Aquellas almibaradas palabras, no consiguieron aquietar su aviesa y torva
mirada, llena de hostilidad, encono, y profunda animadversión; su gesto
desencajado y turgente por el acaloramiento de la agitada discusión previa,
mostraba unos ojos vidriosos y enrojecidos por la temulenta borrachera, que
enardecía en exceso su violento carácter. Instantes después sin mediar
palabra alguna, un golpe seco y brutal impactaba sobre el frágil e indefenso
cuerpo de aquella candorosa mujer, que momentos antes trataba
desesperadamente de apaciguar la salaz furia de un incontrolable individuo
envalentonado por las drogas y el alcohol; Tras la agresión la victima
comenzó a recorrer tan deprisa como podía las habitaciones del caserio,
empujando bruscamente con sus madorosas manos todas las puertas que
encontraba a su paso, sin reparar si era seguida o no por el maltratador,
sin embargo éste último no parecía tener prisa en encontrar a su presa, pues
aún ébrio y tambaleante había conseguido con dificultad, cerrar con llave el
portón de la casa, asegurándose de ese modo, que la victima no escaparía;
así el agresor comenzó lentamente su periplo hasta encontrar a la mujer
agazapada tras el multicolor testeraje en una terraza anexa al refectorio;
ella al verle, llena de pánico, se levantó instintivamente y aprovechando
que su perseguidor se encontraba bajo los efectos del alcohol, y su
capacidad de reacción era mucho menor, corrió hacia afuera de la casa
refugiándose en un corral cercano donde se encontraba el ganado, allí le
esperaba con un dornajo entre sus manos, aquellos segundos transcurrían con
la premiosidad de las horas, y mientras se producía la angustiosa y tensa
espera, por su frente resbalaban frenéticos rios de sudor, que se
entremezclaban con incontenibles lágrimones de pavor; así al escuchar los
cercanos pasos de su agresor, su cuerpo comenzó a experimentar una refleja
sensación trémula, esto ocasionó que la gamella que portaba entre sus manos
cayera al suelo haciéndose añicos.
Esa fue la señal inequívoca para su maltratador, allí mismo y sin conceder
un solo respiro a la victima, le asestó varios golpes con inusitada fuerza
en el semblante, y en el cuerpo, desfigurando su delicado rostro,
causándole numerosas heridas de las que efusionaban abundantes y cinabrios
borbotones, así tras la impía y brutal agresión la mujer quedó tendida a su
suerte sobre un descomunal charco de sangre, que impregnaba sus cuarteadas y
rasgadas vestiduras, mientras el incóntrito e indolente maltratador se
alejaba del lugar de los hechos con actitud indiferente y desabrida.
En ese momento cuando todo era calma, en medio de la tragedia, se escuchó el
inconsolable vagido de un niño, que reclamaba incansablemente la presencia
de su madre…
(…)