El arcaduz por donde parte sin regreso el alma


El arcaduz por donde parte sin regreso el alma

Quiere mentir la despedida
no es temor a ver partir sino un tedio enmascarado
que reclama un margen, tal vez un par de alas para aullar el vuelo
y en el insomnio se devuelve de pronto a la ciudad en que la luz se apaga.

Clama por un brote de conformidad pero se agita
flamea en el deseo de encontrarse
en un retazo de sol, en una palmera radiante y oportuna
en un beso de guayaba ardiente y pulposa
o en el arcoiris levantado en el cañaveral
detrás de la empinada montaña que deja el tiempo atrás
y vive únicamente en la distancia
acariciando el valle de lejos con ojos que salvan.

La paloma, la fruta, o el color que duele…
pendientes de una reflexión
no quieren saber de la temprana muerte
cuando ella ingiere lentamente el despertar
y abraza su bandera para no perderse

Toma prestado un trozo de otro dios
pero el camino se arma de recodos con una rapidez pasmosa;
en la primera inflexión
un torcimiento de la música hincha las jorobas florecidas
en lo inmortal del grito por la campana melancólica de las nuevas roturas

Advierte en el oído aguzado de dolor
el carillón que asola irremediablemente
y el capitel donde aquel gallo despertaba el campo
ahora es un recuerdo donde bate el ala con sonido inarmónico.

Comprende que ya es tarde para huir y siente el frío
luego se consterna donde crece el deterioro invulnerable
hasta la orilla de los timbres
sin aurora.


María Eugenia Caseiro