Cultura en Argentina (XII): Furor de la intolerancia (I)

Furor de la intolerancia (I)

La violencia de los actos nace, se perpetúa, resguarda y justifica en la violencia de las palabras. Somos lo que decimos, y somos cómo lo decimos. Si además de delinquir se legitima los hechos con el discurso del poder, vamos por el camino equivocado. Nada se puede construir desde la retórica de la prepotencia y la hipocresía. Como sostenía Albert Camus, no es el fin quien justifica los medios, sino los medios quienes justifican el fin. El planteo es límpido, pero evidentemente difícil de comprender: la humanidad se revuelve sobre sí misma desde hace siglos y aún no ha conseguido asumir que sólo en el respeto, y el disenso medido, se puede vivir en paz. La intolerancia se funda y esgrime desde una postura de poder, pero, paradójicamente, oculta un gran temor: el de no saber comprender al otro; el de su diferencia, que nos margina.

E pur si muove…

La Iglesia Católica Apostólica Romana necesitó cuatrocientos años para advertir que la Tierra giraba alrededor del Sol. Nunca es tarde, pero en ocasiones la demora es una afrenta. En este caso, además, fue un disparate. Mientras creía lo contrario, la Iglesia no dudó en diezmar a sus críticos empleando la palabra divina (o, más bien, la terrenal voz engolada de los sacerdotes), con ayuda del fuego y la tortura. Desde Toledo el temible Torquemada se erigió en el brazo pedagógico del Vaticano para “aleccionar” a los díscolos: entre otras cosas, que Dios es puro amor y comprensión. Para quienes puedan resistirlo, sugiero vean Los demonios, de Ken Russell. Los crímenes ocurrieron con la aprobación del Vaticano; la “otra mejilla” siempre era la de los supliciados. Como toda corporación fundamentalista, el Vaticano ve un peligro en el pensar diferente y no vacila en acallar las voces inquietantes como sea. Una vez finalizada la segunda Guerra Mundial, con la ayuda de la Cruz Roja Internacional, el Vaticano se apiadó de los genocidas nazis y los ayudó a escapar.

Si Alemania aún sufre la vergüenza de haber engendrado a Hitler y de haber ignorado voluntariamente las barbaridades que años antes de asumir como fürer había planteado en su libro Mein Kampf, la Argentina no le debería ir en zaga, porque gracias a Perón entraron al país más de 300 genocidas. El peronismo los protegió, la Iglesia los aceptó. La rivalidad entre Perón y el clero fue ficticia; compartían mucha ideología, comenzando por el verticalismo. El huevo de la serpiente que se incubaba en Alemania también se gestó aquí. Y como allá, también estalló. La estela de su eclosión aún perdura en los vicios autoritarios de la Iglesia y en los discursos de ciertos políticos y facciones como Quebracho. Hay que afinar el oído ante los desatinos que algunos profieren sin remordimiento. Que no se diga después, como Reutemann, «a mí nadie me avisó».

Oriana Fallaci tiene razón cuando fustiga a los musulmanes, porque en todo dogma anida un elemento de agresión solapada, siempre dispuesto a saltar: yo tengo la verdad, y los demás están equivocados. Por definición, el fanatismo es excluyente e irracional. Pero no es menos cierto que occidente es tal por la existencia de oriente, y viceversa, y que si uno desaparece también desaparece el otro. No se trata de meros puntos cardinales, sino de la unión de las polaridades: todo extremo se toca, y cuanto antes se lo comprenda y asuma, mejor. Menos guerras, menos problemas, más posibilidades de llegar con salud al Siglo XXII. La tolerancia responsable es una fatalidad cívica: estamos condenados a ser razonables o sucumbir.

Dos mil años y contando

Coherente en la ignominia, la Iglesia y sus tutores no vacilan en denostar cualquier expresión que ose examinar críticamente los fastos sacramentales. No aprenden de los judíos que, entre otras cosas, son fuertes por la capacidad para burlarse de sí mismos, incluyendo la religión. Woody Allen, Isaac Bashevis Singer y otros son buenos ejemplos de arte en serio, en detrimento de la cultura ñoña con que la Iglesia procura “ilustrar” a los súbditos. Y si es cierto que hay un arte religioso de importancia, no es menos cierto que es temáticamente circunscrito, y que cuando un pintor decidió representar a Cristo crucificado de espaldas monseñor Edgardo Storni ordenó que el cuadro sea retirado de la exposición. Ese mismo obispo en sus ratos de ocio acosaba a seminaristas impúberes, y ahora, procesado, pasa sus días en una finca del Valle de Punilla por la que la Iglesia pagó cien mil pesos en la época del uno a uno. Es decir, al pago lo realizamos nosotros, y lo seguiremos haciendo en tanto no se modifique la Constitución donde se establece que la religión oficial del Estado argentino es la católica. ¿Con qué derecho los judíos, mahometanos, agnósticos argentinos deben pagar los impuestos de la Iglesia? ¿No correspondería, como en Alemania, que sólo los fieles la sostengan?

