidad. El que se considera hijo de Dios, engendrado por él, perteneciente a su familia, está obligado a amar a todos los que son miembros del mismo linaje.

El que cree, debe amar; el que ama, está obligado a realizar lo que le es grato al otro y todo aquello que tiene mandado. Si el amor supremo de Cristo se nos ha revelado, nosotros hemos conocido su amor y hemos sido trasfundidos de su amor. El amor distingue a las personas que conocen a Dios de aquellas que no le conocen (1 Jn 2,4-5; 3,1.11). El conocimiento de Dios implica estar en el amor; en esto, dice San Juan, se reconoce el espíritu de la verdad y el espíritu del error:

“Amémonos los unos a los otros, porque el amor es de Dios y el que ama ha conocido a Dios. ‘Dios es amor’…En esto consiste el amor: No somos nosotros los que hemos amado a Dios, sino Dios el que nos ha amado a nosotros.. Jamás ha visto nadie a Dios. Si nos amamos los unos a los otros, Dios mora en nosotros y su amor en nosotros es perfecto… Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor y el que está en el amor está en Dios y Dios en él (1 Jn 4,7-18).

El objetivo de todo testimonio cristiano es comunicar la vida de amor del Padre en el Hijo al mundo en general, pero especialmente a los discípulos, para que puedan participar en la comunión con el Padre y el Hijo y tener así un gozo completo.Son muchos los hombres atrapados por el materialismo y el hedonismo; muchos que arrastran una vida vacía, corriendo tras afanes y riquezas y quienes afligidos por las miserias humanas, por las derrotas y los proyectos vacuos, quisieran encontrar el asidero y el sostén firme para vivir más felices y libres. Cuando alguien interesado en asir la esencia, perdido en el fárrago de normas y avatares históricos desviados, le pregunta, como los fariseos, por el punto central de la doctrina, Jesús contesta por el amor.
Maestro, le dijeron, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley? Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Dt 6,5). Este es el más importante y el primero de los mandamientos. Pero hay otro semejante a este: “Amarás a tu prójimo como a tí mismo” (Lev 19,18). En estos dos mandamientos se encierra toda la Ley (Mt 22,36).

El amor es estar con el prójimo en su menento preciso. Es la delicadeza, la ternura y la agudeza con que trata y resuelve el caso de la mujer adultera. Con su respuesta, deja asentada la nueva ley del amor y la misericordia que rompe los moldes y las formas del puritanismo e hipocresía judíos. Jesús resuelve, con aire de frescura positiva, toda la mísera situación de inferioridad y desprecio que soporta la mujer: Yo no te condeno, es la palabra de inmenso amor y perdón pleno: Cristo es amor. ¿Dónde están los que te condenaban? No excusa su conducta, como tampoco la reprende ni castiga, se limita a darle el perdón y a cubrirla con la hondura enorme de su misericordia. Jesús otorga el perdón y el amor sin paliativos, de modo absoluto, sin intentar la persuasión o atender al arrepentimiento, aunque lo espera y lo supone.

Amar al prójimo es plegarse a Jesucristo, imitarlo y seguirlo; llenarse de su mansedumbre y su misericordia, que consiste en guardar su palabra, su mandamiento.

El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ame será amado de mi padre y yo lo amaré y me manifestaré a él. Si alguno me ama, guardará mi palabra (Jn 14,21.23). Como el Padre me amó, así os amé yo; permaneced en mi amor. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros (Jn 15,9.17).

De esta manera, el amor al prójimo pasa a ser el criterio verificador del amor a Dios. Por eso, los dos «mandamientos» forman una perfecta unidad (cf. Mt 22,36-40): porque el auténtico amor al prójimo manifiesta y concreta el amor a Dios. El amor de Dios se consuma en el amor al prójimo, que es el criterio de que nuestro amor es sincero y verdadero. El amor llega primero a los hermanos y, de ahí, a Dios:

Nosotros amémonos, porque Él nos amó primero…El que no ama a su hermano, que ve, no puede amar a Dios, que no ve. Este es el mandamiento que hemos recibido de El, que el que ame a Dios, ame también a su hermano (1 Jn 4, 19-21).

