Sonia entra en el despacho de su jefe de sección después de pedir permiso. El hombre, de mediana edad, grueso y calvo, la invita a sentarse al otro lado de su mesa con una sonrisa. «¿Qué sucede?», le pregunta al ver la expresión preocupada en su rostro. «Es que una vez más se rumorea que me despìden. Cada seis meses, con esta historia del ERE, suena mi nombre por la oficina y esto es un sin vivir». «Ningún directivo ni yo, que soy tu jefe, ha pensado en ti en cuestión de despidos», afirmó el jefe. «¿Pues por qué suena siempre mi nombre?». «No lo sé, son simples rumores de algún compañero que te quiere mal. Los rumores no se sabe de dónde proceden ni por qué se producen. Has de estar tranquila a ese respecto, tu puesto es seguro, tanto como el mío». «¿No me oculta algo?». «Te juro que no, nadie piensa en ti para los despidos. Es más, en el peor de los casos, tú saldrías de esta empresa detrás de mí, no antes, y yo no pienso irme voluntariamente». «No entiendo esos rumores». «No has de hacer caso, son rumores falsos, malintencionados».