DIÁLOGOS CON DOM PERIGNON (O la vida misma) – 2/7

(Este {{cuento de cuentos}} ha sido dedicado en su totalidad, recordemos, a la memoria de dos grandes cuentistas santafesinos (Argentina): {{ "Don" E. A. Pesante y "Dom" A.E. Lamotte).}} A su vez, cada relato tiene una dedicatoria particular).-

2. La Biblioteca}}

{A mi suegro, {{E.A.H.}}, lector sereno e incontenible compilador de libros, in memoriam…

   … Ahora} estoy {verdaderamente} en {ella}. Dominando a pleno su Misterio.

   Desnudo, como un difuminado fantasma de otoño.

   Los aromas perfumados del lugar y su brillo higiénico, hacen que el sitio sea tan especial para mí, y me lleve a advertir que, a pesar del puesto gerencial que desempeño en una fábrica de productos de látex multicolores, no bebo, no fumo, no me involucro en flagrantes infidelidades, ni me escapo los jueves con una banda de seres marginales. Trato de ser un hombre sensato,. en un territorio encarnado por una postmoderna frivolidad globalizada.

 

   De hecho, siento que vivo, pero no en este mundo. Soy, lo que se dice un… puritano, bah… Que sólo lee libros… {"Es mi único vicio"}, digo, esperando comprensión -aunque sólo fuera hoy- a mi especial estado de ánimo…

   Sin embargo, nadie me escucha. En el fondo, tampoco espero nada.

   De nadie. Ni siquiera de ella: tan pragmática e inconmovible en su envidiable autoestima y ejecutividad ovulada.

   De todos modos, mi cansancio obedece a otros motivos: {stress}; mal de época. Y siento que me abate de a trozos, derrumbándome por la sórdida pendiente de una falsa paciencia que me conduce, inexorable, a un valle de caries depresivas y cóncavas, imprevistamente anegado en lágrimas o arrebatado por Las Furias…

   No obstante, el milagro se produce y encuentro, en esa otra {ella}, a un inaudito refugio; y lo hago mío para siempre: íntimo, seguro, acogedor. Allí mis penas se mitigan y mi aliento recupera su natural vitalidad: {¡Ahhh… "La Biblioteca" o "El Misterio de la Puerta Cerrada"…!}, como osara llamar yo a aquel lugar en el que, al equilibrio físico gratamente alcanzado, mi alma devota por las letras exultara aquel gozo interior tan profundo como placentero…

   Gozo hecho de ojos tendidos sobre palabras avivadas por virtualidades literarias (ficciones deliciosas), que servían a mi ego demiurgo como alimento de dioses: pues eso era yo en aquel sueño irredento, mientras leía: un dios eterno y viajero, henchido por los vientos del espíritu que me arrebataban hacia insospechados universos… Colono y capitán de un barco sin límites ni fronteras, donde la búsqueda y dominio de la aventura del pensamiento, se materializaría -indubitable- en tesoros sensibles de conocimiento y humanidad…

   Así que, a esa hora de la tarde en que el sol entibia todavía en invierno los rincones más indiferentes de la casa, y todo se reinicia como una suerte de amanecer vespertino, cerré con llave y dejé afuera el bullicio estridente de la casa y de los chicos.

   Era el momento de volverse personaje.

 

   Urgido, selecciono un texto: {"La abuela salvaje"}, de Maupassant.

   Después, con entrenado ademán y furtivo oficio, lo devoro…

   Al cabo, satisfecho y excitado, concluida su lectura, deposito el libro sobre el lavabo para higienizarme, doy un vistazo ritual a la secreta colección de volúmenes ordenadamente oculta en el fondo de la bacha, y oprimo el dispositivo que, tras absurda descarga borrará, primero, el desprecio primitivo, y luego, con abominable estertor, los sueños de niño que, por un instante, alquilara al Señor de los Mitos: Orfeo desembarca…

   Soy, el Señor de los Libros.

   Pero, al cabo, me precipito de nuevo, con vocación de adulto, en el agitado mundo de los hechos cotidianos. Y, a instancia del Gran Hermano o del Gran Mercado, o {de la} "vida misma" que le dicen, y que todo lo dispone y administra; sobre todo en mí, que, por un vagido contra natura, me he vuelto contador y medio economista…

   Sí. "¡Ya está! ¡Ya voy! ¡Ya voy!", protesto resignado. Y ella (la de envidiable autoestima y ejecutividad ovulada), tan impositiva como intolerable, espeta al horizonte: "¡Sebastián! ¡Apuráte! ¡Entrá al {baño} de una vez, por favor! Mirá que, por fin, salió papá… ¡Apuráte!, ¿querés?; o vamos a perder el turno con el dentista. Dios santo… ¿Y vos, Elbio, cuándo vas a madurar, querido, y a poner cada cosa en su lugar?"…

   "¡Prontooooo!"…, responde con picardía El Señor de los Libros: o como {en la} "vida misma",  feminismo de por medio, que le dicen.-

 {{ADRIÁN N. ESCUDERO – Santa Fe (Argentina), V.o.: 03-07-93. T.a.: 11-10-07, 26-08-08 y 28-02-10.- Ver referencias literarias en módulo Post Scriptum.-}}