
Jugabas al Sombrerero Loco, intentabas
reparar relojes de Conejos Blancos, aquella tarde
en que echaste mostaza sobre los poemas que creía eternos.
Qué pena, princesa, que los demás no lo entiendan…
No era un pincel derramando tinta azul
lo que hiciste salpicar sobre tu hermano dormido:
era la varita del Hada, transformando niños en muñecos.
Qué triste, nubecita, si a veces no nos comprenden…
No fueron migas de pan mojado en leche
lo que desparramaste por el suelo: eras Margarita
marcando el sendero, para tener un camino de regreso.
Qué pesar, mi niña, cuando no te adivinan el pensamiento…
No encerraste al hijo del vecino en el armario,
sólo tratabas de protegerlo de la malvada reina-bruja,
que sobrevuela los tejados en perenne acecho.
Qué tontos, mi amor, quienes no lo entendieron…
No fue una palmada lo que te di,
aquel día en que el tornado que lleva a Oz
te quiso alejar de casa, y en la lucha cayeron mis tiestos.
Qué sucederá ahora, mi duende, si no comprendes…
Que no fueron lágrimas lo que viste en mi rostro:
Aplaudía tus hazañas de trasgo, sibila, creadora
del mundo en que me pierdo, y del que me salvas con tus besos.
Qué mal va el mundo, hija mía, cuando ni siquiera yo te entiendo.