LA HORA




Arturo sintió llegada su hora final. Nunca sabemos cómo será, ni cuándo, ni qué se siente… sin embargo, cuando arriba el momento lo reconocemos. La única explicación plausible es que lo hemos vivido antes, muchas veces, y su huella permanece en nuestras memorias kármicas.

Pero Arturo no se resignaba a partir – pocos lo hacemos -, no porque tuviera asuntos pendientes, ni porque alguien lo esperara en algún rincón del universo, sino por exceso de amor a la vida.

Con toda la intensidad de que era capaz, dirigió su mente al Creador, pidiéndole un tiempo extra… el que fuese.

Sintiendo que no era escuchado, cerró los ojos y exhaló un suspiro.

La paloma, asustada por lo que vio al abrirlos, anduvo torpemente hasta el balcón y se lanzó, extendiendo los brazos, en lo que pensó que sería un vuelo.

Arturo, sin poder creerlo aún, abrió las alas. Ensayó una corta carrera y despegó desde el tejado, con la pericia de una vida de vuelos. Gracias a su nueva visión, pudo reconocer en el pavimento, con apariencia de muñequito roto, al que hace unos segundos era su cuerpo.

 

 

Texto: Marié Rojas

Dibujo: Ray