Aquel que ama agrada y es agradable, todo lo encuentra bien y Dios lo hace redundar todo en su bien. Modelo y ejemplo de esta realización de amor se encuentra en las Epístolas a los efesios (Ef 1,15) y a los tesalonicenses (1 Tes 4,9; 3,6).

La caridad que predica Jesucristo, la caridad teológica, el amor cristiano, consiste «en amar a Dios por sí mismo y en amarnos a nosotros y al prójimo por Dios y desde Dios». El discípulo fiel ama con el amor del Espíritu Santo (Rom 15,30) que lleva incrustado en el alma (Rom 5,5). Pero este ágape divino se hace nuestro, sólo si Jesucristo «se hace forma» en nosotros (Gál 4,19), si Jesucristo se encarna en la totalidad de nuestro ser. La definición del cristiano es ésta: Una persona que ama». Existe, porque ama. Si no ama, está muerto. Está fundamentado en el amor (Ef 3,17), encuentra la plenitud de su ser en el amor, «se guía por el amor» (Rom 14,15), todo lo hace por amor (1Cor 16,14).

La ausencia de amor es muerte; y el odio produce muerte. No es posible amar a Dios, si se odia a los hermanos; si no se sabe superar el odio y el egoísmo, no se ama, se está ciego en las tinieblas. No es compatible el amor a Dios con el «odio», con el desprecio, la negligencia, el desinterés por el prójimo. No cabe, por tanto, amar a Dios sin amar al prójimo; el amor a Dios pasa necesariamente por el amor al prójimo, que se convierte así en signo y sacramento de aquél:

El que odia a su hermano, está en las tinieblas; el que ama a su hermano, permanece en la luz (1 Jn 2,9-10)

La ley primera y fundamental que constituye la Iglesia es el amor, el mandamiento nuevo (Jn 13,34). La Iglesia es una comunidad de amor, su quehacer en el mundo es amar. «Crece y se desarrolla en el amor» (Ef 4,15-16). Sin el amor, la vida comunitaria no existe (1Cor 14,1; 16,14). La edificación del Cuerpo de Cristo sólo se puede hacer con el amor (1Cor 8,1). Sus miembros, «practicando el amor, crecen en todos los sentidos hacia aquel que es la cabeza» (Ef 4,15-16).

Vivir en amor de Dios y el amor al hermano, no es empresa difícil porque, al manifestarse Cristo en nosotros, «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha siso dado» (Rm 5,5). Su amor forma un lazo viviente dentro de nosotros, pues el Espíritu, presente en cada uno, dirigirá nuestra vida al amor; su presencia activa es un claro testimonio del amor con que Dios nos ama y prueba evidente de que nuestra esperanza no quedará confundida. Siendo débiles, en el tiempo establecido, Cristo vino y murió por nosotros comunicándonos la fortaleza que el esfuerzo cristiano necesita. El cristiano participa de la vida misma de Jesucristo, de cuyo amor nada ni nadie será capaz de separarnos. Con esta confianza en la firmeza divina, podemos caminar resueltos, porque «¿Quién nos separará del amor de Cristo? (Rm 8,35)

«…estoy persuadido que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes ni las futuras ni las potestades ni la altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús Nuestro Señor» (Rm 8,38).

San Pablo que dejó el hombre viejo en el camino de Damasco y se revistió totalmente del amor de Cristo expone, imbuido del sentido evangélico, la conducta que exige la práctica del amor fraterno: «adelantaos al amor mutuo…, bendecid a los que os persiguen». Insta al cumplimiento de la virtud e insiste especialmente en la caridad, virtud primordial en la vida del cristiano; el amor debe ser sincero, total y servicial, que nos llevará a la fraternidad, como hijos del mismo Padre, a la alegría en la esperanza del cielo y a la hospitalidad recibiendo solícitamente a todo el que necesite refugio:

Que el amor sea sincero. Aborreced el mal y cuidad todo lo bueno. En el amor entre hermanos, sed cariñosos unos con otros. Con todos, sed solidarios. Con los que estén de paso, sed solícitos para recibirlos en vuestra casa.
Bendecid a quienes os persigan: bendecid y no maldigáis. Alegraos con los que están alegres, llorad con los que lloran. Vivid en armonía unos con otros…No devolváis a nadie mal por mal; procurad hacer el bien delante de todos los hombres. Esforzaos todo lo posible, en cuanto depende de vosotros, para vivir en paz con todos. No os toméis la justicia de propia mano… Ya la Escritura lo dice: Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed dale de beber; haciendo eso amontonarás brasas sobre su cabeza. No te dejes vencer por lo malo, más bien vence el mal a fuerza de bien (Prvr 25,21-22) (Rm 12,9-21).

