FRENTE A LA PALABRA…

Alguna vez escuché de boca de la escritora y cineasta Rosa Gronda –sí creo que fue de ella-, hace no más de un lustro y en uno de los tantos actos organizados en sede del Centro Cultural Municipal de nuestra ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz (Argentina) que, frente a la palabra, como protagonistas del acto de “leer”, era posible distinguir a dos tipos de sujetos: el “lector” y el “leedor” (término acuñado por Gronda en dicho evento).

Esta última, me pareció –al principio- una extraña articulación verbal, cuya importancia y significación trascendente iría descubriendo en la medida en que, ante su clara exposición y explicación, fuera colocándome como protagonista en uno o en ambos roles a la vez. De hecho, a la par de intrigante, su novedosa conceptualización entiendo merece ser reflexionada, a fin de intentar una comprensión y aprehensión correcta de los términos mencionados y encontrar ciertas similitudes con otros “oficios”, no precisamente cercanos al ritual de la palabra…

Decía que el interés despertado acerca de la diferencia habida entre un “lector” y un “leedor”, me obligó desde aquel momento –{aunque inconscientemente y desde joven hubiera venido practicándolo}-, a definir una honesta postura frente a cada escrito que mis ojos (los del cuerpo y los del alma) auscultaran, sellado en un hoja de papel, vuelta en conjunto folleto, revista, diario, periódico o libro; sobre todo después de descubrir la posibilidad de enrolarme en las filas de los trabajadores de la palabra o escritores, ya ocasionales, profesionales o vocacionales, al decir de Edgardo A. Pesante; ya iniciáticos, en maduración o de oficio, como resulta de las clasificaciones y calificaciones manejadas por ciertos magazins virtuales al confeccionar su lista de usuarios colaboradores.

Me ayudó a ubicarme como sujeto frente a un objeto sellado y signado (codificado) por los enigmas y laberintos creados del Dios Abecedario, en ese rito o acto decodificador de la realidad nombrada y enunciada, tejida por los hilos pensantes y sensibles del acontecer humano en una red de símbolos, íconos y reglas semióticas, gráficas y ortográficas, que el término La Palabra ({Y sí, “En el Principio era el Verbo”}) sintetizaba como ninguno. Me allanó el camino para situarme, sentirme o presentirme frente a la palabra –{tras el deseo de comunicarme en Humanidad por medio del idioma, sostenido por el placer de la lectura y los infinitos mundos de la imaginación disciplinada}-, como un «bebedor» o como un «tomador» frente a una botella de vino o licor… Porque de eso se trataba, ni más ni menos, y acudiendo al auxilio de las metáforas analógicas: es que en ese otro rito ofrendado esta vez al Dios Baco, uno también podía asomarse a las fronteras u horizontes que distinguen a un lector de un leedor… Claro, porque no es lo mismo beber que tomar vino, no es lo mismo acusarse o ser tenido por bebedor que por tomador de vino… El bebedor -en nuestra jerga local- ingiere –por no decir, «traga»- ligeramente vino. El tomador, en cambio, gusta del vino. Así pues, según Gronda, el mero lector devora palabras, en tanto el leedor las saborea, rumea (en) su significado y contexto, origen y destino preciso con el que, alguien –el escritor-, intenta evocar o nombrar una realidad (o, al menos, un trozo, un eslabón de lo que luego será una firme y segura cadena, y no una débil o insegura cuerda sapiencial).

Era la respuesta que había venido buscando, desde que la sensación de impotencia me recorriera las entrañas ante el conocimiento de que ciertos (algunos) amigos “intelectuales” y/o “académicos”, habrían leído no sólo a éste sino a aquél, y a aquel otro, y a aquellos otros, en una inalcanzable cifra que los constituía en «eruditos» sólo por el nímero de palabras leídas… ¿Lectores o leedores?, me pegunté.

