EL DÍA QUE MURIÓ LA MAGIA

La segadora de musgo marchó callada,


Cabizbaja, mustia, deshojando olvidos.


 


Las nubes ennegrecieron a su paso,


El bosque quedó solo sin sus ritos.


 


Anduvo tras la huella de su escarcha,


Sin pensar, sin sueños, sin motivos.


 


Pobre criatura, tan sola, tan lejana,


Tan llena de ensalmos, de prodigios.


 


Desanduvo los caminos de la suerte,


Renegó de todos sus hechizos.


 


Se hizo una con el arce huraño,


Enterró en sus raíces el abismo.


 


Dejó junto al tronco su descanso,


Sus lágrimas, su hoz, su tiempo detenido.


 


Dejó pasar las horas, reanudó su marcha,


No volvió la vista atrás, más bien no quiso.


 


Por no mirar, no vio el árbol seco,


Que a su paso, tornóse florecido.