No conviene contraer deudas son amarras que esclavizan y atenazan la libertad. Únicamente se ha de tener el debe del amor mutuo. Sólo el amor es el saldo que interesa, las demás ataduras son nocivas. La caridad es la plenitud de la Ley. El que ama al prójimo cumple con toda la Ley, con la práctica de la caridad llevamos la Ley a su plenitud. Una vez abolida la esclavitud, hemos recibido la diáfana libertad, la libertad que nos da Cristo en su Evangelio: «Si permanecéis en mi doctrina, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8,31). Pero, libremente podemos acogernos a su verdad y hacernos esclavos por amor, pues el amor de Cristo nos constriñe (2 Cor 5,14) y el fruto del Espíritu es el amor, el gozo y la paz (Gl 5,22). Esta idea ingeniosa de San Pablo presenta la caridad como una deuda que debemos pagar al prójimo y que nunca podremos acabar de saldarla:

No tengáis deuda con nadie; solamente el amor os lo deberéis unos a otros, pues el que ama al prójimo ha cumplido con toda la Ley…y si hay otro precepto, se reduce a este pensamiento: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. El amor no hace mal a nadie; así que la plenitud de la Ley es el amor (Rm 13,8-10). Haceos esclavos unos de otros por amor (Gl 5,13).

Con ese espíritu de servicio a los demás, huyendo siempre del fingimiento y la hipocresía, radicados en la caridad y asentados en la verdad «crezcamos en el amor de la total entrega hacia la Cabeza, que es Cristo, para ser imitadores de Dios, como hijos muy amados» (Ef 4,15; 5,1), para conseguir, en nuestra caridad, la plenitud de Cristo.

El amor fraterno

El amor fraterno ha de ser practicado por el hombre, como una obligación impuesta por la misma naturaleza del amor participativo de Dios; el amarse es una consecuencia de su origen y del conocimiento de Dios: «El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios; el que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn 4,7-8).

Sin amor a los hombres, no hay amor a Dios; y ese amor fraterno, se realiza desde el amor a Dios; así, dice San Juan de la Cruz: «quien a su prójimo no ama, a Dios aborrece» (A 176). El fundamento de nuestro amor es, al mismo tiempo, el amor que Dios nos tiene: «Si Dios nos ha amado también nosotros debemos amarnos unos a otros» (1 Jn 4,11), y el amor que nosotros debemos tenerle:- «Hemos recibido de este mandato: el que ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4,2 l).

La autenticidad de ser cristiano se halla en la conexión e interrelación de la confesión de la fe y del amor mutuo; fe y amor son dos aspectos inseparables de un criterio único, que debe servir de referencia para descubrir su identidad y valorar su realización en la vida cotidiana.

En las páginas del N. T. el amor cristiano se esboza como el ideal y el signo distintivo de los discípulos de Jesús. El amor es la base que sustenta la esencia cristiana: el que ama a sus hermanos y vive entregado en su servicio es un verdadero cristiano; muestra que ha entendido el seguimiento auténtico del Maestro de Nazaret que amó a los suyos hasta el fin, que por amor a la humanidad vino al mundo, se hizo voluntariamente Siervo de los siervos, hasta el acto supremo de dar su vida como cordero sacrificial y víctima propiciatoria. El que no ama vive muerto; quien no tiene amor permanece en la muerte y no puede tenerse por cristiano, de ningún modo entra en el discipulado de Cristo.

El amor-comunión

Este es el mandamiento de Jesús: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12-17). Es su mandamiento nuevo. Y es nuevo, porque nadie, hasta Jesús, había llegado tan lejos en la formulaci6n del amor, por su motivación y por sus exigencias. Nos amamos porque Él nos ha amado y debernos amarnos como Él nos ha amado. El mandamiento nuevo es la síntesis de todo el evangelio. El amor es un don del Padre que nos trae el Hijo para que se lo devolvamos al Padre a través de sus hijos, nuestros hermanos. La vida cristiana exige pensar en los demás y en Dios hasta olvidarse de uno mismo.

