Manolo, como si aún vivieses: déjame que monologue como me plazca, mezclando en mi discurso pagano la sombra de Dios y la luz de tu espíritu bohemio. Sé que te has ido para siempre, pero ignoro si algo de ti -tal vez un átomo rebelde de tu cuerpo fenecido- ha quedado en la tierra para escarnio de la ortodoxia que tú y yo aborrecemos. Sí, amigo Garpe, digo aborrecemos, en presente, porque aún te siento, ¡cómo te siento!, junto a mí, yo junto a ti. Tú sembrando dudas, yo cosechando los frutos de tu sabiduría. “Sembrar dudas -me comentabas- significa cercenar verdades”. Sí, Manolo, te comprendo. La verdad se compra y se vende. Se compra silenciándola la prensa, la política, la Iglesia, las instituciones. Se vende cediendo derechos. Sembrando dudas, en fin, se orienta a nuestro pueblo aborregado: el que ya, de tanto dudar, prefiere emborracharse de fútbol, toros y sexo (precisamente a lo que aspiran las fuerzas fácticas) para esconder su cobardía arremetiendo contra el árbitro y el inocente toro de lidia. Sin embargo, amigo Garpe, tú, que sigues siendo un culé de categoría, en cada jugada magistral del Barça montas un numerito filosófico: “¡Jo, qué golazo el de Messi! Ese gol vale un millón de euros”, y los madridistas, encolerizados, te lanzan miradas furibundas cuando no, sin ambages, te envían a la puta mierda, ¿lo recuerdas, paisano? Sin percatarse de lo que significa, en dinero contante y sonante, la ficha de un futbolista privilegiado, mientras miles y miles de parados se empeñan para ver al Barça o al R. Madrid. Siendo tú un culé fetén, Manolo -que no por ser filósofo dejas en bragas las pasiones-, esparces tu impronta por donde caminas, y ventilas el nombre del Barça agitando, en invierno y en verano, tu vistoso abanico pericón engalanado con La Senyera.
Manolo, no quiero llorar. Me niego a derramar una sola lágrima por los muertos. Prefiero guardar el llanto para los vivos. Ahora mismo, al acabar de contemplar una plumilla que me regalaste cierto día de Navidad, ya no puedo decir: “Manolo, como si aún vivieses”. No. Sé que has cruzado a la otra orilla, y aunque tus partículas estén congregadas formando un sistema atómico y tus electrones guarden fielmente la memoria de lo que has sido, sé que tú y yo, juntos, ya no podremos negar la existencia de Dios, tal como nos la han querido vender los curas y, no menos, los malandrines de La Cosa Nostra eclesiástica. Quedan y quedarán para siempre tus esencias y las mías, arquetipos indestructibles, pero se acabaron los festejos gastronómicos y las caricias femeninas; ni arroces a banda ni chocheces, Manolo. Simplemente verdades, porque te has muerto para siempre.
En tu memoria, amigo, paganizo el advenimiento de la primavera; en el mismo día que tus cenizas serán dispersadas. Así quiero celebrar tu partida, querido Garpe: recordando tus acuarelas, tus contradictorias plegarias a San Pascual, en Orito, la amistad que generosamente me regalaste, tu sufrimiento. Adiós.