Se levantó, conciente de su triunfo, y volteó a la playa. Sobre la arena, inmóvil, yacía algo. Las olas lo habían arrastrado terreno adentro. El Ser se le acercó, e intentó levantarlo sin éxito. El náufrago no era de su propia especie, de hecho parecía un autófago, uno de esos Resurgentes de Hungría o de Livonia; la sangre corría por sus mejillas y empezaba a abrir los ojos.
– Malvenido- dijo el desollado, cuyo aspecto no le era menos alarmante a quien le hubiese visto de cuerpo completo; su carne estaba desprendida y carecía de pies, en su lugar, se habían formado unos macilentos muñones, el rostro estaba cubierto de pústulas y humores, concediéndole la apariencia de un Golem, de un Záfiro -, malvenido a la Tierra de los Muertos, que nosotros, criaturas noctívagas por natural defecto, no tardamos en llamar Isla Vesalia, el hogar de los desterrados del Cielo, a quienes nos muestran que el mundo entero tiene una meta, y es el Infierno.
– ¡Que Cristo me proteja! – había murmurado el hombre horrorizado ante lo que tenía delante.
– ¿Cristo? ¡Ja! ¿Acaso no sabes que él también perece aquí, atrapado en la colina, y sufre por vuestros pecados? Pues sí, esa es la verdad, aunque los predicadores de tu Tierra hayan querido ocultarla, es Él y no Judas quien yace prisionero de las cohortes de demonios que lo torturan día a día, y le hacen recordar su virtud. No existe vía de escapar de la Isla Vesalia, hasta Ellos han comprendido eso, ¿no lo ves?
– ¿De que hablas? ¿Quiénes son Ellos? ¿se ha vuelto loco?
– Las Almas de los que han caído, prisioneros de un doloroso silencio. Todos estamos condenados al Sufrimiento, con mayores o menores penas, de acuerdo a nuestro delito, pero con un final común, consumir nuestros espíritus. Cuando hayan transcurridos los siglos te verás como nosotros ahora y apenas habrá quedado rastro en tu mente de la Tierra, lo habrás olvidado todo, todo…
– ¿Pero qué vas a hacer? Piedad, te lo suplico, piedad.
– ¿Lo ves? Ha comenzado, ya ni siquiera te está permitido ser objeto de un gesto piadoso. Tu pena será funesta, ven, acompáñame, debemos comenzar, ahora tu único testigo será el silencio.
Aquel era el último viaje y mientras la isla se agitaba por los gritos de un ser sangrante, un gigantesco pez piedra abandonaba esas aguas en busca de aguas más frías.
Guillermo Badía Hernández.
15 años