San Juan nos da una metafísica del amor que avanza de la siguiente manera: Dios es amor. Por tanto, todo lo que lleva el sello del amor presencializa al mismo Dios (1 Jn 4,8). Dios ama al Hijo (In 335; 10,17). El Hijo nos ama a nosotros con ese mismo amor (Jn 13,1; 15,9). El Padre nos ama también porque nosotros amamos al Hijo (Jn 16,27). Y como una consecuencia de estos amores, surge el amor fraterno (Jn 15,12). La comunión con Cristo, mediante el amor, es el fundamento de la comunión con los hermanos, también en el amor. El que ama a Dios tiene que amar a los hijos de Dios (1 Jn 5,1).

Según esto, la novedad del mandamiento nuevo radica en la nueva vida conseguida por el amor. Por eso, San Juan insiste en el amor-comunión. El amar nos unifica a unos y a otros, como unifica al Padre y al Hijo (Jn 17,23-26). El amor cristiano se presenta como una derivación de la fe. Vivir según la fe (caminar en la verdad) es vivir en el amor fraterno (caminar en el amor).

San Juan lo ve todo en el plano de la unión con Cristo, en el ámbito de la vida nueva. Para entender el mandamiento nuevo, hay, que tener en cuenta la dicotomía de los dos mundos que él distingue: el inundo de arriba y el mundo de abajo. El mandamiento nuevo se centra y tiene sus exigencias en el mundo de arriba, en el nacimiento nuevo. Este amor-comunión no se extiende al mundo de abajo, no es un amor universal, sino un amor puramente cristiano referido a los hermanos en la fe, a los que tienen también el nacimiento nuevo mediante su unión con Cristo.

Pero, en este mundo de arriba, el amor tiene unos postulados absolutos y las mismas dimensiones que tiene el amor de Cristo. Tenemos que amarnos como él nos amó, hasta morir unos por otros. Esa es la situación límite del cristiano con referencia a los demás cristianos. «Hemos conocido el amor por el ha dado su vida por nosotros y nosotros debemos dar también la vida por nuestros hermanos» (1 Jn 3,16).

Esta disponibilidad a dar la vida por los hermanos es una fuerza que el cristiano posee por estar unido a Jesucristo y vivir en su amor. La apertura del amor queda así limitada al mundo de arriba. De una manera negativa, San Juan advierte a los cristianos que no amen al mundo de abajo, ni las cosas que hay en él. Porque «si alguno ama el mundo, el amor del Padre no está en él» (1 Jn 2, 15).

De todo ello, se deduce que el amor fraterno cristiano difiere esencialmente del amor fraterno mundano, porque el cristiano parte de un principio sobrenatural: pertenece a una familia de creyentes, en la que está integrado en plenitud, hasta dar su vida por los demás miembros.

Estas motivaciones del amor conducen al círculo de los cristianos, de los que viven en el mundo nuevo y así podemos hablar del exclusivismo que San Juan pone en el amor. Es verdad que San habla también del amor universal, pues el «mundo», con su complejidad de significado, al que también hay que amar, significa, a veces, el campo enemigo. Pero este amor desinteresado, que se impone sin motivación alguna, es tan reducido que prácticamente queda eclipsado por el amor-comunión.

En todo caso, cuando San Juan habla del amor-comunión, está hablando de la fuerza vital que sostiene e impulsa la marcha religiosa del cristianismo, de la vida interior de la Iglesia. La Iglesia se mantiene viva por el amor y en el amor. Los cristianos han de ser todo amor. El amor a los hermanos es su razón de ser, su carné de identidad: «En esto conocerán que sois discípulos míos, en que os amáis unos a otros» (Jn l3,35).