Es que quien asume la postura de mero lector, sólo consume sin digerir, palabras. Quien asume la postura de leedor gusta y re-gusta cada palabra y frase y oración y párrafo y página y capítulo y libro. Forma y se transforma en parte de la palabra y del argumento y trama y red de pensamientos y sentimientos forjados por la estructura lingüística de la Palabra.

Frente a la palabra, los pocos libros encarnados por mí en repetidas lecturas de tan seleccionados maestros de la pluma, rodeados por aquellas abarrotadas, babélicas columnas de cofres empapelados y de alineados armarios repletos de escritos de otros autores aún sin leer, angustiaban mi alma… Como el éxito -canto de sirena- despista a muchos frente al real valor de lo prestigioso -fruto ecuánime de una trayectoria disciplinar-, la cantidad seducía en ignorancia a mi ego ante la calidad recomendada por lo bueno, justo y necesario.

Pero creo no haber fallado al optar -{desde siempre, y a pesar de los ataques del amor propio mal entendido}- por ser como la tortuga y no la liebre de la clásica fábula de Esopo… Sí, la esclarecedora distinción de Gronda me había reconciliado conscientemente con el prudente –{y responsable, ¿por qué no afirmarlo y testimoniarlo?}- encuentro con la palabra que había venido sosteniendo desde aquel mágico día, en que mi admiración por los intelectuales y académicos de raza me hicieran pensar y desear alcanzar a ser –{al menos, como un grano de mostaza}- semejante a uno de “ellos”, y a fin de procurar devolver a y en otros lo que “ellos” me habían dado y nadie podría quitarme: la firme convicción de ser un hombre verdaderamente libre, de palabra, en y con la Moneda Verbal recogida (desde) y abrevada (en el) gratuito y generoso manjar provisto por el Dios Abecedario ({seca}) de boca del Dios de La Palabra ({y cara}) por el cual fueron hechas todas las cosas.

Ni más menos, y al igual que un prudente y responsable catador frente a un ligero bebedor de vino…

Y pensar que se promueven en algunos ámbitos métodos de “lectura veloz” que inhiben el proceso reflexivo, placentero, lúdico y formativo de la palabra, abogando en Ella una supuesta economicidad, eficiencia y productividad de su carácter de extraordinario instrumento del pensar y del obrar humano, desfigurándolo además en el abuso de la tecnología virtual a través del robótico «chateo» puesto en moda actualmente y transformándolo en paradigma del individualismo consumista y concentrador que domina nuestra contemporaneidad; ese que vuelve a la palabra no semilla sino gérmen de un sistema que hace del verbo, un mecanismo funcional a sus objetivos materialistas, desarraigado en pleno de la esencia espiritual que origina y actualiza lo Creado y quitando de este modo a la palabra su verdadero rol: el de sustanciar y nombrar las “cosas”, para construir en ellas el “ser” de la razón de “ser”, por sobre cualquier “otra” cosa….

Don Dinero, Dios del Mundo y su Ángel de la Guarda, el Marketing Estratégico, favorecen el desarrollo de un mercado nutrido por una manada de lectores superficiales, a caballito de su apotegma favorito: “{el fin, justifica los medios}”. Tarea ímproba entonces la de los que trabajan afanosa y honestamente con y por la palabra; agentes del lenguaje que deberán aprender en el día a día a utilizar, como “{boomerang}”, las seducciones de este sistema enajenante, y trastrocar a los cómodos y aburguesados chateadores y lectores de bolsillo, en auténticos leedores (intérpretes y catadores) del (M) maná de la (P) palabra.-

ooOOoo

{Santa Fe (Argentina) – 03/12-05-2007 – Un fragmento o versión abreviada de este artículo se redactó para su publicación en el Cuaderno de Lectura Nº III – CEDOC – LI – FE – Centro Nacional de la Red Internacional OEA – Directora: Prof. María del Carmen Villaverde de Nessier – E-Mail: mnessier@fhuc.unl.edu.ar. Santa Fe (Argentina), Mayo 2007}.-