El sangriento conflicto interno en Siria, la amenaza nuclear de Corea del Norte, la eterna e inhumana revuelta en Medio Oriente, las barbáricas guerras entre mafias de narcotraficantes en México… La dimensión de estos dramas es tan grande, que cuesta entender por qué medio mundo parece interesarse por cosas banales.
Y para la muestra está la bobalicona petición de perdón público del tristemente célebre David Petraeus, exdirector de la CIA, por la puesta de cachos a su dignísima y fotografiada esposa, con su biógrafa.
Visto el tema objetivamente, no habría ninguna razón para gastarle tinta y tiempo a la historia de un señor con cara de mal polvo, que en plena misión engaña a su mujer y, lo que es peor, se deja pescar. ¡Y eso que era el director de la agencia de inteligencia más importante del planeta!
La explicación, quién lo duda, está en el sexo omnipresente y en el morbo que genera todo lo que se relaciona con él, así sea intrascendente.
Hasta ahí no habría problema, lo lamentable es que las cosas vinculadas con el catre y sus aledaños, que es algo tan natural, genere escándalos y censuras de tamaño tal, que logran opacar lo que sea, incluida la reprochable conducta de los seres humanos de matarse, de perseguirse, de engañarse, de robarse y de lastimarse entre sí. ¡Eso sí es antinatural, pero a veces ni llama la atención!
Pero no es sino que la desangelada pareja conformada por Kristen Stewart y Robert Pattinson ventilen sus encamadas, o sus infidelidades, para que todo el planeta ponga el foco sobre sus lánguidos y pálidos cuerpos.
Insisto que esa fijación colectiva por cosas como estas tienen también su origen en la mojigatería, el tabú, las prohibiciones y la doble moral con la que la sociedad insiste en asumir públicamente el sexo.
A eso, claro, hay que añadir la predisposición mental de los seres humanos a relacionar el departamento inferior del cuerpo con lo prohibido, pero al mismo tiempo con los estimulantes placeres oscuros.
Lo vuelvo a decir: el sexo es natural, inherente a la vida, y como todo en ella hay que aprender a ponerlo en su sitio y darle su justa dimensión. Y eso quiere decir ubicarlo en el justo medio entre la absoluta liberación sexual y la censura atávica.
Hasta los polvos necesitan un escenario en paz, equilibrado y tranquilo; alcanzarlo exige que todo el mundo priorice los problemas que hay que atender y resolver.
Y créanme que las buenas encamadas, las que nos gustan, vendrán entonces por añadidura. Hasta luego.
ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO