El abuelo, que había decidido descansar aquel día, vio invadido su recinto de sosiego por dos pequeños ciclones: su nieto y su nieto adoptivo. Estaban de Semana Blanca, que no era otra cosa que pasarse una semana en blanco sus profesores; sin cole.
Los padres trabajaban y, o alguien se ocupaba de los pequeños, o el caso se convertía en su desgracia. Pero allí estaba el abuelo, gracias a Dios aún con cierta capacidad de aguante. Llegaron por la mañana, sin desayunar porque a los padres se les hizo tarde entre las sábanas. “Papá, dales el desayuno, que estudien dos temas que tienen atrasados, y no les permitas que te choteen”. Parecía sencillo. Pues no. No había forma de que se tomaran los cereales. Estaban más pendientes de la tele que del tazón. “Venga, niños, comed”. Ni por esas. Decidió retirarles aquellos cuencos porque peligraba su estabilidad sobre la mesa. “Vamos, niños, sacad vuestros temarios y a trabajar”. Ni caso. El abuelo tuvo que ponérselos delante, abrir por la página donde debían trabajar. Pero seguían más pendientes de una telenovela venezolana que pasaban por la tele. “Esa tía está un taco buena”, dice el nieto de siete años. “Está mejor la madre”, dice el nieto adoptivo de 14 años. El abuelo no sabe si mirar a la tele y comprobar para tomar partido o no darles mal ejemplo y llamarlos al orden. “Niños, si no trabajáis os apago la tele”. Pareciera una buena forma de hacerles entrar en razón. Los dos dejan de mirar la tele y miran sus respectivos cuadernos. De repente, algo extraño debe suceder, en … la tele, por supuesto. Los dos nietos se vuelven como si el encanto fuese irresistible. El abuelo no ha captado el sortilegio. De la Tele, por un momento, más largo de lo habitual, no viene ni sonido. El abuelo tiene curiosidad, no acierta a adivinar por qué el silencio ha atraído la atención de lo nietos, y mira, naturalmente a la pantalla. Dos de los protagonistas se daban un beso apasionado. El abuelo comprendió: el momentáneo silencio sólo podía indicar que se estaban besando. El abuelo no podía entender que dos mocosos tuviesen tanta experiencia, y les preguntó:
–¿Sabíais que se estaban besando?
–Claro -dice el nieto adoptivo.
–¿Y eso os llama la atención? -pregunta el abuelo.
–Es que después follan -dice con naturalidad el nieto menor, sin apartar los ojos de la pantalla.
Los tres se quedaron mirando hasta que terminó el capítulo.
Cuando los padres, ya por la tarde, los recogieron, el abuelo se quejo diciendo: “Creo que hacéis mal dejándoles ver tanta tele” Y regresando al interior, apagó la suya.