Uno de nuestros grandes científicos, el bioquímico Joan Oró, me dijo un día: «Eduardo, las cosas van a cambiar; cuando la gente mire la Tierra desde fuera, la mentalidad cambiará». Pasaron años y las imágenes de la Tierra desde el espacio inundaban los medios de comunicación, pero no parecía atisbarse tal cambio de mentalidad. Y James Lovelock tampoco lo percibió en aquel momento. «Aún no hemos hecho suficiente daño a la Tierra para darnos cuenta de lo maravillosa que es», me dijo en respuesta al comentario de Oró.
Pero Oró no iba tan desencaminado: a principios de los años sesenta, James Lovelock recibió una invitación de la NASA para buscar señales de vida en otros planetas de nuestro sistema solar. Y no fue hasta entonces, hasta que centró toda su atención en el espacio, cuando adoptó una visión externa de la Tierra. Fue entonces cuando Lovelock experimentó en sus carnes el cambio a que se referiría Oró décadas más tarde.
{James Lovelock en el 2005 (imagen: [Bruno Comby / Wikimedia Commons->https://commons.wikimedia.org/wiki/File:James_Lovelock_in_2005.jpg» target=»_blank] ).}
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