San Juan habla de una manera positiva y no restrictiva; no excluye nunca el otro amor, el amor a los que no tienen comunión con los cristianos. Por otra parte, este amor, motivado desde la fe, se abre a la universalidad, pues el mandamiento nuevo se promulga en una perspectiva escatológica. Jesucristo lo proclama, como su testamento, en un discurso que se refiere íntegramente al mundo futuro, en el que hay cabida para todos los hombres, al que todos están llamados y en el que todos deben realmente entrar. La universalidad del amor está implícita en que Cristo murió «por los pecados, del mundo entero» (1 Jn 2,2).

Hay que decir, por fin, que para San Juan la señal inequívoca de la posesión inmediata de la vida eterna está en el ejercicio del amor: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida en que amamos a los hermanos; el que no ama permanece en la muerte» (l Jn 3,14; Jn 13,35). Esta misma idea la repite bajo el símbolo de 1a luz y de las tinieblas. Unas veces en lenguaje positivo: El que ama a sus hermanos permanece en la luz» (1 Jn 2,10) y otras de manera negativa: «El que odia a su hermano está en las tinieblas» (1 Jn 2,11). El que no ama no es discípulo de Cristo, pues un cristiano que no ama es un contrasentido imposible.

Amor a los enemigos.

En los preceptos del A.T., no se ordena amar a los enemigos; es más, se hallan, en sus textos, expresiones y actitudes realmente desconcertantes para los cristianos. En este sentido, han causado gran desorientación y hasta escandalo las órdenes de exterminar a los paganos y a los enemigos de Israel. En efecto, la historia del pueblo hebreo se caracteriza por guerras de visos religiosos, en las que los adversarios fueron aniquilados en un auténtico holocausto, sin que quedara ningún superviviente ni entre los hombres ni entre los animales (el Ex 17,8ss; Núm 21,21ss; 31,1ss; Dt 2,34; 3,3-7; Jos 6,21.24; 8,24s). Y aún, la Biblia refiere cómo Dios ordenó a veces destinar al anatema, es decir, al exterminio, a todas las poblaciones paganas, sin excluir siquiera a los niños o a las mujeres encinta (Jos 11,20; 1 Sam 15,1-3). El Sal 109 contiene fuertes implicaciones contra los acusadores del salmista que han devuelto mal por bien y odio por amor.

La ley mosaica considera a los emigrantes, no israelitas, a los que se establecen en medio del pueblo hebreo; deben amar a estos forasteros desplazados, porque también los hijos de Jacob sufrieron la experiencia de la emigración en Egipto (Lev 19,33s). Y es que, Dios ama al forastero y le procura lo necesario para vivir; por eso también los israelitas, que fueron refugiados en tierras de Egipto, tienen que amar al extranjero por mandato del Señor (Dt 10,18s). En la tercera carta de San Juan se expresa gran congratulación a Gayo por la caritativa acogida a los foráneos (3 Jn 5s).

Varios personajes justos y piadosos del A.T. no dudaron en perdonar y amar a quienes los habían odiado y perseguido. Es ejemplar y conmovedora la caridad, verdaderamente evangélica, de José, el hijo pequeño de Jacob. Fue odiado por sus hermanos, hasta el extremo de que tramaron su muerte; luego, cambiando su propósito, lo vendieron como esclavo a los madianitas (Gén 37,4ss. 28ss). Después que los azares de la vida lo condujeron al vértica del poder y de la gloria, hasta ser nombrado gobernador y virrey de todo Egipto, tuvo en sus manos la posibilidad de haberse vengado fácilmente de sus hermanos; pero, muy al contrario, una vez que puso a prueba su amor a Benjamín, el otro hijo de su madre Raquel, se dio a conocer, e, intentando incluso excusar su pecado, los perdonó y les prestó con generosidad toda la ayuda que fue necesaria (Cén 45,1ss; 50,19ss).