Mantenerse en el pináculo durante dos mil años exige estrategia y planificación, aportes de Maquiavelo y Lampedusa. Y requiere, fundamentalmente, de un estómago a toda prueba, a juzgar por las torturas y el tenor de ciertos argumentos, como el que avaló las Cruzadas o el “juicio” a Juana de Arco, Galileo y Giordano Bruno, entre tantos otros que sufrieron martirios similares. Con el Santo Oficio la pantomima era atroz: si durante la tortura el incauto confesaba, había que quemarlo vivo. Si en cambio, y pese a los oficios de los sacerdotes, el infeliz insistía en su inocencia, era señal de que el demonio lo ayudaba, con lo cual también era condenado al infierno en vida de la hoguera.

El brazo secular sigue siendo, con matices, largo y obediente. Hoy no siempre se elimina en la “hoguera”, pues hay otros métodos. Ahora no sólo se arremete contra los denunciantes, sino contra los que menos posibilidades de defensa tienen: los marginados del sistema, a los que la misma Iglesia contribuye a mantener en el statu quo. ¿Contradicción? Depende. Los Torquemada del Siglo XX fueron apoyados por la curia.

El aborto

La Iglesia que censura el aborto «por inmoral» es la misma que no vacila en matar a miles de mujeres por día al no permitirles una cirugía como corresponde, y la que, peor aún, mata lentamente a millones de niños (que no deberían haber nacido) al no permitir que las madres de pocos recursos puedan informarse debidamente sobre los métodos anticonceptivos. Es irrisorio el argumento de que el asesino es otro; el débito intelectual le atañe en exclusiva al clero.

Esa Iglesia es la que no duda en reprochar conductas ajenas, pero es la primera en proteger a los sacerdotes pederastas infringiendo la ley (como si ser sacerdote supusiera no ser ciudadano), o los negocios turbios del cardenal Marcinskus con el Banco Ambrosiano y la Logia P2, y es la que al prohibir el preservativo contribuye a propagar el SIDA y otras pestes con un desparpajo y frialdad que asustaría a cualquier asesino serial. Esa Iglesia es la que, en el colmo de la soberbia, se autodefine como «representante de Dios en la tierra» por el sólo hecho de que ciudadanos comunes han estudiado latín y las escrituras durante nueve años. Algo huele mal en esto.

La presunta tolerancia de Dios a estas cosas permite suponer que efectivamente no existe, o bien que, bonachón, alienta el libre albedrío: que cada uno elija lo que guste. Curiosamente la Iglesia no piensa lo mismo, y aunque mencione el libre albedrío como un elemento esencialmente humano, no vacila en promover tabúes generales, incluso a quienes no profesan esa fe: cine (Scorsese, Godart), teatro (Darío Fo, premio Nobel de literatura), libros (largo listado), muestras de arte (León Ferrari), píldoras abortivas en aguas internacionales bajo la supervisión médica de Rebecca Gomperts. Todo sirve para consumar el altar de lo escatológico. Todo menos el clero pervertido y reincidente: en los Estados Unidos (tan desacreditados por la insípida “izquierda” vernácula) son millones de dólares lo que la Iglesia ha debido pagar a las víctimas como “compensación moral”. ¿Y aquí?

La Nación (Editorial, 19/12/04) menciona la droga Mifepristone, RV 486, que es la que suministra la organización de Gomperts. En Argentina se consigue otra pastilla con Diclofenac y Misoprostol, que cumple funciones abortivas no deseadas por el fabricante. No es de venta libre, pero basta una receta común para comprarla en cualquier farmacia. Corresponde, naturalmente, consultar a un médico de confianza antes de usarla.

Todo ginecólogo conoce esta pastilla. Si no la menciona es porque profesa una observancia que le impide alentar el aborto, o porque conoce a un colega que los realiza, y deriva entonces al paciente a él. En ambos casos se trata de un sofisma: si en la primera posibilidad el ginecólogo pretende mantener su conciencia limpia, debe saber que su silencio es proclive a la muerte de la madre ante un legrado realizado sin las condiciones sanitarias correspondientes. El feto, por lo demás, está condenado desde el momento en que no ha sido deseado. Ignorar este hecho es una hipocresía que sólo el caradurismo más abyecto puede permitirse.

El segundo caso es perpetuar un negocio obsceno, en donde los médicos cobran entre 500 y 1000 pesos, según el profesional y la “urgencia”, y donde sólo pueden acudir quienes poseen un ingreso importante. La anuencia del clero amplía la brecha entre pudientes y excluidos. Además, permite que el negocio del legrado siga cebando a un grupo de cirujanos, cuando podría realizarse gratuitamente en los hospitales. ¿A quién favorece este silencio desafinado? ¿A quién se está protegiendo realmente?

Hoy 24/12 se cumple una nueva conmemoración para la Iglesia Católica. Sería saludable que sus directivos y devotos revean lo que profesan las escrituras sobre la tolerancia, el poner la otra mejilla y tirar la primera piedra.

Santo Tomé, diciembre de 2004.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 24/12/2004. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2004.