Homenaje al coño


 HOMENAJE AL COÑO


Si nos adentramos en el estudio de la Mitología y en los sucesos históricos más relevantes en relación con los simbolismos reproductores, no dejará de llamarnos la atención el hecho de que, en la Literatura (desde la aparición de los himnos védicos -y aun más atrás-, hasta el culto a Príapo en Lampasco, sin contar con las culturas amerindias y otras asiáticas y occidentales), casi siempre se ha venerado al falo como fecundo atributo de la creación. Con esto no queremos insinuar que la naturaleza reproductora femenina no goce en las letras mitológicas y, hasta en los libros sagrados, de la mención y la importancia que merece. También está representada con numerosos distintivos en todas las mitologías de la tierra. Sin embargo, al menos a mi entender, el falo (Falo, ad hoc de la humana divinización de algunos símbolos) tiende a eclipsar los innegables valores de la mujer en la Historia. Por dicho motivo, ayer, conversando al respecto con mi amiga Gloria en el abierto espacio de una playa sinuosa, le prometí que escribiría un breve artículo en defensa de una verdad incuestionable: la importancia psicológica y generativa del coño. (¿Se va a ofender alguien por expresar este autor con una palabra mágica, «coño», el contenido poético de tan extraordinario órgano vital? ¿Merece la pena, por mor del dingolondango literario, utilizar la perífrasis y desvirtuar el valioso contenido de un vocablo tan significativo? Me niego a ello y, de antemano, pido perdón por mi osadía a las damas pudibundas y a los caballeros pacatos. El coño, entiéndaseme bien, merece el homenaje que desde estas humildes líneas le dedico y que, por extensión, le brindo a la mujer.)
 Tal como en la antigüedad se adoraba al fuego, y hoy los gitanos mantienen con valentía esta práctica ancestral, yo quiero desde aquí, sin falso pudor ni pazguatas cortesías, sin machistas intenciones y con el más sutil amor por las féminas, manifestar mi sentida adoración por el coño. Con un beso (léase cunnilingus) a la «lírica rosa de la pasión», deshojada o intacta, no pago los inmensos favores sensuales y espirituales que me ha concedido el más sagrado cuenco de la vida. En él fructifica la semilla humana; en el coño puso el demiurgo todo su énfasis creativo, antes de que el soplo de Dios avalase la imagen que aquél había modelado con manos de alfarero.
 Que me comprenda Afrodita y las hamadríades, desde los bosques y fuentes que habitan, me presten el resplandor fluvial y el fresco verdor de los prados. Necesito sumergirme en el vasto océano de la sensibilidad femenina para desde allí, sintiéndome poseso de mis súcubos, cohabitar con el espíritu de la existencia y darle gracias a Dios por haber sido fecundado en el muelle silencio del coño.
 Y ahora, mi querida Gloria, permíteme que en recuerdo de nuestra grata conversación de ayer, a nuestros pies las laminarias y al fondo de nuestra mirada un horizonte de otoñales resonancias marinas, te diga: «Gracias por haberme comprendido». Tú me apuntaste: «César, cuando tú y yo seamos polvo de estrellas, desde los confines del universo recordaremos este  mágico atardecer». Yo te respondí: «Entonces nos hallaremos, como átomos divinizados, en el seno materno de la inacabada creación».