La noche, con su inmenso velo negro, se precipitaba por atraerlo a su penumbra.
Tumbado sobre la cama, mirando al techo, el sueño se le antojaba lejano. A los pies, grande y sin enmarcar, la entrañable foto de siempre, cuyas figuras le miraban desde un pasado fácil de adivinar.
Miró el armario. Alto, profundo, sobrio, capaz de albergar junto a la ropa, todos los recuerdos de media vida. Seguro que todavía ocupaba su espacio algún pantalón de medida adolescente.
La lámpara despedía la conocida luz rojiza y bajo ella quedaban coloreadas las cortinas, que de otra forma, serían de un blanco inmaculado, fruto del lavado a mano de la madre. Bajo el cristal de la mesilla de noche, un montón de fotos amarillentas se peleaban por conseguir protagonismo. El papel que abrazaba la pared, no había perdido encanto a pesar de los años. Sus estilizados ramilletes parecían florecer permanentemente, trepando hacia el techo.
Las pupilas comenzaban a acusar el cansancio del viaje, pero no dejaban de recorrer la habitación.
A pesar del tiempo transcurrido, todo quedaba entrañablemente cercano en ese reducido dormitorio de dos por dos, que había crecido tantas veces para albergar a las familias visitantes. Y.. ¿cuantos años tendría la estantería sobre la que posaban los 7 despertadores en huelga de manos? Algunos pertenecieron a los bisabuelos, y, seguramente, confabularon para detener el tiempo. Si, ahora él también deseaba detener el tiempo.
Bajo la atenta mirada de los abuelos desde la foto, apagó la luz, adentrándose en el largo corredor de los recuerdos.
Un golpe del pie derecho contra el final de la cama, lo sacó de su ensimismamiento. Estaba claro que todo no había crecido con él. Para compensarlo, el colchón de lana que cada año aireaba la familia, se hizo mas mullido y lo envolvió con calidez.
Las mantas pesaban, siempre habían pesado, y si la sábana -puro algodón- quedaba desplazada, un picor intenso de lana reseca, martirizaba la piel.
Pero aún permanecía en ellas el agradable y recordado olor añoso mezcla de baúles, naftalinas y jabón de casa.
Se trasladó sin esfuerzo a tiempos pasados. Septiembre fue el mes en que lo concibieron , hacía más de medio siglo, y Septiembre, también, el mes en que les dieron la noticia de la enfermedad que mordió a ese ser tan importante en su vida. Entonces, lloró como nunca, hasta vaciarse; rezó como nunca hasta a los santos recién conocidos de estampas que reclutaba a escondidas, y… creyó, también como nunca , en una recuperación que a todas luces resultó imposible.
Llorar, sí, pero siempre a solas. ¿Por qué le costaba tanto manifestar los sentimientos delante de los demás?. Quizá porque desde pequeño le habían enseñado la teoría de que los hombres tenían que ser fuertes, y, claro, no era cosa de hombres y mucho menos de fuertes, eso de andar lloriqueando.
Pero, seguramente no era ese tipo de llanto al que se referían entonces. El caso es que podía tocar con las manos, dentro del corazón desbordado, todo el cariño que sentía por los suyos, pero … expresarlo…
De pronto, unos pasos conocidos le acariciaron el recuerdo. Cerró los ojos a la vez que sentía como se acercaban. Los mismos pasos -ahora más cansados- que tantas y tantas noches de otro tiempo, en medio del silencio, conducían a su padre a esta misma habitación, con el propósito diario de colocar bien las mantas y arroparlo.
Se abrió la puerta muy despacio. Notó junto a su cara la respiración profunda de aquella persona buena, luchadora, valiente, y sintió gran deseo de abrazarlo, de decirle un “te quiero” que reventara los muros, y traspasara cualquier infinito. Pero no pudo hacerlo. Se dejó envolver en el gesto amoroso tantas veces vivido.
Quería que él se sintiera protector como siempre, fuerte como siempre, padre como siempre; pero, detrás de este deseo, adivinaba el mismo pudor que aparecía sin ser invitado, atándole las manos.
De retirada, los pasos cerraron de nuevo la puerta tras ellos, devolviéndolo a la realidad. Esa en la que su padre no formaba parte física de la familia. Y volvió a llorar.
Sabía que, en la habitación contigua, dormían profundamente los dos extremos que limitaban su vida: una hija demasiado joven y una madre demasiado mayor, y ahora, demasiado triste. Pensando, el sueño se rebeló de nuevo. Y en las muchas horas que pasaron hasta que volvió a tenerlo sumiso, hizo planes, muchos planes que reveló a su padre, para llevar a cabo con ellas.
Cuchillos de luna rasgaban las cortinas y se amansaban en la foto. Grande, bien ampliada, que nunca tuvo marco pero a la que su madre encontró un lugar preferente en la vieja estantería, a los pies de la cama, desde la que presidía todo. Y en el centro de la misma, junto a los abuelos, iluminada como nunca, la imagen de su padre, muchos, muchos años más joven, tal como dormía todavía en su interior.
Decidió que sería aquella, solo aquella, la que llevaría para siempre dentro del corazón.
Y esa noche, mirándolo a los ojos encendidos por la luna, le dijo todo cuanto no se había atrevido a pronunciar en sus muchos años. Vació su corazón como quien hace una confesión general, y solo sintió, al acabar, que la foto no tuviera vida, porque eso sería una prueba de que él lo había escuchado.