Entró en la habitación un hombre con cara de pocos amigos… A medida que se fue acercando al escritorio, su expresión se fue transformando. – Buenas, Dr. Ranel – dijo mientras se frotaba las manos sudorosas y examinaba el pequeño cartel con el nombre del doctor que colgaba de la puerta del closet.
El de la bata blanca le hizo un ademán de saludo, mientras se acomodaba los espejuelos, que insistían en resbalar por su nariz. Tomó el recetario, la estilográfica y le preguntó qué le ocurría.
– Padezco de excesiva timidez, tengo miedo a hablar en público, siento temor ante los extraños – exclamó el paciente atropellando las palabras, mientras se sentaba con las piernas cruzadas.
El médico se levantó de la silla de escritorio, le dio unas palmadas en la espalda al hombre, que lo miraba con cara de "yo no fui", de nuevo se acomodó los lentes, y le extendió una receta mientras le daba varios consejos. Luego lo acompañó a la puerta y le deseó buena suerte.
"Pobre diablo, suerte es lo que va a necesitar, al igual que yo si el próximo paciente tampoco escucha los golpes que le he estado dando a la puerta. No sé como pueden creer que un psiquiatra de prestigio pondría un cartel garabateado con su nombre en el closet, además, mis espejuelos y mi bata no le quedan"
Ray Respall