En este mismo orden del amor a los enemigos, es también muy edificante la historia de David. El joven pastor, habiendo llevado a cabo hazañas heroicas en favor de su pueblo, fue objeto del odio de Saúl, celoso al comprobar que su prestigio iba en aumento; más aún, este rey intentó en distintas ocasiones, tratando de alcanzarlo con su lanza, quitarle la vida (1Sam 18,6-11; 19,8ss), lo persiguió y lo acorraló (1 Sam 23, 6ss; 26,1ss). En cierto momento, en que Saúl lo acosaba, se le presentó a David la oportunidad de acabar con el rey de una simple lanzada, pero el hijo de Jesé se contuvo y le respetó vida, a pesar de que sus huestes lo incitaban e invitaban a vengarse de su rival (1Sam 24,4-16; 26,6-20). Cuando Joab, desoyendo las órdenes dictadas por David, dio muerte a Absalón que se había rebelado contra su padre el rey (2Sam 18,1-15), David, al recibir la noticia, tembló de emoción, derramó sus lágrimas y gritando amargamente: «¡Quién me diera haber muerto yo en tu lugar. Absalón, hijo mío, hijo mío!» (2 Sam 19,1). Esta reacción inesperada y desconcertante enfureción enormemente a Joab, que reprocho a David mostrar su amor y afecto (2Sam 19,7) hacia quienes lo odiaban y le habían declarado la guerra.

Incluso antes de la venida de Jesús se prescriben en la Tôrah actitudes que muestran un camino de superación del odio a los enemigos, al prescribir y exigir que se les atienda y ayude (Ex 23,4s; Prov 25,21).

Es Evangelio avanza más, exige mucho más, no sólo hay que amar al prójimo, al que se tiene cerca, sino a todo el mundo y, aún, al enemigo, al que se muestra hostil, porque amar sólo a quien nos quiere, no tiene mérito, eso también lo hacen los pecadores:

Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que hace brillar el sol sobre malos y buenos y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Porque si amáis sólo a los que os aman, ¿qué premio merecéis? ¿No obran así también los pecadores? Y si saludáis solamente a vuestros amigos, ¿qué mérito tenéis? Eso también lo hacen los gentiles. Por tanto, sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre Celestial (Mt 5,43-48)
«Amad al extranjero, porque extranjeros fuisteis» (Dt 10,19).

Jesucristo, en el sermón del monte, mostrando el fundamento de la conducta que han de seguir sus seguidores: “Haced con ellos, lo que queráis que hagan con vosotros”, no sólo proclama la esencia de la caridad, en la que reside la Ley y los Profetas (Mt 7,12 y par), sino que, desechando toda posible enemistad, prohíbe formalmente el odio a los enemigos; y Jesús, avanzando una doctrina totalmente ínaudita, preceptúa expresamente amarlos, en un ambiente popular avezado a proferir maldiciones contra sus opresores v hostigadores (cf. los Himnos de Qumrán).

En ello, se recoge la nueva a ley del reino de los cielos (Mt 5,21-48). Al exigir el amor a los enentigos, Jesús se enfrenta con la praxis dominante y expresa la forma de obrar del Padre Celestial, que no excluye a nadie y llena y abraza a todos con su amor (Lc 6,27-35). El Maestro de Nazaret soporta las afrentas, no devuelve nunca los insultos recibidos, no amenaza a nadie en su pasión (1 Pe 2,21ss), y, desde la cruz, suplica al Padre por sus verdugos e implora para ellos el perdón (Lc 23,34). El primer mártir cristiano, el diácono Esteban, a imitación del Señor, ruega por los que lo lapidan y asesinan (He 7.59s).

Es una de las enseñanzas más novedosas y revolucionarias del Evangelio, por la motivación que da al alcance del amor cristiano. El amor que Jesús viene a enseñar es inmenso, insondable. Es un amor de entrega total: «El que ama su vida la perderá» (Jn 12,25). El amor al prójimo llega hasta amar a «vuestros enemigos» y amar a todos los hombres, con verdadera amplitud; perdonar las ofensas y orar por los atacantes. Amor sin límite ni fronteras, expresión del amor de Dios que es universal; la bondad infinita es esencial a Dios, que se desborda sobre todos, buenos y malos. El cristiano tiene que imitar y manifestar, con su conducta, el amor indistinto y universal de Dios, norma de toda perfección. El discípulo debe amar como ama el Padre del cielo. Este será su signo distintivo y el título de filiación de hijos de Dios. Sólo el amor y la no-violencia vencen al opresor. Amor sin medida, incondicional a todos y respetuoso con los demás:

Haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rogad por los que os maltratan. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra y al que te quite el manto, dale también la túnica. Da a quien te pida y a quien te quita lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros.
Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; entonces vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y los pecadores. Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo»
«No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados y perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: recibiréis una medida bien llena, apretada y rebosante; porque con la medida que midáis seréis medidos» (Lc 6,27-36; Mt 7,1-5)

