Isabel, la campeona de rugby que les hizo un tackle a los ‘combos’

Sonríe. Está feliz frente a la cámara fotográfica. Busca un espejo y pide tiempo para ponerse un poco de rubor. Mueve su cabeza de un lado a otro para asegurarse de no estar despeinada. Prefiere recogerse el pelo.

Detrás de esa vanidad está la reciedumbre de la múltiple campeona nacional de rugby Isabel Romero. Pospone su jornada de alfabetización, en su modesta casa del barrio Castilla, en el noroccidente de Medellín, para contar su historia. Aún no termina de desayunar. Una arepa es su menú habitual. Entre tanto, Isa, como le dicen sus compañeros y amigos, empieza a alistar los trajes para sus dos actividades más importantes: el colegio y el rugby.

Cuando organiza sus cuadernos, un suspiro la detiene. Cursa grado once y sabe que son sus últimos meses en la institución educativa Sor Juana Inés de la Cruz. Desde ya piensa en ser sexóloga.

«Muchos se sorprenden porque a mis 16 años quiero ser sexóloga. Pero me apasiona, y no tiene que ver en nada con la práctica sino con un aspecto más de la ciencia. Soy la que siempre expone el tema en clase», aclara.

Es una joven de contrastes. Inocente y tierna por momentos, pero con un pasado de violencia y malos pasos. Dulce y vanidosa, pero fuerte en la cancha e imparable para sus rivales en el rugby.

Su dedicación y talento le han dado el respeto y la admiración de quienes practican este deporte en Colombia.

Andrés Restrepo, presidente de la Federación Colombiana de Rugby, alguna vez la tuvo como su dirigida en un campo. Está convencido de que aquella joven, que hace un par de años apareció en la unidad deportiva José René Higuita de Castilla vendiendo paletas, es una de las mejores jugadoras del país y pronto sobresaldrá en el continente.

«Además de su talento, es un ejemplo de vida. Ella debió superar muchas adversidades», anota Restrepo.

Isa se crió entre los combos de la comuna seis de Medellín. Matar llegó a ser uno de sus anhelos.

«Era muy callejera. A donde me invitaban iba. Estaba muy mal relacionada. Me mantenía en una esquina con personas que consumían drogas. A ellos les decía que quería ser asesina», confiesa, mientras exhibe un puñado de medallas de títulos en el deporte que hoy la hace feliz.

Con voz titubeante, Elsa Benítez, madre de Isa, habla sobre ese momento y agradece a Dios la nueva oportunidad que la vida le ha dado a su pequeña. Sus logros no le son ajenos.

Elsa fue madre y padre a la vez. A Isa y a su hermana no pudo darles más de lo que necesario y cuando solo había agua de panela, les enseñó a agradecerlo.

«A veces les digo: ‘Hijas, hoy no hay sino arepa’; entonces comemos arepa con mantequilla y sal», afirma la mujer, quien trabaja en una fábrica de confecciones y espera su jubilación.

Isa, trigueña de 1,62 metros de estatura y brazos de bíceps marcados, guarda en su corazón sentimientos fuertes. «Las chicas con las que me mantenía eran hermosas. Ellas se acostaban con los jefes de los combos y tenían dinero, motos, carros y celulares», recuerda, como si se tratara de un juego de niñas.

Ese mundo de fantasía en el que vivía se derrumbó el 17 de noviembre del 2010. «Ese día pensaba volarme del colegio y Andrea, mi amiga, iba a recogerme en mi casa para irnos a un paseo», recuerda.

Andrea la llamó para ultimar detalles. Fue la última vez que escuchó su voz. Su amiga fue asesinada. Sin saberlo, mientras la esperaba, Isa decidió darse una vuelta por la cancha de rugby, que no hace mucho habían construido muy cerca de su casa. «Una de las jugadoras me invitó a entrenar». El primer ejercicio, recuerda, fue hacer un tackle (atajar con el cuerpo) con las tulas. «Quedé feliz y de ahí no veía la hora que fuera el próximo entrenamiento», celebra, con una sonrisa.

