El arzobispo de Zaragoza, monseñor Ureña, está arrepentido por su exceso de velocidad y le parece bien que existan radares. Esto lo dice porque le ha pillado un radar de Tráfico y nos hemos enterado todos. Seguramente no sería la primera vez que corría demasiado y del arrepentimiento de esas ocasiones no hemos sabido nada. Está mal que los arzobispos cometan excesos, aunque sean de velocidad. Tienen que dar ejemplo a los fieles de moderación en todos los aspectos de su vida. Y es que no sólo Dios lo ve todo, también los radares. Dada su categoría podría tener chófer, pero reconoce que le gusta conducir. Afirma que no le gusta la velocidad; pues menos mal, si no haría la competencia a Fernando Alonso. La multa de 300 a 600 euros no será un problema, pues le llega con su sueldo para un cochazo, un Peugeot 407. Si no la quiere pagar, ahí está el cepillo o la asignación en la casilla del IRPF. ¿A dónde iría tan rápido monseñor? Tal vez se tratase de salvar un alma del infierno, lo que sería una buena alegación para evitar la multa. Ya sabemos que el reino de estos señores de la iglesia no es de este mundo, pero no gozan de bula papal para cometer faltas contra el tráfico.