Una nieve dura, fría, inhumana caía sobre una pequeña aldea, perdida en el final del mundo. En este lugar jamás creció una flor, jamás cantó un ruiseñor. Los vecinos del pueblo, tristes y fríos, no hablaban ni reían. Cuando salían de sus casas, lo hacían corriendo, sin perder tiempo en mirar a su alrededor. No había nada que ver, todo permanecía cubierto por la nieve, a veces blanca, a veces gris.
Los niños no conocían ningún cuento, ninguna canción, ningún juego. Sólo sabían leer y contar. Tenían las mismas miradas tristes que sus padres, su futuro se limitaba a ver a las mismas personas, las mismas cosas durante el resto de sus vidas. Nada merecía la pena.
Un día, en este lejano y frío pueblecito, perdido en el último rincón donde acaba el mundo, pasó un ruiseñor y se posó en la ventana de la panadería, único lugar del que emanaba un suave calorcito. La vieja panadera, extrañada, se le acercó y le preguntó: – « ¿Pajarito, te ocurre algo? » El ruiseñor en un santiamén se acurrucó en el hombro de la anciana y le susurró al oído: – “Pronto llegará una bella y desolada mujer que huye de la traición y del engaño. No la rechacéis por el color de su piel, de su cabello, de sus ojos, será la luz que os salve de vuestras tinieblas.”
Ese día la mujer contó a su familia y a todos los vecinos lo ocurrido y nadie
Durante aquel duro invierno la anciana murió suplicando a sus familiares que atendiesen lo mejor posible a todos los extranjeros que acudieran al pueblo. El día del entierro apareció por la aldea una mujer morena de largo cabello negro. Sus ojos tenían el color y el calor de la miel dorada recién sacada de los panales; su voz era semejante al canto del ruiseñor, pero no
Al final del invierno, se percataron de que la bella mujer esperaba un hijo que no tardaría en nacer. Una mañana gris del mes de abril, después de una tempestad de nieve, el bebé decidió que ese día era propicio para nacer. Por primera vez, después de muchos siglos de indiferencia, el pueblo se conmovió. Era el primer bebé que nacería antes de que bajaran las temperaturas. Todas las mujeres sabían que sus hijos tenían que venir al mundo entre junio y agosto para poder sobrevivir. Este pobre renacuajo no soportaría los diez bajo cero de aquella mañana.
El niño nació. En vez de llorar, cantó como un ruiseñor, abrió sus ojos color miel y sonrió a todos los que estaban a su alrededor. Su piel era oscura como la de su madre y su pelo tenía el mismo color miel que sus ojos. Unos minutos después de su nacimiento, los aldeanos vieron con gran sorpresa que el sol brillaba, que la nieve se derretía, que una bandada de pájaros sobrevolaba el pueblo. Un milagro acababa de ocurrir: era la primera vez que aparecía el sol, que una bandada de pájaros intentaba anidar en los árboles desnudos del último pueblo al final del mundo.
Era la primera vez que reían, que tenían calor y veían brotar del suelo unas florecitas cuyos colores formaban el arco iris. El ruiseñor volvió y se posó en la ventana de
Otros Caminos, Ed. Ecu. Junio2004