La historia de Isa se está repitiendo en barrios marginados de Medellín. En esta ciudad hay cerca de 4.000 deportistas inscritos en la liga de rugby. Además, esa práctica la está llevando la Administración gratuitamente a cada rincón de esta capital por medio de las Escuelas Populares del Deporte.

El orgullo de un barrio

Esta morena, de piernas tonificadas y ojos oscuros, se enorgullece de sus triunfos, pero no oculta su pasado oscuro. Luego de tres años de practicar el rugby se coronó recientemente campeona juvenil nacional en modalidad de Seven, en un campeonato realizado en Cali.

También llegó al podio otras dos veces, en campeonatos realizados en Antioquia durante el 2011, y fue reconocida por la liga departamental como la mayor anotadora ese mismo año.

Ha recorrido el país mostrando su juego y la técnica que le han dado reconocimiento.

Incluso, ya fue invitada a integrar seleccionados de mayores. En velocidad es sobresaliente. Señala que es producto de su juventud.

Como es costumbre de todos los días, a las 6 de la tarde parte rumbo a la cancha. A su paso por las lomas empinadas, que son el sello de los barrios periféricos de Medellín, recibe elogios.

«¡Buena esa, Isa! ¡Te queremos! ¡No te olvides de nosotros cuando seas famosa!», se escucha desde ventanas y balcones, en un barrio muchas veces mencionado por las fronteras invisibles, las vacunas y los tiroteos entre integrantes de combos. Aún así, es una cuna de deportistas. No en vano la unidad deportiva fue bautizada René Higuita.

Esas mismas agrupaciones, la violencia, la inequidad y las necesidades la absorbieron. Fue inevitable. A los 13 años, ellos, los ‘pillos’, se convirtieron en su segunda familia.

Ahora, esas mismas personas también se enorgullecen con los logros deportivos de su antes ‘compinche’.

Vea, ‘cucha’, si vemos a su hija otra vez mal ‘parqueada’ la ‘levantamos’ -recuerda Elsa que le advirtieron los muchachos de su barrio, buscando que Isa no volviera a las andadas.

Eso lo agradece y hoy quiere recuperar el tiempo que, por tanto trabajo, no pudo estar con su hija. Con ella comparte sus sueños y promete, a punta de tesón, ayudárselos a cumplir. «Ahora debo luchar por pagarle la universidad», exclama. Isa quiere estudiar en Brasil o Argentina; dice que allí están las mejores facultades de sexología. También es más avanzada la práctica del rugby y de esa manera podrá seguir labrando el camino hacia sus sueños.

«Espero que algún día puedan decir: esa sexóloga estuvo en unos olímpicos representando a su país. Sí. Ella, la misma que enseña a jugar rugby en barrios marginados de Colombia a niños de escasos recursos y vulnerables a la violencia», concluye.

Un deporte que se abre espacio entre los muchachos de varias regiones

Contrariamente a la percepción de deporte de élites que muchos tienen del rugby, su mayor acogida ha sido en Buenaventura (Valle), Tierralta (Córdoba) y Apartadó (Urabá antioqueño), a donde se ha llegado para enseñar ese deporte, gracias al apoyo del Ministerio de Relaciones Exteriores. Antioquia es la base de las selecciones Colombia femeninas y masculinas. La Alcaldía de Medellín, ciudad donde 4.000 personas practican esa disciplina, incluyó el rugby dentro de su programa de Escuelas Populares del Deporte y cada vez son más niños y adolescente los que se inscriben para recibir clases gratuitas.

«El discurso no es llamar a los chicos a que dejen de ser delincuentes. Es invitarlos a jugar rugby y luego enamorarlos del entorno de este deporte: su equipo, su camiseta, el tercer tiempo y otras particularidades y rituales propias de esta actividad. Cuando el chico está sincronizado dentro de esto, de forma espontánea se va adecuado a un nuevo proyecto de vida», explica Andrés Restrepo, presidente de la Federación Colombiana de Rugby.

VÍCTOR ANDRÉS ÁLVAREZ C.
CORRESPONSAL DE EL TIEMPO
MEDELLÍN.