Jesucristo propone una actitud, un modo de vida; insiste en vivir el espíritu de caridad para con el prójimo y amar al enemigo; denuncia el mal amor; exhorta al amor exigente consigo mismo y comprensivo con los demás. Expone un programa de vida: mirar y hacer a los demás el bien, como lo queremos para nosotros; ser el reflejo de la comprensión y el amor con que Dios nos contempla. Expone dos reglas de oro: tratad como a vosotros mismos y tened la compasión de Dios. El listón es alto, pero Él no anda con paliativos. Cristo preceptúa a sus discípulos un ancho espíritu de justicia, desbordada por la caridad. Exige la práctica de la justicia en la medida de la semejanza y de la proporción; si uno no condena, tampoco Dios va a condenar; si perdonamos, Él nos perdonará, pero la medida del perdón de Dios es rebosante, colmada. Cristo expone en este sermón la doctrina de la perfección cristiana:

¿Por qué te fijas en la brizna que tiene tu hermano en el ojo y no en la viga que tienes en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que te saque la pelusa que tienes en el ojo, tú que no ves la viga que llevas en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces verás con claridad y podrás sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano (Lc 6,41-42).

La doctrina de Cristo exige al cristiano practicar la caridad integral, acentuada, que requiere una disposición de ánimo activo, volcada a los demás, con un amor dispuesto siempre al perdón. El amor a los enemigos lleva anejo el perdón y la generosidad, presupuestos indispensables para conseguir que el Padre también perdone, según reza el Padrenuestro. El perdón es un rasgo distintivo del cristiano, como Jesús hizo en la cruz.; la misericordia del hombre encontrará la misericordia de Dios. No se condena la corrección con caridad; la corrección fraterna debe hacerse para que el hermano que ha pecado tome conciencia de su falta y se arrepienta: Si tu hermano peca contra ti, ve a hablar con él a solas (Lev 19,17).

El amor que Jesús propone es el amor total, inmenso; es amar sin reservas, adoptar la actitud de Jesús que ama siempre y todo lo perdona, siguiendo la misericordia del Padre (Lc 6,36). La deuda inmensurable del hombre recibe el perdón infinito de Dios, así la pequeñez de las deudas entre los hombres deben recibir también el perdón. El perdón como actitud permanente, a imitación de Dios (Lc 15,11-32):

Entonces Pedro se acercó y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces debo perdonar las ofensas de mi hermano? Jesús le contestó: «No siete veces, sino setenta veces siete». «Por cierto: el Reino de los cielos es semejante a un rey que resolvió arreglar cuentas con sus empleados. …Uno que debía diez millones de monedas de oro. Y le suplicaba: «Ten paciencia conmigo, y yo te pagaré todo.» El rey se compadeció, y no sólo lo dejó libre, sino que además le perdonó la deuda. Pero apenas salió…»Siervo malo, yo te perdoné todo lo que me debías en cuanto me lo suplicaste. ¿No debías haberte compadecido de tu compañero como yo me compadecí de ti? Y se enfureció tanto el señor, que lo entregó a la justicia hasta que pagara toda la deuda» Y Jesús terminó con estas palabras: «Así hará mi Padre celestial con vosotros si no perdonáis de corazón a vuestros hermanos» (Mt 18,15.21-35; Lc 17,3; Jn 20,23).

Amor sin límites, perdón siempre y a todos los que ofenden. “Siete veces” es una cifra simbólica que indica perdón total, ilimitado, el número siete, cargado de simbolismo, expresa la plenitud, la totalidad, lo completo. La parábola describe la actitud del hombre ante Dios, que ha de ser de humildad y agradecimiento. Si Él se apiada del que le pide paciencia y comprensión, no se puede soportar la inhumanidad con que exige a su compañero la minucia de su deuda. Todo lo hemos recibido de Dios, la libertad y el perdón de la deuda entera; todo nos lo ha dado por pura gracia; sus dones son inmerecidos, gratuitos.

———————————
Camilo V. Mudarra es Lcdo. en Filología Románica
Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,
Diplomado en Ciencias Bíblicas y poeta.